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EEUU, en la encrucijada por mantener el crecimiento más allá de su potencial

  • La economía muestra signos de moderación en el consumo privado
  • Seguirá su avance con una política monetaria que no cambiará este año
  • Las tensiones con China son el mayor foco de incertidumbre en el país
Nueva York. Foto: Dreamstime.

El arranque de año se postuló complicado para Estados Unidos. Los vaivenes en los mercados y los síntomas de flaqueza de otras economías clave, como la eurozona o China, acabaron por forzar la mano de la Reserva Federal. El banco central del país decidió en sus dos primeras reuniones de 2019 apaciguar las tensiones de muchas mesas de inversión, donde señales como la inversión de la curva de rendimientos de la deuda pública patria o el endurecimiento de las condiciones financieras, despertaron los temores de una posible recesión en el horizonte.

No es para menos. La mayor economía del mundo estrenó el ejercicio en pleno cierre parcial de la Administración federal, el más largo de la historia, con una factura inicial de 9.800 millones de euros, de los cuales 2.700 millones fueron irrecuperables, según las estimaciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés). Aun así, el impacto fue relativamente tímido, notándose sobre todo en la cifra de empleo del mes de febrero, cuando solo se sumaron 56.000 empleos.

No obstante, en los cuatro primeros meses del año, Estadso Unidos ha creado una media de 205.000 empleos mensuales, algo menos que los 223.000 sumados al mes durante 2018 pero superando la media de 201.000 que acompaña al periodo de creación de puestos de trabajo jamás experimentado a este lado del Atlántico y que comenzó en octubre de 2010. En marzo, la tasa de paro tocó el 3,6%, su menor nivel casi medio siglo.

"El crecimiento de las nóminas ha sido mucho más fuerte de lo que nosotros o el consenso esperábamos y está en línea con nuestra previsión de que tras un traspié temporal, la actividad económica subyacente se acelerará en el segundo trimestre", explica Andrew Hollenhorst, economista de Citi.

La parálisis del Gobierno en los primeros compases de 2019, junto con la resaca dejada por el azote arancelario instigado por la Administración Trump desde comienzos de 2018 y que pasó factura a otras economías mundiales, no impidió que, en los tres primeros meses del año, el PIB de EEUU creciera un 3,2%, su mejor comienzo de año desde 2015 y su mayor repunte desde el segundo trimestre de 2018. En estos momentos, el indicador GDP Now que elabora la Reserva Federal de Atlanta estima que el país crece a un ritmo del 1,7% en el trimestre en curso.

¿Qué hará la Fed?

A medida que se disipa el impacto de la reforma tributaria aprobada el 22 de diciembre de 2017 y después de los ajustes en los inventarios, así como en las exportaciones o el incremento de la inversión pública en el primer trimestre, la actividad a este lado del Atlántico debería moderar su brío, según algunos economistas.

Los más moderados consideran que el país seguirá manteniendo un avance por encima de su potencial, mientras los más agoreros consideran que la ralentización se notará más aún en la segunda mitad del año, algo que forzaría a la Fed a poner fin al ciclo alcista que comenzó en diciembre de 2015 y volver a bajar los tipos.

"Todavía esperamos que la disolución del impulso fiscal y el impacto rezagado de una política monetaria más estricta influirán en el crecimiento a finales de este año, lo que, junto con la debilidad de la inflación, debería hacer que la Fed recorte las tasas", reitera Michael Pearce, economista de Capital Economics.

Ahora bien, otros prefieren mantenerse cautos. Desde BNP Paribas, su estratega, Timothy High, espera que la Fed "no suba tipos ni este año ni el que viene". De hecho, es cierto que la complacencia del mercado en lo que a la política monetaria se refiere ha vuelto a jugar una mala pasada a muchos inversores, especialmente tras la reunión del 30 de abril y el 1 de mayo del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC, por sus siglas en inglés).

Las declaraciones de Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, enfriaron de golpe y plumazo las expectativas de aquellos que ya daban por descontado que el próximo movimiento del banco central sería una bajada de tipos y no una subida. El guardián que vela por el pleno empleo consideró que el reciente traspié en los precios debería ser transitorio. No solo eso, aclaró que la Fed no cuenta con argumentos suficientes todavía que aventuren si habrá subida o bajada a medio plazo.

"Tiene razón, el 50% de la disminución en la inflación del gasto de consumo personal subyacente desde los máximos de julio ha sido impulsado por los servicios financieros, y con el repunte del mercado de valores, deberíamos esperar que este componente vuelva a subir" explica Slok Torsten, economista global de Deutsche Bank.

Dudas y riesgos

Mientras parece claro que la política monetaria quedará sin cambios durante el resto del año, salvo sobresaltos de última hora, los riesgos vuelven a aflorar. Más allá de la política monetaria, existen otros posibles desatinos. Uno de ellos mira atentamente al consumidor estadounidense. Si rascamos el dato de crecimiento del primer trimestre, cuando la economía avanzó un 3,2%, podemos observar cómo el gasto del consumidor, que representa dos tercios de la economía estadounidense, se moderó a una tasa del 1,2% en el primer trimestre. Esto supone un retroceso con respecto al cuarto trimestre, cuando el consumo aumentó a un ritmo del 2,5%.

Aunque el gasto de los estadounidenses volvió a repuntar en marzo, los tipos de interés de las tarjetas de crédito y los préstamos automovilísticos han subido en los últimos trimestres mientras las tasas de morosidad en los préstamos de consumo han subido en los últimos dos años.

Otro asunto que no debe pasarse por alto son las tensiones comerciales, así como la estabilidad de la economía china. En un momento en la tregua entre EEUU y el gigante asiático comenzó a tambalearse a comienzos de mayo y los frentes con otros socios comerciales siguen abiertos. Justo cuando se pensaba que Washington y Pekín lograrían relajar sus tensiones comerciales, la administración de Trump optó por elevar los aranceles sobre productos chinos por valor de 178.500 millones de euros del 10 al 25 por ciento después de acusar al Gobierno de Xi Jinping de no respetar el marco acordado en las negociaciones comerciales.

La segunda mayor economía del mundo respondió con su intención de elevar hasta el 25% los gravámenes sobre un catálogo de importaciones procedentes de EEUU por valor de 53.500 millones de euros a partir del 1 de junio. Esta situación pone en entredicho la posibilidad de que ambos países logren cesar una escalada arancelaria que amenaza de nuevo con convertirse en una guerra comercial en toda regla.

De hecho, la Oficina del Representante Comercial estadounidense (USTR, por sus siglas en inglés) inició el pasado 13 de mayo el proceso para tasar un grupo de bienes chinos por valor de 268.000 millones de euros con un arancel del 25%. Si esto llegase a materializarse, Trump cumpliría con su promesa de gravar todas las importaciones de bienes chinos que llegan al país.

Los más optimistas consideran que todavía hay margen para salvar un posible acuerdo, especialmente cuando Trump y Xi se reúnan en las inmediaciones de la próxima cumbre del G20, que se celebrará en Japón el próximo 28 y 29 de junio.

Mientras tanto, la Unión Europea y Japón son los próximos objetivos en materia comercial de la Administración Trump, pero un retraso en la ratificación del acuerdo entre EEUU, México y Canadá (USMCA) o la posibilidad de que Washington anuncie aranceles a las importaciones automotrices también podrían retrasar o descarrilar la negociación de los acuerdos comerciales bilaterales con Bruselas y Tokio.

Tensiones geopolíticas

Por su parte, los riesgos geopolíticos siguen presentes. A las tensiones en el terreno comercial se suman las de Irán tras la completa eliminación de las exenciones que permitían a ciertos países acceder al crudo vendido por Teherán. Tampoco hay que olvidar la complicada situación de Venezuela, entre otros factores. Al mismo tiempo, EEUU celebrará elecciones presidenciales el próximo año, en un momento en que el Capitolio se encuentra completamente dividido, con el control demócrata de la Cámara de Representantes.

Esta hegemonía continúa presionando a la Casa Blanca con diversas investigaciones que jugarán un papel importante en la carrera electoral. Antes de ello, los legisladores deberán elevar de nuevo el techo de deuda antes del otoño para evitar un posible impago y acordar un presupuesto para el año fiscal 2020 antes del 1 de octubre. De lo contrario, la economía se enfrentará a recortes automáticos de gasto público que desencadenarán un ajuste fiscal abrupto que podría amargar los últimos compases del año.

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