Economía

Los 'empresarios' de la guerra civil

Taller mecánico donde se reparaban vehículos incautados por la República para uso en el frente. Foto: ASF

Las cinco de la mañana del 18 de julio de 1936. Era la hora elegida por el General Mola para que se levantara en armas el Ejército de África contra la República. La Guerra Civil había comenzado.

España sufrirá durante casi tres años una lucha fratricida que destrozará, aún más, la maltrecha economía del país, que ya ofrecía síntomas de agotamiento. El comercio exterior durante los años 1931-1935 había perdido peso y representaba menos de la mitad que los intercambios internacionales entre 1926 y 1930. Además, la balanza estaba totalmente desequilibrada. España exportaba productos de segundo nivel pero tenía que depender del exterior para recibir materias primas fundamentales como algodón, petróleo y abonos.

Con unos mimbres tan frágiles, y mientras irrumpen las tropas del General Yagüe en Extremadura y ponen rumbo a Madrid, en la capital se buscan soluciones. Tras el levantamiento nacional, en la zona republicana han quedado las dos ciudades más importantes del país: Madrid y Barcelona. Demasiadas bocas que alimentar al mismo tiempo que se tenía que reorganizar el Ejército. La industria textil catalana y la industria pesada vasca habían quedado en manos del Gobierno legítimo.

El coste de la financiación

Como consecuencia de todo ello, el Estado pasó de deberle al Banco de España 105 millones de pesetas el 18 de julio de 1936 a 23.358 millones al final de la guerra. Las reservas de oro eran de 2.200 millones de pesetas-oro al principio y se agotaron al final.

Era el coste que había que pagar por la financiación del armamento. Para muchos la ayuda internacional fue clave en el desarrollo del conflicto. En los primeros momentos del enfrentamiento, el Gobierno de la República se las prometía felices. El socialista Indalecio Prieto decía el 8 de agosto que "si las guerras se ganan principalmente a base de dinero, dinero y dinero, la superioridad financiera del Estado, la del Gobierno de la República, es evidente".

Y razón no le faltaba. La reserva de oro era la cuarta más grande del mundo, sólo superada por Estados Unidos, Inglaterra y Francia. ¿Su origen? Los años de prosperidad de la economía española durante la I Guerra Mundial gracias a su neutralidad.

Desde julio de 1936 hasta marzo de 1937, el Banco de Francia tenía un tercio de las reserva de oro españolas. A cambio, comenzó a llegar armamento y combustible del país vecino, Inglaterra, Bélgica y los Países Bajos. El problema surgió cuando Francia decide no colaborar en el suministro de armas a la República por miedo a las represalias del eje Roma-Berlín. España pone el punto de mira en Rusia como nuevo suministrador de armamento.

Aviones de Hitler

El caso de los sublevados era bien distinto. Sin dinero y con poco material de guerra, las tropas de Franco no tenían muchas posibilidades de éxito, pero llegó el milagro en forma de préstamo. Hitler concedió al militar golpista 20 aviones Junker JU 52, que fueron utilizados para pasar las tropas africanas a la Península y comenzar la Guerra de las Columnas, que atravesó Andalucía y Extremadura para dirigirse a Madrid.

La anécdota cuenta que Hitler tomó esta decisión después de asistir a la representación de Sigfrido, una ópera de Wagner. Parece ser que el Führer estaba de buen humor porque recibió a los tres emisarios mandados por Franco, leyó la carta que le llevaban de puño y letra del general español y aceptó. El traslado de material fue bautizado como operación Feuerzauber, en homenaje al último acto de la ópera.

Pero nada se hace gratis: los rebeldes pagaron peseta a peseta sus compras a través de exportaciones. Un ejemplo fue el aceite de oliva. Si en el año 1936 era el octavo producto más exportado a Alemania, un año después se colocó en el primer lugar en las compras del Reich.

Sociedades fantasma

Pese al acuerdo de no intervención pactado por las potencias europeas, el tráfico de armas fue una realidad durante toda la guerra y tanto Franco como el Gobierno republicano crearon sociedades fantasma. La Sociedad Hispano Marroquí de Transportes fue dada de alta en Tetuán el 31 de julio de 1936 y trasladaba material alemán a los sublevados. Para compensar esta ayuda germana se creó una segunda empresa, Rowak, que no era más que un holding enmascarado a través del cual se canalizaban los negocios alemanes en España.

La República esperó hasta el 15 de abril de 1937, fecha en que se creó France-Navegation, una compañía naviera. Hasta ese momento, el material ruso, había sido transportado por buques soviéticos. Algunos expertos creen que esta ayuda, la rusa, llegó demasiado tarde, ya que hasta septiembre de 1936 no empezaron a suministrar armas.

Además de estas grandes sociedades fantasma existían otras que ayudaban de manera indirecta. Es el caso de la venta de carburante de la Texas Oil a la España nacional o del comercio de La República con la fábrica de aviones Dewoitine y la de ametralladoras Hotchkiss. En materia de combustible, el Gobierno legítimo de España se tuvo que conformar con el abastecimiento de la compañía New Jersey Standard Oil.

Divisas y coches

Cualquier excusa era buena para colaborar con uno de los dos bandos, y el más beneficiado fue sin duda el comandado por el general gallego. La compañía Río Tinto Zinc ayudaba a financiar a Franco y le suministraba divisas al doble del cambio oficial. Gigantes automovilísticos de Estados Unidos, como Ford, Studebaker y General Motors, proporcionaron a los insurrectos 12.000 camiones, tres veces más que los que le habían entregado entre Alemania e Italia.

Pero ahí no acaba todo: el coloso de la química Dupont de Nemours suministró 40.000 bombas al ejército de la zona nacional. La ayuda fue tal que seis años después del final de la guerra, el subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores, José María Doussinague, no tenía ningún recato en afirmar que "sin el petróleo americano, sin los camiones americanos y sin los créditos americanos nunca hubiésemos ganado la guerra".

Sea por la ayuda exterior, por la suerte, o por la mejor organización, lo cierto es que Franco acabó ganando la Guerra Civil española y, como no podía ser de otra forma, el final del conflicto supuso la destrucción de todos los ámbitos de la economía. En el año 1940 la renta nacional había retrocedido al nivel de 1914. Un verdadero desastre.

Ya en el triste exilio, el último presidente de la República, Manuel Azaña, auguró que España necesitaría 50 años para recuperarse del conflicto. Al final sólo necesitó 15... pero esa es otra historia.

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