Cataluña

Opinión: El revisionismo generacional estéril

El abogado Juan Carlos Giménez-Salinas. Foto: Luis Moreno.

Cada generación se considera única e irrepetible y ciertamente lo es. Cada persona nace un día de un año concreto, aflora en el seno de una familia que, a su vez, pertenece a una sociedad concreta, y dicha familia posee una determinada cultura y se encuentra posicionada en un lugar de aquella sociedad. Además, cada persona posee un determinado carácter que la inclina a aceptar o rechazar en todo o en parte la educación recibida y a su vez es producto de sus vivencias y preferencias. Lo definía certeramente Ortega y Gasset cuando indicaba que toda persona es ella misma y su circunstancia.

La fecha de nacimiento indica el momento histórico con el que convive, las convulsiones sociales y la evolución del pensamiento social, religioso o económico que imperan en la época. Cada generación convive con acontecimientos inesperados e intenta resolverlos de acuerdo con su pensamiento adquirido a través de la familia y de la educación recibida, que asimilados a su carácter le inclinan a actuar de una determinada manera.

Cada generación vive y padece los mismos acontecimientos, pero según el lugar en el que nace, la educación y el carácter de cada persona, le provocan determinadas decisiones que le conducen a lo largo de la vida hacia caminos muy variados. De acuerdo con este pensamiento, cada generación se halla integrada por múltiples individuos que llevados por actuaciones muy dispares organizan una sociedad con los medios y posibilidades que les ofrece cada momento de la historia.

En cada época, aún siendo muy diferentes las circunstancias que experimentan sus coetáneos, se repiten los mismos estereotipos. Aquellos que aceptan las reglas de juego de aquel momento y saben aprovecharse de los cauces permitidos, aquellos que no admiten aquellas reglas y pretenden modificarlas utilizando medios civilizados, aquellos que consideran que el único medio para modificar las reglas de juego es la revolución y, por último, los que, rebeldes pasivos, se apartan de la sociedad e intentan crear un mundo nuevo ajeno a todo lo establecido, como los hippies en los sesenta del siglo pasado o los okupas de estos últimos decenios.

Tanto en España, como en Cataluña, cohabitan varias generaciones que han experimentado momentos históricos diversos y cada una de ellas posee unas características muy concretas. Desde aquellos que nacieron en plena dictadura, pasando por los que se encontraron con una democracia recién estrenada y la época anterior le es desconocida, hasta los que hoy abren sus ojos a una sociedad convulsa derivada de una crisis económica iniciada a finales del 2007, concluida con una epidemia que les ha condicionado.

La generación que convivió con la dictadura sufrió una sociedad autoritaria en todos los órdenes de la vida: la política, la religiosa y la familiar, generándoles grandes deseos de libertad. La siguiente encontró un mundo más abierto y dedicó sus esfuerzos en configurar su futuro individual, lleno de esperanza, pero tuvo problemas para desarrollarse y amplió el campo alejándose del país.

La generación reciente posee el gran reto de luchar por un mundo más limpio y advierte el peligro que representan las redes sociales, el gran capital, dedicado en exclusiva a l búsqueda de beneficio y de nuevo, y esto ocurre en cada generación, la igualdad de oportunidades con independencia de las diferencias sociales.

En un plano político, nuestro país, a lo largo de cuarenta años, ha pasado de una dictadura a una democracia anhelada que con el transcurrir de los años se ha advertido mejorable. La crisis económica y la corrupción generalizada provocaron que los políticos intentaran conducir la sociedad hacia nuevas metas que justificaran su presencia.

En Catalunya surgió de la nada el independentismo y hacia esta meta nos llevaron los políticos careciendo de los medios para conseguir los fines que pretendían. Ahora se ha visto que aquellos políticos no deseaban la independencia realmente. En España, la inoperancia e ineptitud del gobierno de derechas presidido por Mariano Rajoy condujo al afloramiento de partidos nuevos, como Ciudadanos, Unidas Podemos y Vox.

Esta multiplicidad de partidos estatales, unida a los nuevos y variopintos partidos autonómicos, derivó en un Congreso complejo y un gobierno débil en España y otro gobierno desorientado e inestable en Cataluña, formado por un gobierno de coalición al que le falta experiencia y voluntad de gobierno.

Maniobra de distracción

La tentación de estos gobiernos, sabedores de su debilidad, es, al parecer, distraer nuestra atención con estériles políticas dedicadas al revisionismo de nuestra historia. Una crítica generalizada a la época de la transición y una reinventada historia de Cataluña. De este modo, la sociedad se entretiene y apasiona con estos temas y deja de pensar en los temas cotidianos mal gestionados o con ni tan siquiera iniciadas sus vías de solución.

El multipartidismo y el revanchismo, sea el que sea, son el resultado de años de inoperancia en Madrid y de un engaño colectivo en Cataluña. A la nueva generación que ahora asoma a la vida adulta le corresponderá enmendar los errores de la anterior, pero deberá experimentar que en su seno tendrá voces muy diversas y entre todas ellas deberá encontrar una vía que le permita desarrollarse a lo largo de su existencia.

Deberá comprender, además, que no todo ha sido negativo en la anterior generación y deberá huir de los estériles revisionismos y organizar la sociedad del futuro, que quizás pase por perfeccionar nuestra democracia, reorganizando las instituciones y nuestro sistema electoral, enorme labor que no han sabido solucionar nuestros políticos actuales.

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