Opinión

¿Se puede combatir el pertinaz desempleo juvenil español aplicando una estrategia distinta?

El cierre del año 2023 posicionó a España nuevamente como líder en desempleo juvenil dentro de la Unión Europea. El último dato de Eurostat señala que mientras la media europea es del 14,9%, en España es del 28,6% (enero 2024). Un triste ranking en el que ganamos año tras año. Y un problema que no es nuevo, del que se habla constantemente y para el que nacen numerosos programas cuyo objetivo es evitar esta brecha, pero para el que no parece haber soluciones. O no las había, ya que los resultados de un reciente estudio aportan nuevas ideas, nuevas áreas de trabajo y una perspectiva diferente sobre la que trabajar para encontrar una solución.

Pero, lo primero de todo, veamos las causas por las que España se sitúa en esta posición año tras año. La más evidente es la desconexión entre el sistema educativo y las necesidades del mercado laboral. Este desfase genera una brecha significativa que dificulta la inserción laboral de los jóvenes. La educación en España no está alineada con las demandas actuales del mercado y, aunque esto es bien sabido, las reformas necesarias para corregirlo no se han implementado de manera efectiva. Además, la falta de educación empresarial y de fomento del emprendimiento desde una edad temprana limita las oportunidades de innovación y creación de empleo por cuenta propia. Mientras que en otros países europeos el espíritu empresarial es inculcado desde jóvenes, fomentando la creación de nuevas empresas y el autoempleo, en España se fomenta conseguir un trabajo por cuenta ajena y lo más estable posible.

Otro factor relevante que no se aborda como mereciera es el impacto de las percepciones negativas que se transmiten a los jóvenes desde la opinión pública y la sociedad en general. Términos como "mileurista" o "sobre cualificado" se han tatuado en la mente de nuestros jóvenes y crean un ambiente pesimista que afecta a su autoestima y sus expectativas incluso antes de incorporarse al mercado laboral. Además, la figura del empresario como explotador fomenta desconfianza y desánimo entre los nuevos trabajadores, obstaculizando su integración y rendimiento en el entorno laboral.

Partiendo de estas ideas, con el objetivo de ir más allá en la problemática del acceso al mercado laboral de los jóvenes y haciendo hincapié en el gap cultural entre las nuevas generaciones y el punto de vista de empresas y empresarios, el proyecto Youth & Empowerment, cofinanciado por la Unión Europea, ha puesto frente al espejo a jóvenes y empresas para identificar qué está pasando. Y lo que han descubierto es un abismo que parece insalvable entre ambas partes. Discrepancias significativas en cuanto al mundo laboral y un desconocimiento del otro que marcan una distancia generacional, social, económica y laboral. Esto se refleja en cómo perciben ambos la capacidad de los jóvenes para desempeñar tareas propias de un trabajo, como por ejemplo escribir un correo electrónico, mantener una reunión con un cliente, gestionar una crisis entre compañeros o asumir una crítica (constructiva). Por destacar algunos datos, mientras que el 80% de los jóvenes cree ser perfectamente capaz de escribir un correo correctamente, solo el 37,7% de los empresarios coincide con esta percepción.

De igual modo, si bien un 80% de los jóvenes encuestados defiende su capacidad para ser autónomo en el trabajo y priorizar sus tareas, los empresarios piensan que solo el 22,2% están realmente preparados para ello. No se pone en duda la capacidad técnica propia de su formación académica, pero sí otras habilidades que deberían ser intrínsecas a la persona y que no se están atendiendo desde el ámbito educativo, aún siendo claves en el día a día de una empresa y que condicionan el éxito de la misma.

Y ante esta realidad, ¿qué podemos hacer?

El primer paso debe ser continuar con esa conversación iniciada con jóvenes y empresarios. Ver qué piensa cada uno y qué necesidades tiene para poder trasladarlo al otro. Fomentar la empatía desde los dos lados y ser conscientes de las limitaciones de cada uno. Ambos se necesitan y al pensar en la tasa de desempleo juvenil y la necesidad de personal de las empresas, uno puede pensar que estamos viviendo una distopía. ¿Cómo puede ser que no haya un punto medio donde ambos se encuentren?

En segundo lugar, se debe trasladar este escenario a los centros educativos y enseñar a nuestros jóvenes habilidades que van a necesitar, como hablar en público, priorizar sus tareas, ser autónomos y autodidactas, asumir una crítica, trabajar en equipo, negociar con un cliente, atender una queja, etcétera. Igualmente, las empresas han de implicarse en este tipo de educación con programas formativos para sus equipos.

Para continuar, hay que cambiar el discurso sobre el mundo del trabajo. Desde la opinión pública se repiten mensajes que victimizan a los jóvenes incluso antes de acceder al mercado laboral. Se les condena a una vida precaria y subyugados a un empresario explotador que los va a exprimir por 1.000 euros. Así no podemos pedirles a nuestros jóvenes que vayan con ganas e ilusión a un trabajo, porque lo único que podemos obtener es desconfianza y resignación. Hemos de liberarnos de estas etiquetas y lanzar un mensaje positivo y de esperanza. Son estas nuevas generaciones que se incorporan al mundo laboral las que tienen en su mano la llave para cambiar las cosas, para decidir hacia dónde vamos, así que empoderémosles.

Por último, hemos de exigir a los responsables políticos que atiendan esta situación porque es urgente. Tenemos experiencias previas como la crisis de 2008, donde nuestros jóvenes tuvieron que irse fuera para trabajar. Vamos encaminados a repetirlo si no hacemos algo para evitarlo. Y ese algo debe ser un cambio profundo y estructural.

Reducir el desempleo juvenil es un esfuerzo de todos, de instituciones, del sistema educativo, de las empresas y de la sociedad en general. Empecemos hoy mismo.

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