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Italia no puede perder el tiempo

  • Los últimos Gobiernos no han sido consecuencia del voto de los italianos

Los italianos han mostrado su rechazo al primer ministro Matteo Renzi, cosa que, de facto, inicia una nueva crisis política. La dimisión de Renzi no debería sorprendernos: fue él mismo quien convirtió el referendo constitucional en un examen de aprobación de su gestión y su Gobierno.

Reformas blandas, una economía que crece menos que el resto de naciones europeas, un alto índice de desempleo. Esos son los tres asuntos en los que Renzi no ha logrado convencer. Y lo ha pagado caro. Sus adversarios, naturalmente, están encantados. Cinco Estrellas, de Beppe Grillo, la Liga de Matteo Salvini y Forza Italia, de Silvio Berlusconi, son los claros vencedores de esta batalla política.

Se trata de una deriva hacia la derecha populista y radical que debería preocuparnos. Sobre todo habida cuenta de que se trata de un movimiento transversal que afecta a todos los países europeos, desde Francia hasta Alemania, desde Austria hasta Inglaterra. Partidos que, salvo alguna excepción, juegan con el miedo de la población (por ejemplo, ante la afluencia de inmigrantes o el terrorismo) y el descontento generalizado, y que rechazan de plano el euro y una Unión Europea, que ha centralizado demasiados poderes y no deja espacio a los países independientes.

El presidente de la República de Italia, Sergio Mattarella, ha aceptado la dimisión de Matteo Renzi, y ahora debe nominar a un nuevo candidato para dirigir el próximo Gobierno. Entre los favoritos encontramos al actual ministro de Economía, Pier Carlo Padoan, y al presidente del Senado, Pietro Grasso. El primero es un técnico que acabó en la vida política, con fuertes vínculos con Bruselas. El segundo, un exmagistrado muy popular en Italia e intelectualmente honesto, pero en ningún caso alineado con el Pd, partido que ostenta la mayoría en la Cámara de los Diputados.

El nuevo Gobierno, según los rumores propagados durante las últimas horas, asumirá el cargo durante el tiempo necesario para aprobar la nueva ley electoral, que se prevé vuelva a convocar a los italianos a las urnas cuatro años después. La ley actual, de hecho, no le gusta a nadie y (si no se modifica) acarrea el riesgo de volver a convertir Italia en un país ingobernable. Cabe recordar que los últimos Gobiernos, los de Letta, Monti y Renzi, no nacieron del voto de los italianos.

Pero ahora todos los partidos políticos italianos, para variar, están de acuerdo en algo: acudir a votar lo antes posible y con una nueva ley electoral. ¿Cuándo? Probablemente en la primavera de 2017 y con un resultado que resulta difícil predecir. El Pd es el partido de centro-izquierda dirigido por Matteo Renzi, actualmente mayoritario en el Parlamento y en plena crisis, sacudido en su seno por disputas personales entre quienes defienden una verdadera política de izquierdas (la vieja guardia de origen comunista: Bersani, d'Alema) y los más moderados (los antiguos democristianos de izquierda, unidos en torno a Renzi).

Del otro lado, la derecha tiene distintas variantes y está muy deshilachada: está el partido de Berlusconi, el de Meloni y el de Alfano, actual ministro de Interior. Líderes que, hasta hace un par de años, se sentaban en las filas del partido de Silvio Berlusconi para más tarde optar por otros caminos.

Y a su lado la Liga, que cada vez gana más adeptos y practica la política del "contra": contra Europa, contra los grandes poderes, contra la inmigración... La Liga, ya consolidada en el norte, busca ahora simpatizantes en el sur del país.

Por último, el Movimiento Cinco Estrellas es el partido que más apoyos ha ganado, con un 30-35% del voto de los italianos. Después de las recientes victorias cosechadas en Roma y Turín, que ha arrebatado al Pd, Cinco Estrellas apunta ahora a su gran objetivo: alcanzar el Gobierno y revolucionar el país. Con ideas populistas que, sin lugar a dudas, calan en los ciudadanos más desfavorecidos, pero que dejan muchas dudas sobre su futuro a medio y largo plazo.

Más allá de quién gobierne, Italia no puede permitirse perder el tiempo: la deuda pública está aumentando considerablemente y, en vísperas de una subida de tipos prevista para el próximo verano (hoy están prácticamente a cero), existe el riesgo de que se produzcan grandes desequilibrios en las cuentas públicas, sobre todo dada la propia naturaleza de la deuda, repleta de obligaciones a diez años (distribuidas entre los ahorradores) y otros títulos que deberán remunerarse.

El segundo problema radica en los bancos. En Italia hay entidades de crédito que atraviesan graves dificultades (sobre todo el Monte dei Paschi di Siena) y que necesitan ayuda del Estado. Bruselas no ve esta maniobra con buenos ojos, pero deberá implementarse. Existe el peligro de que el problema crediticio adquiera un carácter sistémico y se extienda al mercado.

En resumidas cuentas, las perspectivas de Italia no son de color de rosa, pero hay varias cuestiones importantes que se resolverán próximamente. Y cabe destacar que quien asuma el Gobierno debe encontrar la forma de reactivar la economía del país, que lleva años estancada: un crecimiento débil, un desempleo elevado, una deuda récord... Antaño, Italia, cuando tenía la lira, acometía alguna que otra devaluación "competitiva" para recobrar su competitividad en los mercados. Hoy ya no puede, y con razón.

Ese es el motivo de que en determinados partidos (la Liga y Cinco Estrellas) y en muchos italianos haya aumentado la tentación de abandonar el euro y volver a la antigua liretta.

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