Economía

Los cuatro retos europeos de la Alemania de Scholz tras Merkel

Foto: Efe.

Dice el ex primer ministro finlandés, Alexander Stubb, que el Consejo Europeo es casi una sesión de terapia. Un espacio seguro, a puerta cerrada, en el que los líderes de los gobiernos europeos se desquitan del día a día, comparten confidencias, se desahogan, y discuten hasta encontrar consenso en cuestiones de la más alta política en la tranquilidad que da hacerlo no entre adversarios, sino entre colegas. La personalidad de cada uno, su manera de hacer política, resulta clave en estas negociaciones, dicen. El factor humano como eje vertebrador de la política europea.

Angela Merkel ha sido durante los últimos dieciséis años la mano que mantenía Europa unida. Su talante conciliador y su pragmatismo han logrado tejer acuerdos que parecían del todo imposibles aunque no sin un precio. A nadie se le escapa que el primer reto al que se enfrentará la Alemania de Olaf Scholz, cuyo carácter es muy parecido al de su antecesora, es que el nuevo canciller encuentre su sitio en esa mesa de los veintisiete y se gane la confianza de sus colegas tras casi dos décadas de reinado de Merkel que han dejado una huella indeleble en la Unión. El reto no es menor. El Consejo se parece cada vez menos a ese espacio seguro del que hablaba Stubb, donde las diferencias entre los líderes son cada vez más evidentes y más fundamentales; la tensión en aumento en los últimos años; las equilibrios de fuerzas cambiando; y las cuestiones pendientes acumuladas crisis tras crisis.

Que el primer desplazamiento de Scholz haya sido a Francia y que en su primera rueda de prensa en Bruselas haya hablado en inglés es una declaración de intenciones. El ex ministro de Finanzas rompe, por un lado, la política de Merkel de hablar exclusivamente alemán llegando así a un público más amplio. Y, por otro lado, renueva la alianza establecida tiempo atrás por Merkel y reforzada por el presidente francés, Emmanuel Macron. La cooperación entre ambos será fundamental, sobre todo en los primeros meses de mandato que coincidirán con la presidencia francesa del Consejo de la UE con una agenda llena de cuestiones económicas como la finalización de la Directiva sobre Mercados Digitales, la puesta en marcha de un impuesto al carbono en frontera o la reforma de la gobernanza económica de la Unión.

Macron y Scholz se conocen bien. El alemán fue una de las figuras claves en el diseño del plan de recuperación post-pandemia de la UE, que Alemania y Francia impulsaron. Su puesta en marcha, asegurar que los fondos llegan donde deben y que la economía despega, será otro reto al que se enfrente Europa. Y Europa no despega si no lo hace Alemania. Que la recuperación en el país se consolide no es solo una cuestión de Estado para Scholz, sino de interés para el resto del continente.

Las previsiones económicas para Alemania han empeorado en los últimos meses por la falta de materiales derivada de los cuellos de botella que originan problemas de producción y la inflación que alcanzó el 6% en octubre. Esta cuestión es un dolor de cabeza en Berlín y en el resto de capitales europeas. Limitar la dependencia europea de terceros países como proveedores y hacer la industria europea más resistente a estos problemas, la ansiada autonomía estratégica, será una ambición también compartida para Scholz y sus colegas. En este sentido, el potencial giro de la política exterior alemana respecto a Rusia y China, por la presión de los Verdes, rompiendo el tradicional pragmatismo de la administración anterior al anteponer las relaciones económicas, comerciales, y energéticas con ambos países, menoscabando en no pocas ocasiones la posición común en cuestiones geopolíticas, será fundamental.

En lo económico y a pesar de que la Comisión Europea confía en un crecimiento robusto a largo plazo, la inflación, el incremento del coste de la energía, los cuellos de botella o el repunte en casos de Covid-19 amenazan con poner en jaque la recuperación. A pesar de la incertidumbre, Bruselas quiere volver al pacto de Crecimiento y Estabilidad, las normas fiscales de la Unión, no más tarde de 2023, pero plantea antes renovarlas. Aquí, la posición de Alemania será clave.

Aunque el acuerdo de coalición abre la puerta a revisar el pacto, a los mandos de la negociación se sentará el 'halcón' liberal Christian Lindner. De un lado, están Austria, Dinamarca, Finlandia, Estonia... que piden volver a la senda de ajuste para evitar a medio o largo plazo una crisis de deuda derivada del incremento de la inversión pública para mantener la economía a flote durante la crisis. Del otro, Francia, Italia, Portugal, España, Grecia..., el sur, exige más flexibilidad para hacer frente a shocks económicos como el provocado por la pandemia y para incentivar la inversión para avanzar en las transiciones verde y digital. De cómo se sitúe Berlín en la pugna podría depender en gran medida un resultado en el que España se juega mucho, y Europa, el futuro de su política fiscal.

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