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Doce profesores especializados en enseñanza digital publican un decálogo para la mejora de la docencia en línea

  • El libro pretende ser una ayuda ante posibles situaciones de confinamiento intermitente
Barcelona

Una semana después de la vuelta al cole, en la Comunidad de Madrid había ya 168 aulas en cuarentena, un 0,5 % del total, según los datos que ofrecía entonces el viceconsejero de Salud Pública y Plan COVID-19. Suponía la confirmación de lo que los expertos esperaban: un curso escolar intermitente en el que no siempre será posible la presencialidad. ¿Cómo lidiar con esa situación desde la comunidad educativa? La respuesta viene en formato de libro. Bajo el título Decálogo para la mejora de la docencia online. Propuestas para educar en contextos presenciales discontinuos, la UOC acaba de editar en abierto un libro gratuito con la intención de poner a disposición de toda la comunidad educativa el conocimiento que doce docentes con una larga experiencia en docencia en línea han ido adquiriendo durante su carrera.

«Lo queríamos compartir con toda la comunidad educativa porque considerábamos que podíamos ofrecer a docentes de todos los niveles nuestra experiencia de más de 25 años en la utilización de la educación en línea, en su diseño, en su aplicación, en su evaluación, en su análisis y en su desempeño», explica el coordinador del libro, Albert Sangrà, catedrático de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya.

Y es que, como recuerda el docente, el confinamiento por el que pasamos entre marzo y junio dejó en evidencia que no estábamos preparados para la situación de emergencia educativa que vivimos. Por primera vez en la historia, la escuela y la universidad dejaban de ser presenciales temporalmente «sin que nadie esperara que algo así pudiera ocurrir nunca», recuerda. Y, a pesar de que la capacitación en competencia digital distaba de ser la ideal, todos los profesores tuvieron que lidiar con la nueva situación como pudieron. «Lo que observamos es que se pedía casi de manera desesperada apoyo, ayuda y consejo sobre cómo gestionar esta situación», recuerda. Una muestra de ello es que más de 9.000 profesores de 47 países siguieron la iniciativa puesta en marcha por el profesorado de la UOC, que impartió durante los meses de abril, mayo y junio una propuesta formativa de emergencia para acompañar al profesorado en su transición forzada a la docencia no presencial.

Cambio de escenario

En aquellos meses hubo centros que afrontaron la situación con una serie de prácticas que no resultaban ser las más adecuadas, como ir encadenando clases virtuales mediante videoconferencias desde las 9 hasta las 12.30 h, con los niños sentados sin poderse levantar porque de una lección pasaban a otra, de una asignatura a otra y de un profesor a otro. De ahí que en el libro se propongan pautas para evitar replicar la clase presencial en un contexto virtual, ya que esta práctica se ha demostrado poco eficaz.

«No se trata de hacer de la misma manera la enseñanza que ya estamos haciendo, solo que digitalizándola, sino de adaptarla a un contexto distinto, que es ese contexto no presencial», aclara Albert Sangrà, director académico de la Cátedra UNESCO de Educación y Tecnología para el Cambio Social. Además, Sangrà explica que si un profesor no puede dar una clase presencial de la misma forma en un aula de una escuela que en un campo abierto, bajo un árbol —porque el contexto es completamente distinto, los recursos son diferentes y la relación que se establece con el estudiante también es distinta—, cuando cambiamos un contexto presencial por un contexto virtual, «también estamos cambiando el escenario y, por lo tanto, la forma de enseñar, de transmitir y de relacionarse es diferente».

Es la razón por la que se plantean cambios en el diseño del curso, la propuesta de actividades, el tipo de evaluación, el trabajo colaborativo, la tipología de interacción y dinamización o la forma de generar actitudes críticas entre los propios estudiantes hacia aquello que es digital. Como explica el coordinador del libro, se trata de aprovechar todo el potencial de un entorno digital y minimizar el hecho de que el docente no pueda estar siempre presencialmente delante de los estudiantes, «que ya sabemos que puede ser que sea lo ideal, pero como nos ha demostrado esta pandemia, en ocasiones no será posible y tendremos que activar otros mecanismos que es importante que podamos dominar», afirma el profesor de la UOC.

¿Cómo evaluar?

Uno de los elementos clave en este tipo de contexto es la forma de evaluación. Como explican los autores de Decálogo para la mejora de la docencia online, hay muchas alternativas distintas de evaluación. Y en un entorno de estas características, lo ideal es tener todas las fuentes de información posibles sobre la formación. Por eso, aconsejan diversificar al máximo los mecanismos de recogida de datos para la evaluación, y que en lugar de un solo examen final la evaluación sea continua, que sirva para que el propio estudiante identifique sus puntos débiles y pueda mejorarlos, y que haya muchos mecanismos de recogida para la evaluación (pruebas objetivas sencillas, trabajos, actividades en grupo…). «Esa diversidad ayuda a aplicar una evaluación más justa y más equitativa, porque tenemos menos riesgo de equivocarnos», recuerda Albert Sangrà, miembro del grupo de investigación Edul@b de la UOC.

En cuanto a las actividades en línea, igualmente fundamentales en la formación, la propuesta es preparar a los estudiantes para los momentos no presenciales que puedan venir. Es decir, hay que procurar que los estudiantes se familiaricen con los contenidos cuando no puedan seguir la clase de forma presencial, pero también fomentar la interacción con compañeros y profesorado. Y ya en las clases con el docente, deben aprovechar para cuestionar, profundizar o afianzar nuevos conocimientos. Cuando la presencialidad no sea posible, se recomienda combinar sincronía y asincronía en el entorno digital.

El objetivo principal es diseñar programaciones que contemplen la formación en los dos entornos —presencial y virtual— y establecer los vínculos que permitirán enlazar las actividades que se hagan en un entorno y en el otro. De esa forma se ligarían la presencialidad y la virtualidad entre sí de manera fluida. «Si los estudiantes no pueden asistir a los centros educativos, convendrá que los centros vayan a ellos», afirma Sangrà.

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