Bolsa, mercados y cotizaciones

Londres conmemora 20 años de "Big Bang" que revolucionó la Bolsa

Joaquín Rábago

Londres, 25 oct (EFECOM).- El Reino Unido conmemora este viernes los veinte años del llamado "Big Bang", auténtica revolución en el London Stock Exchange (LSE), la Bolsa londinense, que transformó para siempre el mundo financiero y el paisaje urbano de la capital británica.

La Ley de Servicios Financieros de 1967, desencadenante de esa revolución, acabó con el monopolio del London Stock Exchange en el negocio de acciones y se permitió a las instituciones extranjeras operar libremente como bancos mercantiles y agentes de Bolsa.

La ciudad resulta hoy irreconocible para muchos de quienes la conocieron antes del 27 de octubre de 1986 con su proliferación de espectaculares sedes de bancos y multinacionales de todo el mundo, que, al quedárseles pequeña la City, han extendido sus tentáculos por todo Londres.

La liberalización del mercado financiero de hace 20 años ha convertido a la ciudad en una urbe más cosmopolita, donde el precio de la vivienda y los alquileres se han disparado hasta convertirla en una de las ciudades más caras del mundo y el Metro se ha quedado anticuado pese a tarifas que muchos consideran abusivas.

Nunca había circulado tanto dinero en Londres, convertida en residencia favorita de multimillonarios rusos, que hasta compran equipos de fútbol como el Chelsea, mientras las casas de subastas como Sotheby's o Christie's registran facturaciones récord en sus ventas de obras de arte.

El "Big Bang" cambió totalmente la faz de Londres, y un centro de negocios que estaba seriamente amenazado por sus rivales continentales como Fráncfort, París o Bruselas se convirtió de la noche a la mañana en capital financiera de Europa.

Hasta aquel momento, el LSE había sido un mundo totalmente cerrado, caracterizado por la división entre los distintos agentes e intermediarios bursátiles y las comisiones fijas, que perjudicaban sobre todo a los grandes clientes al tiempo que protegían a las empresas británicas dedicadas al corretaje.

En la City anterior al "Big Bang", los lazos familiares, sobre todo aristocráticos, y las viejas amistades escolares contaban más que el talento financiero.

En ese "mundo de ayer", cada cual tenía reservado su papel: había que ser miembro de la Bolsa para hacer allí negocios y los miembros estaban sometidos a un estricto reglamento que implicaba una clara división del trabajo entre agentes e intermediarios bursátiles.

Con el "Big Bang" desapareció esa distinción, se eliminaron las comisiones mínimas, y en el torbellino resultante, muchos bancos se decidieron a entrar en el negocio de los títulos y comenzaron a comprar empresas bursátiles mientras que los grandes bancos, muchas veces de propiedad extranjera, adquirieron bancos de negocios.

La Bolsa dejó de ser un juego de "gentlemen" de bombín y trajes a rayas, aficionados a la buena mesa y a las largas sobremesas, y se convirtió en febril actividad de profesionales del puro lucro más acostumbrados a las camisas sin corbata y a engullir un sandwich con mucha salsa mahonesa en medio de cinco transacciones.

A pesar del gran susto del llamado "Lunes Negro" (19 de octubre de 1987, con el desplome de las bolsas mundiales, y del Miércoles Negro (16 de septiembre de 1992), que expulsó a la libra esterlina del Mecanismo de Cambio Europeo e hizo la fortuna del especulador de origen húngaro George Soros, la revolución bursátil de hace veinte años ha constituido un éxito en términos financieros para la City.

Y ello hasta el punto de que ahora la LSE no sólo se ha convertido en terreno de juego apetecido de los operadores extranjeros, sino que es objeto de codicia de otras Bolsas como demuestran los intentos de compra por parte de la alemana Deutsche Boerse, la europea Euronext, la estadounidense Nasdaq, o incluso el grupo australiano Macquarie.

Otra cosa es lo que ha ocurrido con el reparto de la riqueza generada y así, según las últimas estadísticas, los directores ejecutivos de los cien principales grupos británicos ganan una media de 4,3 millones de euros al año.

Y un típico jefe de empresa de nivel medio se lleva a final de mes a casa 86 veces más dinero que cualquiera de sus empleados, mientras que la diferencia es infinitamente mayor en el caso de las sociedades especializadas en inversiones. EFECOM

jr/chg

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