Economía

La dimisión de Renzi amenaza la estabilidad del Gobierno de Gentiloni

  • Es un momento delicado para la economía y el rescate a la banca
En la imagen, Matteo Renzi.

Matteo Renzi rompe finalmente con la corriente socialdemócrata de su partido tras dimitir ayer como secretario para lanzar un congreso anticipado. El antiguo primer ministro no aceptó, durante la asamblea nacional del Partido Demócrata (PD), las peticiones de sus opositores internos, que pedían más tiempo para organizarse antes del congreso, y anunció la ruptura declarando: "seguimos adelante porque nos lo pide Italia".

El resultado es que la corriente critica liderada por Pierluigi Bersani, antiguo secretario del PD y candidato a la Presidencia de Gobierno en 2013, y Massimo D'Alema, antiguo primer ministro, saldrá del partido, formando un movimiento autónomo de izquierdas.

La impaciencia de la corriente socialdemócrata viene de lejos: los postcomunistas siempre han soportado mal el personalismo de Renzi (que se ha impuesto en la escena política prometiendo "enviar al desguace" a los viejos líderes) y su actitud, demasiado parecida, según ellos, a la de Silvio Berlusconi, líder durante dos décadas de la derecha transalpina. Además la agenda liberal de Renzi ha enfrentado el PD a los tradicionales bastiones electorales de la izquierda socialdemócrata: los funcionarios públicos y las grandes centrales sindicales.

La derrota en el referéndum del 4 de diciembre y la caída de Renzi envalentonaron a sus opositores, y las tensiones han estallado sobre la cuestión de acudir a elecciones anticipadas. Renzi quiere ir a votar cuanto antes, mientras sus opositores prefieren esperar hasta 2018.

Mal momento para crisis

La escisión del PD, que es el principal partido italiano y el único que compite en las encuestas con el movimiento antipartidos M5S amenaza ahora con pasar factura al Gobierno de Paolo Gentiloni en un momento muy delicado para la economía y para el rescate de la banca, que tras MPS ahora tiene que llevar a cabo el saneamiento de entidades medianas como Veneto Banca y Popolare de Vicenza, con un coste de 5.000 millones.

De hecho Italia, según Bruselas, sigue siendo el farolillo rojo de las economías del viejo continente. El país transalpino creció tan solo un 0,2% en el cuarto trimestre de 2016 con respecto al trimestre anterior y el 1,1% interanual. El resultado es que Roma cierra el año con un crecimiento del 0,9% aumentando su distancia con el resto del grupo. Pero la fragilidad de la recuperación no es el problema sino el síntoma de otras dos fragilidades.

Según indica el informe difundido la semana pasada por Eurostat, la oficina estadística de la UE, "la incertidumbre política y el lento ajuste del sector bancario son riesgos negativos para el panorama de crecimiento" transalpino. Se trata de dos problemas que en los últimos meses han ido entrelazándose perjudicando la economía italiana. De un lado la política ha aplazado durante demasiado tiempo la solución a los males de la banca transalpina, lastrada por 360.000 millones de créditos dudosos.

El año pasado Renzi, con tal de ganar el referéndum sobre la reforma constitucional, evitó aprobar una medida tan impopular como el rescate de MPS. El resultado fue vincular el futuro de la banca al resultado de la consulta. Así, cuando el primer ministro, derrotado, dimitió, su sucesor, Paolo Gentiloni, no tuvo más remedio que aprobar en pocos días un rescate de 20.000 millones para evitar que la caída de MPS contagiase al sector.

Ahora cuando todo parecía solucionado, con un nuevo Gobierno en el pleno de sus poderes y una banca al amparo del fondo de rescate público, la historia de inestabilidad política italiana se repite.

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