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El BCE y los dilemas de Grecia y Alemania

  • Grecia puede salir del euro, devaluar su moneda e intentar ganar competitividad

La Unión Europea (UE) se pensó como un ingenio para el consenso y la convergencia y se ha convertido en una fuente de disputas y divergencias. De mecanismo virtuoso derivó en instrumento diabólico. Con todo, Europa queda como la última utopía, o al menos como un dispositivo que ayuda a ser virtuoso. De modo que interesa mucho preservar el proyecto europeo y abreviar la confrontación.

Aludido el contexto histórico-político de la integración de Europa, vayamos al grano que hoy escuece a los europeos: los dilemas sobre la compra de deuda pública por el Banco Central Europeo (BCE) y la permanencia del euro como la moneda de Grecia.

En un sistema democrático, donde el Gobierno que decide está sujeto al parlamento, y donde sobre uno y otro influyen los medios de comunicación de masas, el debate público es muy relevante. En particular, hoy en Europa importa mucho la posición que sobre los dos aspectos mencionados adopte finalmente Alemania. Este país es el mayor de la eurozona, aquel al que la inestabilidad financiera generaría el mayor coste, aquel donde el debate está más perfilado y por tanto aquel cuya posición sobre estos dos aspectos será clave.

Para entender mejor los dilemas que hay detrás del debate, veamos el contexto económico. Con la unión monetaria los países cuya moneda es el euro carecen de aquel mecanismo de adecuación de sus costes internos a los externos que era el tipo de cambio de su divisa. En la primera fase de la unión monetaria europea, en las naciones menos desarrolladas de la eurozona se produjo una gran burbuja de crédito, de actividad y de costes, básicamente laborales y de vivienda.

La burbuja pinchó y la actividad se desplomó

Con la crisis, la burbuja pinchó y la actividad se desplomó. Del estallido de la burbuja financiera, de la aguda recesión y del no ajuste de los costes y de la competitividad, en varios países de la europeriferia se dedujo un hundimiento de su actividad y recaudación fiscal así como un auge del déficit comercial exterior y del déficit y endeudamiento público y privado. En España, la producción industrial cayó un 14%. Pero no cayeron los salarios.

A bote pronto, alguien dirá ¡afortunadamente! Bien, pues aquello que no se equilibra en precios (en este caso, sueldos) termina equilibrándose en cantidades (paro): ahí está una tasa de paro del 24% y toda una generación severamente perjudicada y endeudada. No pudiendo devaluar la moneda (devaluación externa), el país con déficit de competitividad está obligado a reducir los salarios nominales y los demás costes (devaluación interna).

En sistemas políticos competitivos, como los democráticos, esta reducción de las rentas nominales es difícil. El partido político en el Gobierno debe estar dispuesto a pagar un precio electoral importante por unas reformas estructurales que introducirán competencia y reducirán costes, pero que normalmente son impopulares en el corto plazo, aunque sean benéficas a medio y largo plazo.

Grecia, Irlanda, Portugal, España y Chipre, y en diferente medida Italia y Francia, se encuentran en este corsé político-económico: en el euro, con burbuja de costes, caída de la actividad, déficit de competitividad, auge de los desequilibrios en los mercados de trabajo y exterior y en el sector público, y con una capacidad reformadora limitada. Más allá de los Tratados de la UE -que excluyen totalmente el rescate de los Estados miembros-, los países del eurosistema han desarrollado mecanismos financieros interestatales de rescate. Los cinco primeros países mencionados han recibido crédito por 915.000 millones de euros (a 7 de enero 2015, de los cuales 417 mil son fondos de estabilidad y el resto es la posición deudora neta de estos países en el BCE).

Con el rescate de aquellas naciones se trató de evitar un mal mayor, y de ganar tiempo para introducir gradualmente las reformas que reequilibrasen sus economías y las hicieran competitivas. Normalizados el empleo, el crecimiento y la recaudación, los Estados rescatados devolverían los euros recibidos. De ellos, en caso de impago, 324.000 millones corresponden a Alemania.

A la espera del BCE y de las elecciones en Grecia

Ya están planteados todos los elementos de la ecuación. En los próximos días habrá dos decisiones cruciales que han reavivado el debate de política económica y los dilemas europeos: (1) a la vista de la pervivencia del estancamiento, de la deflación, de los déficit públicos importantes y del riesgo derivado para el sistema bancario, el BCE decidirá acaso este jueves 22 si compra deuda pública hasta por 500.000 millones de euros; y (2) Grecia tiene este domingo 25 unas elecciones donde el partido que se presume ganador propone el repudio de su deuda.

En este punto algunas de las posiciones predominantes en Alemania se nos aparecen claras de concepto y un punto inusuales y políticamente incorrectas: el BCE no debe comprar deuda pública; y Grecia puede decidir salir del euro.

Vale decir sobre el primer dilema que el BCE tiene completamente prohibido -como lo tienen todos los bancos centrales de los países capitalistas avanzados, como la Reserva Federal de EEUU- comprar deuda de los Estados. De ahí que el BCE se plantee hacerlo en el mercado secundario, como si fuera una operación de política monetaria, y en proporción al capital de los Estados del eurosistema en el BCE. Esto supondría comprar hasta 14.400 millones de deuda de Grecia pero también comprar ¡128.000 de Alemania!, otros tantos de Francia y de Italia, y 63.000 de España.

Sobre el segundo dilema, la salida del euro, cabe indicar que así podría Grecia devaluar su nueva divisa y con ello reducir sus costes, reencontrar la competitividad y reestructurar su deuda. En las manos del BCE y de Grecia está, pues, el futuro inmediato de Europa.

Ferran Brunet, profesor de Economía Europea de la Universitat Autónoma de Barcelona.

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