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¿Toda empresa debe internacionalizarse?

Uno de los principales cambios estructurales experimentados por nuestra economía ha sido el de su integración en los mercados internacionales. En apenas tres décadas, hemos pasado de ser una economía altamente protegida respecto al exterior a ser una economía abierta y con un número muy elevado de empresas operando fuera, en las distintas formas de internacionalización existentes.

En la actualidad, nuestro país presenta una tasa de apertura al exterior, medida como el porcentaje que la suma de exportaciones e importaciones de bienes y servicios representa en términos del PIB, similar a los países de nuestro entorno, como Francia, Alemania, Italia o el Reino Unido, y muy superior al de grandes economías como Estados Unidos o Japón. Adicionalmente, contamos con cerca de 2.500 empresas multinacionales concentradas en sectores y países muy variados.

En este contexto, surge siempre entre los retos que debería acometer nuestra economía, la necesidad de que más empresas exporten y lo hagan de manera regular. ¿Realmente necesitamos más empresas exportando? Alguien podría pensar que estamos ante una pregunta retórica, pero creo que sería interesante analizar algunas cuestiones.

Si comparamos las cifras de las empresas que exportaban al principio de la crisis con las que exportan en la actualidad se observa un crecimiento muy relevante. Así, dependiendo de qué año utilicemos, nos encontramos con crecimientos acumulados de entre el 35% y el 50%. Este crecimiento es claramente inferior y se reduce a menos de la mitad, si lo que analizamos son las denominadas empresas exportadoras regulares, es decir, aquéllas que exportan de manera continuada, a pesar de que en los dos últimos años se ha producido un incremento significativo de este tipo de empresas. Si imponemos el criterio de que la exportación anual por empresa sea superior a 50.000 euros, los crecimientos de las empresas exportadoras totales bajan a poco más del 10% y los de las empresas regulares a poco más del 5%.

Nos encontramos ante un doble fenómeno: por un lado, todavía hay empresas que siguen percibiendo la venta al exterior como una oportunidad puntual y no recurrente, y por otro, de todas las empresas que inician su andadura exportadora, muchas abandonan. En los últimos tiempos se ha llegado a estimar que, en promedio, prácticamente la mitad de las empresas abandonan la exportación en los tres primeros años. Este hecho plantea un elemento adicional como es la cuestión de que las empresas que abandonan difícilmente vuelven a intentarlo, salvo que hayan transcurrido muchos años.

Resulta curioso el que unas cifras similares se producen cuando analizamos el comportamiento de los denominados emprendedores, es decir, en el mundo del emprendimiento las tasas de abandono resultan muy parecidas a las que se producen en el ámbito de la internacionalización. Creo que este paralelismo es digno de atención, especialmente porque buena parte de las recetas que se apuntan para salir de la crisis pasan por la internacionalización y el emprendimiento. Es verdad que junto al abandono existen múltiples ejemplos de proyectos con éxito, lo que pone de manifiesto que habiendo sectores en mejor situación que otros, lo que acaba siendo el factor discriminatorio clave es el proyecto empresarial concreto y su gestión, es decir, las empresas y los empresarios. Por otro lado, no deja de ser menos cierto que el fracaso es parte del aprendizaje necesario de las empresas.

Un camino difícil

El análisis de la elevada tasa de abandono de las nuevas empresas exportadoras pasa por el estudio de variables exógenas y endógenas. Entre las primeras, no cabe duda de que los años de crisis no han sido sencillos para aquellas empresas que comenzaban a buscar nuevos mercados. Los últimos años se han caracterizado por la incertidumbre, el estancamiento de las denominadas economías maduras, la elevada competencia de empresas de todo tipo de países y la existencia de un euro apreciado respecto a las principales divisas del mundo. No cabe duda de que ninguno de estos factores ha servido para facilitar la actuación de nuestras empresas en los siempre de por sí complejos mercados internacionales.

Sin embargo, estos factores exógenos no son suficientes para explicar la tasa de abandono de las empresas exportadoras. Es necesario recurrir también a factores explicativos internos. Quizás lo primero que nos debiéramos todos plantear es si realmente estamos generando unas expectativas que difícilmente pueden satisfacerse por parte de muchas de nuestras empresas y por extensión de nuestros emprendedores. Dicho de otro modo, ¿resulta realmente imprescindible para todas las empresas salir al exterior? Alternativamente, ¿están preparadas muchas de nuestras empresas para hacer frente a los retos y dificultades que plantea la internacionalización?

En la base de estas preguntas subyace la idea de que la internacionalización no es un fin en sí mismo sino un medio para aprovechar las ventajas competitivas de una empresa. Sin contar con esas ventajas, podemos estar abocando a muchas de nuestras empresas a la crónica de una muerte anunciada. De hecho, la gran lección a aprender es precisamente que lo importante es incentivar la existencia de condiciones objetivas que permitan competir en los mercados internacionales. Dichas condiciones objetivas pasan por disponer de un producto o servicio competitivo, un capital humano bien formado, financiación suficiente, tamaño óptimo, adecuada selección de mercados, información relevante y actualizada, capacidad de marketing y de venta y post-venta, y pos supuesto mucha paciencia y persistencia, porque la internacionalización, siendo una apuesta estratégica y vital para muchas empresas no puede ser la panacea para todas sin contar con unas mínimas condiciones objetivas.

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