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Érase una vez en la Borgoña: la historia de la bodega Louis Latour

  • La historia de la bodega Louis Latour se remonta a 1797
  • Desde entonces, poco ha cambiado en esta esquina de Francia
  • Entrevistamos a Louis-Fabrice Latour, undécima generación de la familia
Louis Latour
Madrid

Faltaban aún dos años para que Napoleón Bonaparte se convirtiera en primer cónsul de la recién nacida Primera República Francesa, allá por 1797, cuando en la colina de Corton (no muy lejos de la ciudad de Dijon, la histórica capital de la región de Borgoña) nacía una pequeña bodega familiar: Louis Latour. Eran apenas 48 hectáreas de propiedad, pero aquellos viñedos estaban destinados a hacer historia.

Hoy, más de 200 años después, la empresa continúa dirigida por un descendiente de aquel Louis-Fabrice Latour (quien atiende hoy gentilmente a Status), undécima generación del linaje, uno de los apellidos más ilustres del negocio del vino mundial. Miles de botellas de esta longeva bodega se descorchan cada año en los mejores restaurantes del planeta, algunas de ellas procedentes de sus más excelsos Grand Cru (los vinos elaborados con las uvas de sus mejores viñedos), etiquetas de renombre mundial, tan resonantes al oído y al paladar como el Romanée-Saint Vivant o el Chambertin, elegantes y delicados tintos procedentes de sus terrenos en Côte de Nuits, o los Corton-Charlemagne o Chevalier-Montrachet, corpulentos blancos de sus parcelas de Côte de Beaune. Aunque la estrella de la casa continúa siendo su Château Corton Grancey, que sólo se elaborada en años de cosechas excepcionales.

El tiempo transcurre lentamente en esta esquina de la Borgoña, por eso en los dominios Latour las uvas siguen vendimiándose manualmente cada otoño y la posterior vinificación continúa elaborándose por gravedad, en su bodega de cinco niveles, edificada en el lejano año de 1834. Luego, el vino envejece día a día en la penumbra de sus cavas, excavadas a mano en la roca, en unas condiciones de humedad y temperatura excepcionales, en el interior de unas cuvas de roble francés procedente de los bosques del norte del país, manufacturadas por ellos mismos en su propia tonelería, gracias a la sabiduría de un oficio centenario que aún –afortunadamente– no se ha perdido (lo hacen tan bien, de hecho, que la mitad de las 3.000 unidades que manufacturan al año se exportan a otras bodegas del mundo).

Y sin embargo, a pesar de esta atmósfera de aparente tranquilidad que se respira, los estragos de la pandemia mundial del Covid-19 también han sacudido los cimientos de la bodega. "La situación no es fácil", explica Louis-Fabrice Latour a Status. "El mercado nacional ha experimentado una bajada del 15 por ciento y las exportaciones se han contraído hasta un 20 por ciento. En los colmados y supermercados hay una progresión interesante, pero la restauración está sufriendo mucho. Nuestro gran problema es, sin duda, París, que tiene los hoteles y restaurantes cerrados y sin turistas. En el resto del país, la cosa tampoco ha ido tan mal, el verano ha sido incluso más bien bueno gracias al turismo nacional. Pero sí, el otoño no pinta nada bien".

"Nuestro gran problema es, sin duda, París, que tiene los hoteles y restaurantes cerrados y sin turistas. En el resto del país, la cosa tampoco ha ido tan mal, el verano ha sido incluso más bien bueno gracias al turismo nacional. Pero sí, el otoño no pinta nada bien"

Frente a la crisis coyuntural, sólo cabe una apuesta, la calidad de siempre. "La verdad es que el estilo de nuestros vinos no ha cambiado mucho en los últimos 200 años", explica Louis-Fabrice. "Siguen teniendo ese mismo equilibrio afrutado de hace más de dos siglos". Le pregunto por cuál es la botella más antigua que conservan en la oscuridad de sus bodegas. "Preservamos grandes añadas de 1865", asegura. "Hay que tener en cuenta que a principios del siglo XIX se vendía mucho vino en barricas y, de aquel tiempo, no se conservan botellas físicas. Nos quedan también bastantes vinos fantásticos de 1878 o 1898", como demuestra la imagen de la derecha.

Hablar de la Borgoña es hablar de la Pinot Noir, la uva con la que se producen todos sus tintos, una variedad delicada y compleja que ha construido a su alrededor toda una mística especial. "Posee un equilibrio entre alcohol y acidez casi perfecto. Combina muy bien con una gran variedad de comida internacional", explica. "Pero es una uva muy escasa en el resto del planeta. Además de en Francia, sólo hay viñedos importantes de Pinot Noir en Nueva Zelanda y en la zona de Oregón, en EE UU, eso la hace muy especial".

Antes de dedicarse al negocio del vino, el padre de Louis-Fabrice insistió en darle una formación universitaria de corte financiero. "Estudié Ciencias Políticas y trabajé en la banca, en BNP Paribas, concretamente. Me enseñaron cosas que no se aprenden en una bodega. Somos una compañía que maneja un stock de vino considerable, trabajamos a casi dos años vista, y toda formación económica es bienvenida en el negocio. Somo además una empresa familiar desde nuestro nacimiento y ese control de los números es fundamental"

"Somos una compañía que maneja un stock de vino considerable, trabajamos a casi dos años vista, y toda formación económica es bienvenida en el negocio. Somo además una empresa familiar desde nuestro nacimiento y ese control de los números es fundamental"

Louis Latour ha sabido mantenerse independiente como sello y como empresa, una compañía que ha pasado de padres a hijos durante once generaciones. "Ha sido un proceso tranquilo, basado en la tradición", explica. "El relevo siempre cae en manos de una única persona, así se evitan las riñas entre primos y hermanos, que suelen ser un problema en lo relativo a las sucesiones.Por suerte, no hemos tenido contratiempos graves de ese tipo dentro de nuestra familia".

Aunque la Borgoña no representa más que el uno por ciento de la producción mundial de vino, es indudable que las reminiscencias de su nombre han adquirido un prestigio muy superior a su peso cuantitativo. "Mi percepción es que los vinos de Borgoña han empezado a ser muy reconocidos mundialmente en los últimos 30 años. Antes no era tanta su fama", comenta. "Somos una denominación con mucha historia y poseemos eso que los franceses llamamos 'economía del terroir', el amor al terruño. Yo creo que la apuesta de futuro del vino en general viene marcado por una evolución hacia la calidad. Ésa ya era nuestra idea desde antes, así que creo que vamos bien encaminados. He escuchado muchas veces eso de que las nuevas generaciones ya no quieren beber vino, sino cerveza, que no tienen interés por este mundo. Pero luego, esos mismos jóvenes se van a un restaurante y piden un copa de vino. Borgoña es una denominación de gran calidad, pero también poseemos referencias por poco más de 10 euros".

Una última pregunta. ¿Guarda alguna botella para brindar el día que llegue la vacuna contra el Covid? "Por supuesto, una botella Corton-Charlemagne Grand Cru, el vino del pueblo donde nació mi familia. Ojalá pronto la descorchemos".

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