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Innóvame despacio, que tengo prisa

Los detalles sobre las características y la fecha de lanzamiento del nuevo Samsung Galaxy 8 reavivan el fantasma de los "explosivos" Galaxy Note 7, los cuales supusieron un inmejorable case study sobre cómo una gran empresa tiene que reaccionar (o no) ante situaciones de crisis, que seguro se seguirá estudiando durante años en las escuelas de negocio de medio mundo.

Además, este incidente también llamó la atención de muchos amantes de la tecnología de consumo sobre un aspecto que éstos, en su fiera demanda y fascinación por los nuevos gadgets, tienden a olvidar: que no se puede innovar a cualquier precio. Y desde luego, no puede hacerse sacrificando la seguridad del usuario.

En el día a día de mi trabajo, estoy expuesto a grandes ideas e increíbles avances tecnológicos que consideraría perfectos si no fuera por un pequeño detalle: todavía no son seguros al 100 por cien para ser lanzados al mercado. Para ser más exactos, y sin salirnos del campo de las baterías para dispositivos móviles, mencionaré dos grandes hallazgos que prometen revolucionar el campo del almacenamiento de energía a pequeña escala, y relevar en unos años a las actuales baterías de li-ion: los supercapacitadores nanoporosos y las células de hidrógeno

Los supercapacitadores nanoporosos son estructuras producidas a escala nanométrica que pueden almacenar una cantidad de energía mucho mayor que cualquier batería de Li-ion, se cargan más rápidamente y duran muchos más ciclos. Su problema en este caso, para ser justos, no es la seguridad: es la dificultad y coste de su producción, y que su voltaje (por ahora) no se puede igualar a las baterías existentes.

En el caso de las células de hidrógeno, hasta ahora sólo consideradas como sustitutivos de los combustibles fósiles para vehículos, estaríamos hablando de productos virtualmente perfectos: apenas producen contaminación alguna, son fácilmente renovables dada la abundancia de hidrógeno en nuestro planeta, y teóricamente podrían alimentar un teléfono durante una semana entera sin recargarse. Sólo presentan un pequeño problema: su alta volatilidad, con el consiguiente riesgo de explosión.

Las empresas detrás de estas dos tecnologías pueden permitirse el lujo de realizar todas las pruebas y verificaciones de seguridad pertinentes, porque no son gigantes tecnológicos bajo la presión constante de competir contra otras entidades multimillonarias que les pisan los talones. La competencia genera más innovación, y la necesidad agudiza el ingenio, sí. Pero no perdamos de vista que innovamos para mejorar nuestras vidas, no para ponerlas en riesgo.

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