Ecoaula

La crisis de comunicación de los valores

  • El aprendizaje empieza con la práctica, cada día
Madrid

Desde edades tempranas es habitual animar a los niños a socializar. Su adaptación al entorno social resulta fundamental para la mayoría de los padres. Está demostrado que nuestro modo de aprender a relacionarnos influye significativamente en la formación de nuestra personalidad. De pequeña, siempre me animaron a comunicarme con los niños.

"Venga, a jugar, yo estaré por aquí", fue una de las muchas frases con las que me empujaron a conectar con otros niños en mi infancia. Me imagino que con ello pretendían estimular mi capacidad de decisión, evadiéndome de ese miedo tan arraigado en la sociedad de hoy: el de dar el primer paso.

En ocasiones, para un niño basta con una simple mirada para comenzar una amistad. Ese primer contacto, tan informal, sencillo, inocente y directo puede convertirse en unos de los movimientos más complicados y tensos en la edad adulta. Nunca olvidaré ese día en el que me animaron a jugar con un niño que estaba solo. Después de una hora ya lo sabíamos todo el uno sobre el otro. Los niños comunican con más facilidad, con menos prejuicios. Su inocencia les lleva a no limitar, a no evadir conversaciones con personas que no hablan o piensan como nosotros, que no entienden nuestro idioma o no tienen el mismo color de piel.

Cuanto más crecemos, más nos limitamos a nosotros mismos y evitamos conversaciones con personas que no consideramos afines. Esto, inevitablemente, genera una serie de cuestiones de gran importancia sobre la sociedad contemporánea. Quizá en la vida adulta hemos desaprendido a comunicarnos como lo hacíamos antes.

Se dice que estamos en una era apasionante: la de los avances tecnológicos y la globalización y, sin embargo, estamos más solos que nunca, por mucho que nos sintamos acompañados en las redes sociales. Los amigos virtuales no son como los amigos que hacíamos de niños en el parque. Cada vez más, nos conformamos con el beso y el abrazo del emoticono de WhatsApp, perdemos la humanidad, afrontamos el gran peligro de vivir demasiado pegados a las plataformas digitales, a que estas marquen de alguna manera nuestras emociones. ¿Qué podemos hacer ante esto?

Mi receta es la siguiente: si miro al pasado y comparo cómo era la familia de mi abuela y de mis padres, veo cosas en común. El valor de la unión familiar era la esencia de todo. Había empatía y comunicación entre ellos. Se trata de interiorizar esos valores que nos definen como personas, de aprender a actuar de una manera más humana. ¿Cómo desarrollamos el valor de la comunicación? Practicándolo.

El aprendizaje empieza con la práctica, cada día, cada segundo es un buen momento para ponerlo en marcha. Hablar más con nuestros hijos, preguntar, observar, sentir, mirar más allá de las palabras: cosas que no pueden hacerse a través de la pantalla del móvil. Potenciar el offline, enseñar a los hijos y alumnos la importancia de reunirse más a menudo con la familia, los beneficios de ofrecer nuestra ayuda al prójimo, la ventaja de mirar a los ojos a quien tenemos enfrente. Educarlos a través de la práctica de los abrazos de verdad y motivarlos a que usen siempre palabras mágicas como "perdón, gracias, te quiero".

Como educadora, madre y autora que escribe para transmitir el mensaje de la recuperación de los valores, esta es mi fórmula, que aprendí a fuerza de practicarla, con muy buenos resultados. Estoy prácticamente segura de que es la única manera de devolvernos los valores: aquellos que –inevitablemente– hemos ido perdiendo.

Elaborado por Meirav Kampeas-Riess, profesora de educación especial 

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