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El auténtico problema de Estados Unidos

Imagen de Thinkstock.

Más allá de lecturas político-partidistas sobre querer sacar contrapartidas en una u otra dirección -por otra parte, algo normal y frecuente en el juego político-, lo principal que ha puesto de manifiesto la reciente disputa sobre el techo de gasto en Estados Unidos es el verdadero problema, hasta el momento subyacente o no tan evidente, que genera una política continuada de expansiones en el gasto, con los consiguientes aumentos de déficit y deuda (evitando golpear aún más vía impuestos), y todo ello financiado con una política monetaria a todas luces excesiva e inconveniente, pese a los parabienes y virtudes que muchos economistas, defensores de los estímulos -dicen- en la economía por parte del poder político, loan y celebran del actual Gobierno de Obama.

No viene el problema, sin embargo, tan sólo de este presidente, ni de la situación provocada por la resistencia republicana o del Tea Party. Se trata de un problema que se enquista a partir de mediados de los años ochenta, siendo presidente ni más ni menos que Ronald Reagan quien, aunque tachado de "ultraliberal", elevó el gasto público de manera descomunal, para la época y la trayectoria previa, con los consiguientes incrementos de déficit -ello a pesar de subir mucho los impuestos- y deuda. Bien es cierto que, entonces, se adujo el gasto extraordinario, de guerra al fin y al cabo aunque no fuese convencional, del programa de Iniciativa Estratégica de Defensa o sistema de escudo antimisiles que, junto con otras iniciativas mundiales, permitieron cerrar la etapa de la Guerra Fría y acabar con el Muro de Berlín.

Pero le siguió aquél otro presidente, neocon para más señas, del famoso "read my lips" (lean mis labios) que, contrariando la promesa, elevó enormemente el gasto, los impuestos, el déficit y la deuda. Y al que, tras dos mandatos del demócrata Clinton, sucedió su hijo George W. Bush, un dechado de despilfarro presupuestario, discrecionalidad de gasto, oscilación de política fiscal y endeudamiento a la hora de atender sus excesos y los problemas que se le venían encima.

Únicamente las burbujas creadas a partir, primero, del inmenso cambio tecnológico y aumento de la productividad total de los factores y, poco después, con los dañinos estímulos monetarios por parte de las autoridades, tras una burbuja tecnológica también inflada por los gobiernos (¿se acuerdan de las famosas y lucrativas subastas en todo el mundo de líneas y sistemas de segunda y tercera generación?), los pufos empresariales en el año 2000 y la incertidumbre generada por el ataque a las Torres Gemelas (2001), permitieron a buena parte de las economías experimentar, con diferencias temporales, llamativos crecimientos artificialmente sustentados que proporcionaban extraordinarios ingresos fiscales y, a su vez, corregían los déficit y hasta permitían algún superávit entre 1998 y 2001, junto con el mantenimiento de los niveles de deuda (en España el superávit se alcanzó entre 2005 y 2007, con los gastos disparándose).

En este sentido, la era Obama ha sido una catástrofe para la economía de EEUU produciendo un déficit de 1,4 billones de dólares en 2009 (el que dejó Bush en 2008 fue de 459.000 millones); de 1,3 billones de dólares, en 2010 y en 2011 y, de 1,1 billones de dólares, en 2012, aunque en su descargo es cierto que puede aducir haber gobernado con una de las crisis económicas más duras e impactantes desde la Gran Depresión del 29 (véanse estos dos gráficos: http://research.stlouisfed.org/fred2/series/FYFSD/ y http://research.stlouisfed.org/fred2/series/GFDEBTN/).

El grave problema generado y acumulado durante todo ese tiempo, agravado en los últimos años, como respuesta a la crisis de 2007, por cierta condescendencia o minimización de los inconvenientes, dificultades o daños derivados del descontrol de gastos y déficit públicos y del creciente endeudamiento, se ha velado con inyecciones descomunales de liquidez, muy anteriores a dicha crisis pero que alcanzan el culmen a partir de 2008/2009.

Desde diciembre de 2012, el programa de relajación monetaria o Quantitative Easing de la Fed supone una inyección mensual de 85.000 millones de dólares. Ese gran magma de liquidez ha servido, fundamentalmente, para financiar los desequilibrios presupuestarios y mantener muy bajos los tipos de interés, incluidos los de la deuda pública. Así como para mantener el dólar algo más débil y hacer más atractivos los productos y servicios estadounidenses, también los financieros, a los inversores y compradores extranjeros y más caros los productos de fuera para los estadounidenses.

De momento, el método elegido para inyectar liquidez, la remuneración otorgada a los excedentes de reservas, los mayores requerimientos oficiales de capital y activo para los bancos tras los shocks de 2008 y posteriores y la enorme incertidumbre, gran inestabilidad y ausencia de crédito (en el sentido de solvencia, seguridad, confianza, reputación...) han hecho que, de forma cuantiosa e importante, las reservas del sistema financiero en el banco central (Fed) hayan aumentado muchísimo (hasta los 2 billones de dólares) y no se haya traducido en problemas de inflación, elevación de tipos de interés, riesgos para el dólar y movimientos internacionales en la tenencia de deuda estadounidense.

Hasta cuándo, es lo que los mercados dilucidan mientras Obama añade presión a la peligrosa situación pidiendo romper una vez más el tope de una deuda que ya es de 16,8 billones de dólares y un déficit que no logra embridar y que tiene malas perspectivas.

Fernando Méndez Ibisate, Universidad Complutense de Madrid.

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