Cataluña

Pasan las elecciones, y la vida sigue

Juan Carlos Giménez-Salinas. Luis Moreno

Los políticos hacen su trabajo, la mayoría de las veces incomprendido, sigiloso, con objetivos a corto plazo, incluyendo mezquindades casi siempre y en alguna ocasión, heroicidades.

El pueblo, hoy llamado con elegancia, ciudadanía, acude a las urnas con el fin de ejercer su derecho de voto y elegir el partido político con el que sintoniza mejor y, una vez escrutado el resultado electoral, conceder al partido ganador la oportunidad de acceder al gobierno de la ciudad, de la comunidad autónoma o del Estado.

Si carece este partido de suficientes fuerzas deberá negociar con otros para alcanzar el poder, acordando los pactos que resulten de las negociaciones. Conseguido el poder, total o parcialmente, los políticos que lo ostentan deberán demostrar al ciudadano que son los mejores para ejercerlo y para ello, además contarán con medios de comunicación afines o bien con ambición suficiente para convertirse en serviles defensores de aquel poder que les proporciona oxígeno para sobrevivir.

Grupos de presión

Los grupos de presión aparecerán para conseguir sus objetivos. Estos grupos, lobbys, actuarán cada uno de ellos utilizando métodos diferentes, según sus peculiaridades. El gran capital utilizará el sigilo, la amenaza sibilina. Los grupos feministas, los medios de comunicación y la puesta en escena de las causas judiciales. Los grupos defensores de los animales arguirán la indefensión, la bondad y la personalidad espiritual de sus defendidos.

Y así todos los grupos que se mueven en nuestra sociedad, los defensores de los emigrantes, los que los atacan y desean su expulsión, los que defienden una escuela libre y areligiosa y los defensores del islam y los de la Iglesia católica, judía o baptista. Los defensores de la alimentación vegana, los que animan el consumo de carne ecológica.

Aquellos que defienden una Europa unida y los que prefieren vivir solos y aislados y por sus propios medios. Los que defienden los nacionalismos sobre culturas pequeñas y en territorios reducidos y los que defienden el universalismo sin tener en cuenta culturas o razas.

Aquellos que defienden el ruralismo y la vuelta a la simplicidad dejando el progreso como algo nefasto y los que promueven grandes ciudades donde se viva de un modo artificial, alejados de las inclemencias del tiempo y de la incomodidad de la variedad que producen los cambios estacionales. Los que prefieren el transporte público y los defensores a ultranza del trasporte privado, tanto en la ciudad como en el desplazamiento distante.

Es imposible contentar a todos

Podríamos continuar evidenciando la diversidad de pensamientos, apetencias e inclinaciones de nuestras sociedades cada vez más complejas y heterogéneas, pero aquí lo dejamos por considerarlo suficiente para resaltar lo difícil que resulta contentar a todos.

Existen políticos o administradores de la cosa pública que, con una ingenuidad suprema, pretenden contentar a todos, y ya vemos que es del todo imposible defender una cosa y la contraria.

Y existen otros que, con ideas claras y bien asesorados, intuyen el futuro y lo defienden y auspician, en la creencia que, contra el progreso, sea cual fuere, no se puede caminar. Estos últimos darán un caramelo a todos los grupúsculos y gobernarán a su antojo velando por el bien común, como tiene que ser.

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