Castilla y León

Julián Gil: "Me conmovió la historia romántica de Santa Teresa"

Julián Gil con uno de los productos estrella de Santa Seresa, el membrillo
Valladolid

Julián Gil, presidente de Santa Teresa, falleció el pasado 13 de junio. En su homenaje, publicamos este artículo del periodista José Luis Fernández del Corral en el que nos ayuda a conocer a este abogado y economista que salvó de la quiebra a una de las compañías que hoy son referente empresarial en Ávila.

Tres siglos han sido testigos del devenir empresarial de la abulense Santa Teresa. No de la autora del Camino de la Perfección, sino la de una iniciativa emprendedora que en 1860 supo deslumbrar a sus clientes con yemas de la más universal santa de Ávila. La misma que a finales del siglo XX fue rescatada de la quiebra por un ilustre romántico abogado y economista. La misma que, tras las dos primeras décadas del siglo XXI, escribe su futuro en femenino bajo la dirección de una mujer que contagia coraje y tesón.

"Desde 1860 hasta hoy, desde Ávila para el mundo". Cuando uno entra en la moderna fábrica de 5.000 metros cuadrados de la sociedad Yemas de Santa Teresa, en el Polígono Industrial de Las Hervencias, las claves de la compañía reciben al visitante. "Porque somos lo que comemos, Santa Teresa es calidad y salud, es sabor, es tradición e innovación". Raíces históricas, marca emblemática, orgullo por los productos saludables, internacionalización y esa ecuación que suma la I y la D para lanzar siempre los productos que demanda el cliente. La leyenda que recibe al visitante resume fielmente el pasado, el presente y el futuro de lo que es y de lo que quiere ser la compañía.

Tres nombres propios son imprescindibles para conocer las señas de identidad de esta empresa que combina tradición y modernidad: Isabelo Sánchez, Julián Gil e Isabel López. El primero fue su fundador hace 160 años; el segundo es el rescatador de la quiebra en 1990, y la tercera, la directora general que hoy ejecuta el rumbo de una aventura que nació con las yemas de la santa y proyecta el futuro con más de 15 millones de facturación; 103 empleos, el 70% femeninos; un creciente proceso de exportación a 20 países y una apuesta innovadora en una fábrica en expansión.

Todo empezó en el entorno de 1860 en una confitería artesana que primero se llamó "La Dulce Abulense" y años después se transformó en La Flor de Castilla. Allí, en un pequeño obrador propiedad de once familias de la ciudad, están los orígenes de la que es hoy una de las empresas locales más importantes de Ávila. Allí, en el número 4 de la Plaza de José Tomé, "empezó todo". Hoy, se mantiene abierto como un pequeño museo-cafetería-tienda que permite acercarse al pasado y al presente de Yemas de Santa Teresa.

En ese local, Isabelo Sánchez fundó la pastelería con los dulces típicos de la época. Conscientes de la fama que tenía la patrona de Ávila, sabedor del auge turístico de la ciudad de las murallas y vislumbrando el tirón que podía tener la marca, años después empezaría a desarrollar las archiconocidas yemas, las mismas que hoy elabora la empresa industrial con huevo y azúcar, y que redondean a mano los hombres y mujeres de esta empresa creada en el siglo XIX con vocación de aprovechar las oportunidades del XXI.

Isabelo tuvo la visión de registrar en 1920, en la Oficina Española de Patentes y Marcas, las Yemas de Santa Teresa. Fue hace cien años. "Somos una de las marcas más antiguas de alimentación en España con registro", advierte la directora general. "Isabelo fue un visionario al registrar una marca en una España bastante precaria y primitiva".

Los hijos del fundador, José Manuel y Federico Sánchez, tomaron el timón del negocio pastelero familiar entre los años cincuenta y setenta del siglo XX. Las yemas habían adquirido gran notoriedad. 'La Flor de Castilla' se mantuvo. Incluso como restaurante. Hay documentos de principios de siglo que acreditan sus menús navideños. A la segunda generación le relevan los nietos de Isabelo en la década de los setenta, que siguen explotando la misma confitería con las populares yemas. En 1987, la pastelería entra en quiebra. Facturaba 50 millones de pesetas al año y su deuda rondaba los 300 millones. "Entonces no había los controles que existen hoy sobre el endeudamiento; las deudas a empleados, proveedores y a la Seguridad Social eran una constante". Un prestigioso abogado y economista amigo de la familia, Julián Gil, entra en escena. "Vinieron a mi despacho Sonsoles y Elisa Sánchez Bermejo, nietas de Isabelo. Buscaban a un abogado de fuera de Ávila para que la situación de endeudamiento no se conociera en la ciudad", recuerda el empresario.

"Decidí ayudarlas conmovido por la historia romántica de las yemas de Santa Teresa". Julián Gil las conocía porque uno de sus hermanos apodado 'Cunini' se las llevaba a su madre Lola al piso familiar de Las Ventas en Madrid cuando iba a los toros.

El abogado y economista decidió ayudar a la familia y se puso al frente del negocio. Logró un aval de 100 millones de pesetas de Soteca –el embrión de Iberaval-, que lo obtuvo con la condición de que la tercera generación de empresarios saliera de la compañía y él regentara la sociedad. La situación financiera era insostenible. "Las dos hermanas se quedaron conmigo hasta que las ayudé a jubilarse sin deudas y con una pensión, pese a que antes de mi llegada nunca habían pagado su Seguridad Social", comenta Julián Gil, que años después abandonaría su prestigioso despacho internacional de abogados para implicarse a fondo en Yemas de Santa Teresa.

"Julián fue un romántico, nunca midió en sus orígenes dónde se metía", precisa la directora general a la que muchas veces le dijo que él "se ha sentido pagado y recompensado con creces porque es lo que más feliz le ha hecho en su vida".

Noches sin dormir

Julián Gil entró en la sociedad un 15 de noviembre de 1990. "Al principio me encontraba invencible para levantar el negocio sin esfuerzo. Puse un gerente, luego otro y un tercero sin ser consciente del agujero que había y se estaba generando". Noches sin dormir saliendo de su casa a las cinco de la mañana "para coger in fraganti a empleados que falsificaban las fichas de entrada y luego volver a Madrid con un despacho lleno de problemas". Sus amigos y socios le decían "que si estaba enamorado de alguna monja con tanto ir y venir de Ávila".

Consciente de que el reflotamiento de la compañía pasaba por diversificar el producto, Gil lleva a El Corte Inglés -al que ya vendía yemas en la década de los ochenta- una bandeja de 16 kilos de membrillo. Le dicen que ese producto no se vende en pastelerías. Costaba a 500 pesetas el kilo y Julián les propone venderlo al triple. "Se cayeron de la silla". "Estás loco", le dijeron. Como era muy grande y pesaba, se lo dejó. A los dos días le llamaron. Les había encantado. "Si consigues envasarlo, hacemos una prueba en El Corte Inglés de Castellana", en Madrid. Dicho y hecho. Aquel 1993 comenzó el proceso de diversificación de productos, donde el membrillo es mayoritario en la facturación.

Con esa nueva andadura llegaría la mayonesa de la mano de Berasategui, el huevo hilado, los gazpachos, las cremas y una variada línea de platos preparados. La denominación Yemas de Santa Teresa "era muy larga", no reflejaba la realidad de su producción ni la transición del dulce al salado. Decidieron registrar Santa Teresa a secas. "Mantener Yemas de Santa Teresa era restrictivo para ese salto que dimos a partir de 2000", explica Isabel López.

Con el siglo XXI comenzaba con una nueva etapa. Si el primer año del rescate facturaron algo más de 130.000 euros, el siglo arrancaba con 2,5 millones y en veinte años las ventas escalaron a los 15 millones.

Desde 2013, esta abulense nacida en 1995 dirige la compañía. El despacho de abogados de Julián Gil la contrató a media jornada en 1999. Al principio compatibilizaba el trabajo en el gabinete jurídico de la madrileña Plaza de la Independencia con el de Yemas de Santa Teresa. Antes de llevar el timón de la empresa abulense había ocupado la dirección comercial y la de marketing. Se movía como un pez en el agua acompañado de Julián Gil.

Ella ha vivido todo el proceso de crecimiento de Santa Teresa que en 2018 abrió una fábrica de 5.000 metros cuadrados con seis millones de inversión. Esta licenciada en Derecho por la Universidad de Salamanca ha sido testigo de los cambios en las dos primeras décadas del siglo XXI. Del comienzo industrial en una pequeña fábrica de 500 metros en el Polígono de Las Hervencias; de la primera ampliación a los 1.500; del arrendamiento de naves alrededor, y sobre todo del proceso de diversificación y de internacionalización de la compañía.

"Hasta 2012 no empezamos a hacer exportaciones formales de manera proactiva. Nos planteamos que no podíamos tener puestos todos los huevos en la misma cesta. Con la crisis, estábamos asumiendo un riesgo muy alto al fiarlo todo al mercado nacional", explica Isabel López.

En esa expansión internacional, Santa Teresa viaja hoy a 20 países. Priman aquellos que valoran más los productos saludables. En EEUU y Japón residen sus principales clientes.

El crecimiento exterior basado en la marca país, la búsqueda de talento innovador, la ocupación de la capacidad "ociosa" de la nueva fábrica y el desarrollo de nuevos productos son los cuatro retos de su estrategia para los próximos años.

Isabel López dirige la compañía, pero también es accionista. La familia Gil controla el 70% del capital. La directora general y el director financiero, Daniel Martínez, son titulares del 15% cada uno. El componente femenino supera al masculino; entre los accionistas, en el comité ejecutivo y en la plantilla. "Julián siempre ha sido un enorme defensor de las mujeres". Contra todo pronóstico, nombró directora general a Isabel en lugar de al director financiero. "Siempre ha pensado que los perfiles más involucrados y más eficientes son los de mujeres".

El hombre que hizo posible este camino hacia la perfección de la Santa Teresa del siglo XXI veía en la ilusión y en el talento las claves del éxito de esta empresa. Julián Gil creía que este penúltimo milagro de la patrona de Ávila no hubiera sido posible sin grandes productos 100% naturales hechos con recetas sencillas. Esos que "nos hacen volver a la cocina de siempre pero mirando al mercado y a las necesidades de consumo de los clientes actuales". Hoy, aquel obrador artesano alumbra su futuro con una industria 4.0 que ve en la tradición y en la innovación las fortalezas de sus señas de identidad y de sus valores. Un selecto número de productos naturales se convierten en manjares que avanzan camino hacia la perfección, como diría hoy la santa que da notoriedad a la marca en tres siglos.

AUTOR: JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ DEL CORRAL

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