España

EE UU., elecciones 2016: ¿El fin de la democracia?

Por Gustavo Gac-Artigas.

6 may.- ¡Ojalá! Y antes de que comiencen a desgarrar vestiduras sepan que lo dice alguien que en su país de origen fue detenido y torturado por defender la democracia. Alguien que observa con preocupación los efectos de los cantos de sirena, del intento desesperado del establishment de mantener el status quo y de desviar la atención sobre donde reside el problema.

Y, ¡cuán fácilmente se obvia el problema! El discurso en la campaña electoral se ha centrado en: quién es el mejor candidato para detener a un candidato, Donald Trump, y no en qué nos llevó a la situación actual, la irrupción de un candidato populista, xenófobo y racista que arrastra las masas. El análisis de la prensa, comentaristas y representantes del sistema, al obviar interrogarse sobre las causas, tampoco se enfoca en las medidas necesarias a tomar para cambiar un sistema, que a todas luces está agonizando.

Vox populi, vox veritas. Una gran parte del electorado está hastiado, hastiado de promesas que no se cumplen, hastiado de percibir cómo el dinero maneja la política y los destinos del país en beneficio de, adivinen quién, los detentores del poder económico.

Hastiado de ver cómo le robaron los sueños, de cómo la educación es un privilegio y no un derecho universal. Hastiado de ver cómo los candidatos repiten en sus discursos el clamor de los marginados, de aquellos que tienen como único poder el voto -no el voto universal puesto que sería peligroso para el sistema, el voto manipulable- y con frialdad en los ojos y una pasión calculada, como en los matrimonios por interés, levantan las manos al cielo en un mecánico gesto clamando contra la injusticia de la terrible desigualdad que existe en el país.

En ambos lados del espectro el sistema se defiende y se niega a cambiar puesto que el cambio conduce a su fin. Recordemos las lecciones de la historia, el cambio en la Unión Soviética llevó al fin de un sistema que había perdido su sentido.

Y el sistema se defiende en uno y otro lado. En el lado republicano, luchó inútilmente por detener a Trump. Invirtieron millones en propaganda negativa, que de paso, llenaron los bolsillos de la prensa, para eliminar a quien representaba un peligro, no para el país, eso no les interesa, para ellos, para su cuota de poder, para poder seguir manejando la torta, manteniendo esa desigualdad que ofende al individuo, ofensa que hiere casi tanto como el sentir que se están burlando de su pobreza, de sus necesidades. Y los bolsillos, impúdicamente llenos, intentan vanamente aparecer como modernos justicieros sociales.

En el otro lado las cosas no están mejor, el Partido Demócrata lucha y hace uso, y abuso, de sus medios económicos y poder político para imponer una candidata: Hillary Clinton, que preserve su estructura, que les permita retomar, no la confianza en el partido, sino el camino para preservar sus intereses.

El dinero habla en uno y otro campo, aquello que frente a los ojos de cualquier elector en el mundo sería soborno, corrupción, es visto como normal, normal y moral.

El otro candidato, Bernie Sanders, despertó, no la esperanza, esa la había despertado el presidente Obama en su primera candidatura, les dio la posibilidad de ver un mundo diferente, de vislumbrar la posibilidad de que desde fuera del sistema se le pueda cambiar.

Iluso Quijote de los tiempos modernos arremetiendo contra los molinos de viento, las aspas del dinero, la prensa que da legitimidad al robo descarado de frases, no de ideas, con las que se intenta cambiar el sistema.

En ambos lados, los superdelegados actúan para mantener el poder en caso de que el gallinero se revuelva, como lo hacían los supercompañeros en la Unión Soviética para garantizar que se aprobaran las decisiones del soviet supremo.

Estamos frente al fin de la democracia. ¡Ojalá! Ojalá sea el fin de una falsa democracia que actúa para preservar un sistema e impedir el cambio.

Dos polos absolutamente opuestos encarnan el hastío y la necesidad de cambio: Sanders y Trump. Dos candidatos que no representan la institucionalidad, llegan al corazón de los votantes. Dos nos obligan a examinar con detenimiento, a estudiar, a mirar críticamente. Dos deberían conducir a la prensa a mirar con distancia y no a abanderarse de acuerdo a sus intereses y tartamudear cuando la realidad los sorprende.

Los otros, los otros son harina del mismo costal.

¿Nosotros?

Nosotros soy yo, un voto, esperando que las elecciones del 2016 sean el fin de una falsa democracia y el comienzo de una verdadera democracia, soñando con la transparencia, con derrotar los intereses mezquinos, con impedir que el dinero maneje nuestro destino, mi destino, soñando con que los millonarios de uno u otro bando no destruyan el futuro de mis hijos, nuestros hijos.

Es un poco tarde para los mea culpa de aquellos especialistas, politólogos y simples mortales que en una reacción visceral en contra de Trump no vieron la importancia de lo que estaba sucediendo. El proceso electoral del 2016, independiente de su resultado, es histórico y puede marcar un giro en lo que serán las futuras campañas, si es que somos capaces de cambiar la indigestión por el pensamiento crítico.

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista)

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