Opinión

Ley de impunidad o cómo dejar sin castigo un delito: ¿Dónde está la tolerancia cero?

Mazo de un juez. / Getty

¿Qué es la impunidad en sentido estricto? Es una aberración, una anomalía. No encontramos en nuestro Ordenamiento Jurídico, ni en el de la Unión Europea ningún resquicio legal que ampare la impunidad, lo contrario supone la existencia de un determinado número de delitos no castigados lo que conlleva la impunidad de aquellos que los cometen.

¿Qué sucede en los Estados más avanzados? Que la impunidad es residual. El simple hecho de que finalmente se materialice la amnistía es una nítida señal de un anormal funcionamiento de las instituciones, a lo que hay que sumar el siguiente interrogante: ¿somos un Estado avanzado cuando permitimos que los delincuentes queden sin castigo?

La impunidad es un estímulo para la comisión de nuevos delitos. Las acciones delictivas que quedan sin sanción efectiva y apropiada espolean y, con frecuencia, acometen nuevas prácticas de criminalidad. Aquel que queda impune, puede con mucha probabilidad volver a cometer delitos, de modo que con la acción de una sola persona se puede instalar una cadena muy amplia de criminalidad.

En el marco de lo manifestado, la percepción del escaso riesgo que conllevan para sus perpetradores las prácticas delictivas funciona como un acicate para que individuos que en condiciones de inexistente o baja impunidad no se sentirían tentados a delinquir precisamente por el inexistente o bajo riesgo de castigo para sus acciones. O, dicho en otras palabras, un marco regulatorio deficiente o laxo, garantiza la impunidad. La impunidad o la ausencia de castigo, a la par, juegan un papel de estímulo y señuelo de las acciones ilegales.

No nos engañemos, una vez aceptada la impunidad, el reclamo para el delito queda afincado. Ya no operaría la disuasión, al contrario, la impunidad fomenta el comportamiento antijurídico. Sujetos que en condiciones normales no se plantearían la comisión de un delito ya no muestran rechazo dado el entorno de impunidad.

La impunidad establece una afrenta, un insulto para la sociedad que ve como determinadas conductas no solo se quedan sin castigo, sino que los propios que las cometieron se jactan de haberlas cometido.

Con la amnistía lo que se persigue es la impunidad al castigo, a la sanción, es decir, la amnistía opera como una vacuna que impide que una persona sea sancionada, o condenada, o, dicho en otras palabras, con la vacuna de la amnistía, se elude la acción de la justicia, al desaparecer el delito.

Cabe preguntarse si la falta de voluntad política que garantice una pena, castigo o sanción para los responsables de la comisión de un delito implica una violación de la verdad, de la justicia, cuya atención es fundamental para derrocar la impunidad.

Es desalentador, que, en nuestro país, esta situación se agrave por el actual contexto de negociaciones para formar gobierno. Frente a este deprimente escenario, urge que nuestra sociedad eleve la voz para exigir que se combata la impunidad, lo contrario lleva implícito la repetición de la conducta delictiva.

Estamos convocados a derrocar la impunidad, que junto con la corrupción se ha convertido en obstáculos que desafían nuestro Ordenamiento Jurídico, incrementando el sentimiento de inseguridad, generando desconfianza hacia las instituciones responsables de procurar y administrar Justicia.

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