Firmas

En defensa de la filantropía

  • Atacar a Amancio Ortega es atacar a los millones de españoles generosos
Foto: Archivo

Cuando Alexis de Tocqueville viajó a Estados Unidos en el año 1831 quedó asombrado por la solidez de la sociedad civil americana. La sociedad civil era, precisamente, la plataforma sobre la que se asentaba la fortaleza de todo el país. Muchas de las ideas elaboradas durante su viaje quedaron plasmadas en el excelente y altamente recomendable libro La democracia en América (Alianza Editorial, sexta reimpresión, 2016, 2 vol.).

Tocqueville ponderó el proceso de asociación política americana y los resultados de la misma, que abarcaban una amplia variedad de asuntos. Algo lógico dado que las necesidades sociales son de gran diversidad. Y afirmó que "después de la libertad de obrar solo, lo más natural al hombre es la de combinar su esfuerzo con los de sus semejantes para obrar en común" (vol. I, pp. 282-283). Es decir, situaba la solidaridad en el centro de las preocupaciones sociales. Y, lógicamente, en un contexto de solidaridad, el altruismo y la filantropía cobraban una importancia considerable.

Los resultados de su observación del comportamiento social americano le permitieron afirmar que "los ciudadanos se ocupan primeramente del interés general por necesidad, y luego por conveniencia; lo que era cálculo se convierte en costumbre, y a fuerza de laborar por el bien de sus conciudadanos, acaban adquiriendo el hábito y el gusto de servirles" (vol. II, p. 137).

Pero lo relevante de las reflexiones de Tocqueville es su conclusión general: el país más individualista del mundo y la máxima expresión del capitalismo de la época era, al mismo tiempo, el país más solidario. Lógicamente, detrás de su conclusión estaba el legítimo temor de los ciudadanos en relación con la conducta de las autoridades públicas y la desconfianza acerca de los resultados de las mismas.

El recuerdo de Tocqueville viene a cuento por el debate que se ha suscitado como consecuencia de la decisión del empresario Amancio Ortega de ofrecer 320 millones de euros a la sanidad pública con el fin de contribuir al diagnóstico y tratamiento del cáncer. Y 40 millones más. Algunas opiniones han omitido, con evidente mala fe, que dicha cantidad formaba parte del ahorro del empresario, disponible después de pagar los impuestos sobre sociedades, renta, patrimonio y una constelación de impuestos y tasas de diversa enjundia. También se omite que la donación incluye el IVA. Pese a ello, hay quien considera que el objetivo del donante ha sido pagar menos impuestos, algo que no resiste la crítica más superficial por su carencia de razón y sentido. Quien lo afirme, primero debería reflexionar con la aritmética por testigo.

Los ataques estremecen por su simpleza y porque se dirigen contra toda la sociedad y, en particular, contra la libre decisión de las personas. Es decir, exhiben vulgaridad en el análisis y autoritarismo (preludio de la entraña dictatorial) basado en la supremacía de lo público sobre lo privado. El desconocimiento de quienes critican la donación es de sobra conocido. Pero la situación exige un análisis más pormenorizado.

El proceso de donación se ha ido fraguando en los dos últimos años. Las Comunidades Autónomas conocen perfectamente sus necesidades y la Fundación Amancio Ortega ha aceptado sus sugerencias y ha financiado lo que las Comunidades han considerado más oportuno. La donación es finalista, por supuesto, pero no en el sentido utilizado por los detractores del procedimiento elegido. Pero, sobre todo, es expresión sublime de la generosidad de un filántropo. Lo mismo hicieron en su día otros filántropos, como, por ejemplo, el empresario y la familia de Rafael del Pino que financiaron un Complejo Polideportivo destinado a los lesionados medulares y otras personas con discapacidad, de acuerdo con las autoridades de Castilla-La Mancha.

La Asociación Española de Fundaciones (AEF) publicó el magnífico trabajo Perfil del donante tipo en España a partir de las fuentes tributarias 2002-2010. Partiendo del hecho de que no todos los donantes aprovechan los beneficios fiscales, en el año 2010, 2.521.097 contribuyentes declararon haber hecho alguna donación. Y no donan para desgravar. Desgravan porque donan y porque la sociedad ha decidido incentivar la solidaridad privada. Atacar al señor Ortega por su generosidad es atacar a los millones de españoles que son generosos, sin necesidad de imposiciones fiscales, y despreciar a los millones de beneficiarios de la solidaridad.

Por ello, los generosos deben ser objeto de parabienes y no víctimas de liberticidas autoritarios que quieren controlar todos los aspectos de nuestra vida, incluso nuestra solidaridad y generosidad. Afortunadamente, han surgido plataformas de apoyo a la iniciativa de Amancio Ortega, iniciativas como Ideas y Filantropía, que tiene en Salvador Más de Xaxàs y la AEF a sus principales impulsores, o publicaciones como el Periódico de las Fundaciones, con Eduardo Fernández a su cabeza. 1831 sigue en el horizonte.

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