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EEUU: 100 días para la elección

El papel de las convenciones demócrata y republicana ha sido tradicionalmente la de escoger y nominar al candidato para presidente de los EEUU. Pero en 1968 el partido demócrata designó en su convención a Hubert Humphrey, quien no había ganado una primaria.

Tal fue el revuelo que desde entonces las primarias -que tomaban la temperatura del electorado para ver si gustaban los candidatos, y cuyos resultados no eran vinculantes- tomaron el papel inicial de las convenciones de escoger al candidato. Desde entonces las convenciones se limitan a oficializar las candidaturas, por lo que algunos se cuestionan si aún son necesarias.

Pero significan algo más. No sólo los candidatos dan su esperado discurso de aceptación sino que es la única oportunidad para los miembros y seguidores demócratas y republicanos de hablar directamente con su partido. Significa motivación, energía, y votantes demócratas y republicanos entusiasmados. Es el lugar donde cada partido se muestra al país como lo que es. Es uno de esos momentos en los que los norteamericanos comprueban y examinan su democracia.

Cleveland y Filadelfia han sido las elegidas este año para acoger la convención republicana y demócrata, respectivamente. La primera fue al final más convencional de lo que se podía esperar y eso que Donald Trump dijo que no quería una convención aburrida. Prometió un showbiz pero fueron escasas las "estrellas" que pasaron por el estrado: ninguno de los dos expresidentes republicanos, ni los últimos nominados McCain y Romney; tampoco otros top del partido como Kasich, Rubio, Haley o Martínez.

Ni siquiera subió al estrado Sarah Palin, uno de sus apoyos durante las primarias. Todo ello dejó en evidencia la desunión del partido y la incógnita sobre su futuro si pierden las elecciones. Pero también hubo momentos de grandes sorpresas, como el buen discurso que su hija Ivanka apelando a la igualdad de salarios para atraer el voto femenino, o el de su primogénito que elaboró un buen discurso político que bien hubiera podido ser de Paul Ryan. Incluso su mujer Melania lo hizo sorprendentemente bien a pesar de la controversia sobre el plagio de algunos párrafos.

Pero lo más esperado era el discurso de aceptación de Donald Trump, en el que todos esperaban que se mostrara como verdaderamente es. Al final fue un eco de Richard Nixon, evocando su tono y los temas de su exitosa campaña del 68 en la que recurrió al miedo a la guerra, a las protestas masivas y los disturbios raciales. Eran otros tiempos, pero Trump quiso emularlo y explotar las inquietudes raciales, el miedo al terrorismo y la desafección de una buena parte de norteamericanos. Y entre el público, el hombre más triste de la convención, Chris Christie, quien deseaba ser nominado vicepresidente.

La convención demócrata, por su parte, quiso salirse del tradicional guión. Cada día buscó un objetivo: el primero apuntalar la unidad del partido; el segundo elevar la historia de Hillary y así tratar de subir sus malos índices de popularidad; el tercer día se centró en atraer a los indecisos, recordando lo que supondría una presidencia de Trump; y el cuarto, con banderas y con una representación de las fuerzas armadas, además de contar con las palabras de Clinton, sirvió para establecer sus credenciales para ser la próxima Commander-in-Chief. Una convención bien pensada pero donde no todo siempre fluyó como se esperaba.

Un grupo de delegados de Bernie Sanders trataron de alterar los acontecimientos, abucheando a varios de los conferenciante, una minoría que logró llamar la atención. En el lado contrario, una enérgica y bulliciosa masa en el Wells Fargo Center ayudó a que los mejores momentos tuvieran un punch emocional, como en las intervenciones de Barack y Michelle, y de Khizr Khan, el padre de un soldado norteamericano musulmán que murió en acción. En pocas palabras, los demócratas tuvieron una convención convencionalmente efectiva, pero no perfecta.

Finalizadas ambas convenciones ahora queda mirar las encuestas, que presumiblemente empiezan a dar una mayor apreciación de la próxima carrera electoral que se auguran tan inusual como las primarias. ¿Conclusión? Muy reñida, dura y sucia, así es como se espera la verdadera campaña a menos de 100 días para la decisiva elección.

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