Cataluña

Barcelona: El reino de la colilla

Colilla de cigarrillos. EFE

Cuando habitas un lugar, deambulas por sus rincones y frecuentas sus diferentes ambientes, la mirada se habitúa a contemplar aquello que observas y nunca aparece el sentido crítico porque se carece de él. El día a día desactiva la observación objetiva de los lugares que frecuentas. Debe aparecer el comentario de un tercero, ajeno a la observación diaria del lugar, para que se abran los ojos del habitante habitual y de pronto aparezca con toda su crueldad la realidad de un entorno hasta aquel momento soportable, incluso plácido.

Tal es lo que ocurrió en un encuentro social entre un grupo de barceloneses y otro de visitantes esporádicos en nuestra ciudad. El grupo de barceloneses, en un momento dado, preguntó a los diversos personajes que integraban el grupo visitante qué impresión habían extraído de su primera visita a nuestra ciudad.

Todos ellos halagaron su arquitectura, el enorme y variado ejemplo de edificios modernistas de primer nivel, el barrio gótico y sus playas urbanas tan cercanas. El grupo de barceloneses, henchido de orgullo, para intentar ser ecuánime y esperando una respuesta halagüeña, inquirió: Y qué es lo que menos os ha gustado de nuestra ciudad. La suciedad, le respondieron casi al unísono.

Los barceloneses que escucharon aquellas terribles palabras permanecieron atónitos e incrédulos. Ellos creían que se encontraban viviendo en la ciudad más deseada del orbe y que carecía de cualquier defecto y que, desde luego, la suciedad no podía ser ninguno de ellos.

Ocho días más tarde el grupo de amigos barcelonés se reunió de nuevo y comentó la crítica vertida por los visitantes extranjeros de la semana anterior.

Uno de ellos dijo: A partir de aquel comentario, he observado mi ciudad y sus calles con mirada crítica, como si fuera un visitante ajeno a cualquier sentimiento de pertenencia y realmente me he dado cuenta de que, sin llegar a ser una ciudad inhabitable por su suciedad, los papeles, envoltorios, alguna lata de refresco olvidada en un alfeizar o en un rincón de un local, decoran nuestra ciudad. Sobre todo, dijo aquel hombre, colillas. Colillas por todas partes, en todas las aceras, los alcorques, los parques, los parterres.

Otro de los reunidos comentó: Aquel comentario que nos hicieron la semana pasada me resultó insultante por poco creíble, pero estos días he observado las calles de Barcelona con mirada crítica y me he dado cuenta que no está lo limpia que desearíamos. Pero esto es cosa nuestra.

He comprobado también que la ciudad se limpia, los servicios de limpieza actúan bien, pero si de inmediato los transeúntes empiezan a ensuciarla no hay nada que hacer. Por más que se limpie siempre estará sucia. Y por último, coincido contigo en lo de las colillas, está plagado. Al estar prohibido fumar en los despachos y viviendas, todo fumador lo hace en la calle y al finalizar, tira la colilla al suelo. El centro de la ciudad es una alfombra de colillas.

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