Comunidad Valenciana

El fin del trabajador subordinado: La 'uberización' de la economía

Adrián Todolí. Doctor en Derecho. Abogado. Economista. Profesor investigador en Derecho del Trabajo Universitat de les Illes Balears.

Desde el ludismo, los trabajadores han estado recelosos de la posibilidad de que las máquinas y, en general, la tecnología pudiera sustituir totalmente a los empleados. Por lo que esta cuestión no parece demasiado nueva, ni digna de un estudio que se plantea los desafíos del mercado de trabajo en el nuevo siglo. Lo que ocurre es que la forma en que la tecnología está "acabando" con los trabajadores no es exactamente la temida.

Las nuevas tecnologías están permitiendo una disminución de los costes de transacción en las empresas inimaginable hasta hace unos pocos años. Los costes de transacción son la principal razón por la que las empresas prefieren realizar el trabajo por sí mismas, dentro de una organización preparada para prestar servicios al mercado.

En los siglos anteriores, las empresas eran conscientes de que realizar el trabajo mediante personal independiente a la empresa era caro. La información viajaba lentamente y se perdía gran parte de la productividad, controlando, a posteriori, la calidad del trabajo realizado. Por ello, las empresas siempre han preferido contar con personal propio -dependiente o subordinado- que realizara el trabajo; personal formado por la empresa que asegure la calidad del producto o la prestación del servicio ofrecido por la compañía; personal sujeto a controles de entrada -entrevista de trabajo y procesos de selección-; controles de calidad del trabajo -supervisión por mandos intermedios-, y control de salida - poder disciplinario-.

Ahora bien, todo esto cambia cuando las nuevas tecnologías reducen los costes de transacción a niveles casi nulos. Con la reducción de los costes de transacción, la empresa no tiene ningún incentivo para poseer grandes estructuras organizativas.

En efecto, cualquier observador de la realidad puede percatarse que la descentralización está aumentando, creándose redes de producción dispersas. Con la reducción de los costes de transacción, la especialización de la empresa pasa a ser el principal objetivo. Lo importante para una empresa ya no es la capacidad de ofrecer varios servicios que comparten sinergias entre sí, sino que lo relevante será la especialización en un sector o producto, descentralizando el resto.

No obstante, conforme mejoran las tecnologías y los costes de transacción se reducen aún más, se está empezando a observar, en algunos sectores, que la descentralización no es suficiente. Por el contrario, se está dando una nueva forma de ofrecer servicios, donde las empresas no contratan trabajadores -excepto los más imprescindibles-, sino que su modelo de negocio consiste en poner en contacto el demandante del servicio con el proveedor del este. La novedad proviene en que el proveedor del servicio no será una empresa, como lo hubiera sido hasta ahora, sino que directamente será la persona individual que prestará el servicio -un autónomo independiente-.

Los posibles negocios del sector terciario afectados por este nuevo tipo de empresas son casi infinitos. Actualmente, a modo de ejemplo, se puede nombrar a Uber -para transporte de pasajeros-; Sandeman -para guías turísticos-; FlyCleaners -lavandería personal-; Myfixpert -reparación de aparatos electrónicos-; Chefly -cocinero a domicilio-; Helpling -limpieza del hogar-, o Sharing Academy -profesores particulares-.

De esta forma, sin que las máquinas sustituyan en absoluto la prestación personal de los servicios, la figura del trabajador o empleado -dependiente- creada en los albores de la revolución industrial parece estar acercándose a su fin.

Hasta hace unos años, no se concebía hablar del capitalismo sin hacer referencia al mercado de trabajo y mucho menos se concebía la crítica al capitalismo sin considerar la posición de explotación de los empleados. Ahora parece que las preferencias hayan cambiado. El famoso libro de Thomas Picketty titulado El Capital en el S.XXI contiene un análisis y crítica del sistema capitalista, de unas seiscientas páginas, sin plantearse los retos del mercado de trabajo. ¿Acaso ha terminado la "explotación" del obrero y ya no es necesario disertar sobre ello? ¿Acaso el nuevo capitalismo ya no se basa en la "explotación" del trabajador?

No es fácil dar respuestas a estas incógnitas. Lo que es seguro es que el mercado de trabajo está sufriendo en una profunda trasformación. El modelo de relaciones laborales del S.XIX ha sido diferente a la del S. XX y parece que, en el futuro, lo será mucho más, si las predicciones se cumplen. En los inicios del S.XXI se vislumbran nuevos métodos de organización laboral, conforme el sistema económico se transforma, que requieren de herramientas muy distintas a las que se tiene actualmente para poder proteger a la persona que vive de su trabajo.

En este contexto, salvo intervención legislativa, conforme el trabajador subordinado vaya desapareciendo, los derechos laborales -que se aplican solamente a este tipo de trabajadores conforme al Estatuto de los trabajadores- desaparecerán también.

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