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Ha terminado el tiempo de Berlusconi

Silvio Berlusconi. Caricatura de Luis Grañena.

El euro tiene el agua al cuello. El riesgo estriba en que la moneda europea (nacida coja, sin la adhesión de Gran Bretaña) se convierta en un asunto de unos cuantos. De Alemania, de Francia y de algún otro país sólido de la UE de mediano o pequeño tamaño. De hecho, la grave crisis que ha golpeado a Grecia en los últimos meses y los feroces ataques de la especulación de las últimas semanas contra Italia están poniendo a prueba no sólo la supervivencia del euro, sino de todo el edificio económico europeo.

La pregunta que recorre los pasillos de las secretarías de Bruselas y de Fráncfort es si los padres de Europa no han sido excesivamente visionarios o apresurados. Y si algunos países, como Italia, no han pagado un precio demasiado elevado por formar parte del núcleo de naciones fundadoras de la moneda europea. Puede ser también que algunos Estados hayan sido demasiado veletas y que la ampliación a 27 haya sido demasiado rápida, pero es cierto, asimismo, que el euro ha dado estabilidad, ha puesto a buen recaudo a la inflación y ha desempeñado un papel clave en el tímido proceso de integración europea.

¿Qué fue lo que falló?

Lo que falló fue, por un lado, la coordinación económica y una política monetaria de estímulo (el BCE se comportó de una forma demasiado rígida y ortodoxa) y, por el otro, la falta de rigor de algunos Estados, entre ellos Italia, un país que desde hace tiempo sufre de una parálisis política crónica y que no crece económicamente.

En definitiva, la misión de los jefes de Estado europeos es (parafraseando el título de una conocida película) la de Salvar al soldado euro. A toda costa. Aunque Grecia se muestre recalcitrante y aunque a Italia le cueste seguir el paso de los demás miembros de la Unión y responda con retraso a las peticiones (véase la carta de principios de agosto enviada al Gobierno) del BCE.

No olvidemos que si bien Europa puede permitirse amortizar una eventual quiebra de Atenas (¿y qué hacemos con los numerosos bancos franceses y alemanes repletos de títulos helenos?), mal podría soportar la quiebra de Roma. Una bancarrota que tendría repercusiones inmediatas sobre el euro e, incluso, un efecto de arrastre sobre países, como España, que en el momento actual parecen a salvo de nuevas crisis. Gracias, entre otras cosas, al sentido de Estado del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que dio un paso atrás y convocó elecciones anticipadas.

La salida que le queda, pues, a Europa parece ser la siguiente: aceptar las reglas del directorio franco-alemán y, por lo tanto, alinearse con las tesis de París y de Berlín, que predican, para los países más frágiles de la UE, rigor en las cuentas públicas, estímulos al crecimiento, reformas de carácter estructural y liberalizaciones. Recetas nada nuevas, pero esenciales para reconstruir, de aquí a dos años, la Europa de la moneda y, sobre todo, la de la economía.

Necesitaremos tiempo

Porque lo que está claro es que para salir del túnel actual necesitaremos tiempo. Reconquistar la confianza de los mercados, estimular el crecimiento y crear empleo no son cosas que se puedan conseguir de la noche a la mañana. Hace falta paciencia, seriedad y trabajo en común. De lo contrario, se corre el riesgo del colapso, en un mundo globalizado que avanza a paso marcial y que no puede permitirse el lujo (ni quiere) de esperar a los últimos de la clase.

Que Italia haga, pues, sus propios deberes e invierta rápidamente su marcha. Y no sólo la económica, sino también la política. Ha terminado el tiempo de Berlusconi. Ha llegado la hora de un cambio radical. ¡Palabra de italiano!

Michele Calcaterra, periodista económico italiano y socio de Carlobruno & associati.

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