Economía

David Friedman, un 'anarco-capitalista' hijo de premio Nobel

David friedman, uno de los referentes de la escuela de pensamiento anarco-capitalista. Ilustración: Turcios

David Friedman, hijo del Premio Nobel de Economía de 1976, Milton Friedman: "La solución a todos los problemas de la economía es el fin de los gobiernos".

David Friedman no optó por la vía fácil a la hora de elegir su profesión. A pesar de ser el hijo de Milton Friedman, uno de los economistas más célebres del mundo (fallecido la semana pasada), acabó decidiéndose por una rama profesional distinta.

Con el libro La maquinaria de la libertad (1971) adquirió un rango de primer orden dentro de la escuela de pensamiento anarco-capitalista. ¿Y qué es eso? Basándose en un razonamiento económico muy fundamentado, pide de manera muy elocuente la abolición de cualquier tipo de dominación estatal. A sus 61 años, es catedrático por la Universidad de Santa Clara (California) y se ocupa, sobre todo, del análisis económico del Derecho.

P Su padre fue uno de los economistas más influyentes del siglo XX. ¿Por qué ha elegido usted precisamente la economía?

R No era de ningún modo mi intención. Yo no quería que durante toda mi vida se me considerara como el hijo de mi padre, y por eso hice el doctorado en Física; pero entonces pude constatar que yo era mucho mejor economista que físico. Aun así, siempre he querido mantenerme a cierta distancia, y por eso apenas he escrito nada sobre macroeconomía, por ejemplo.

P ¿Conversaban usted y su padre a menudo de trabajo?

R Por lo general, sí. El leía la mayoría de mis papeles y yo leía los suyos. Discutíamos a menudo sobre todo lo imaginable, pero mi trabajo no lo criticaba. Yo me considero miembro de la Escuela de Chicago, a la que mi padre también pertenecía, si bien yo no soy un representante muy convencional: yo llevo las ideas de la economía de mercado algo más lejos.

P ¿No será quizá que sus ideas libertarias fueran una forma de rebelarse contra su padre?

R No había razón para ello. Hay mucha gente contra la que uno tiene que protestar: casi todos los economistas del mundo ven al Estado como algo bueno, y con eso no estaba de acuerdo, como tampoco lo estaba mi padre.

P Entonces habrá sido una mala noticia para usted la reciente victoria demócrata en EEUU.

R De ningún modo. De los gobiernos caben esperar más cosas malas que buenas, y una oposición fortalecida limitará el poder de Bush.

P Pero los demócratas quieren más Estado.

R ¡Ni que Bush fuera otra cosa! En la campaña aseguró que quería luchar contra los abusos de Washington; pero lo que ha hecho es gastar más dinero que ningún otro presidente en el último medio siglo. Y además no es ningún liberal. Fíjese por ejemplo en la política relativa a la enseñanza: con el programa Que ningún niño se quede atrás reforzó el control estatal en lugar de fomentar la autonomía de las escuelas. Los padres sin dinero tienen que llevar a sus hijos a las escuelas públicas que haya en su distrito… y que con frecuencia son malas. Si se introdujeran vales con los que uno pudiera pagar la escuela de su elección, entonces habría competencia y las mismas posibilidades de formación para todos.

P Pero Bush también ha bajado los impuestos.

R Los recortes serían buenos de verdad si hubiera reducido los gastos; pero lo que se ha hecho es sustituirlos con deudas que las generaciones futuras tendrán que pagar soportando unos impuestos más altos. El presidente usa a menudo la retórica del libre mercado, pero no pasa de ahí.

P Los críticos reprochan al gobierno que fomente la desigualdad. ¿Usted también lo cree así?

R El presidente Lyndon Johnson proclamó en 1964 el inicio de la guerra contra la pobreza. ¿Y qué han conseguido hasta ahora los programas sociales? Si tenemos en cuenta el sueldo efectivo, en los EEUU hay ahora tanta pobreza como en 1970. Dicho de otro modo: por la intromisión del Estado ha surgido una nueva clase asistencial permanente. El objetivo de sacarles de la pobreza ha fracasado por completo.

P Los presidentes de los consejos de administración norteamericanos se llevan a casa hasta 411 veces más dinero que un obrero. ¿Cómo puede usted pedir una mayor economía de mercado cuando las elites se están enriqueciendo?

R Puede que sea cierto; pero sume todos los pagos a los gestores al más alto nivel y compare el total con el producto interior. Se trata de algo que levanta muchos remolinos, pero que para la economía no pasa de ser una nimiedad.

P Los sueldos elevados perjudican a las empresas. ¿No debería comparar el total con el valor bursátil?

R Ya Adam Smith describió el autoenriquecimiento de los responsables como contradicción irresoluble. Lo que él y otros pasan por alto son las adquisiciones. Cuando un consejo de administración gana demasiado dinero, para un inversor resultaría interesante comprar acciones, ganar la mayoría en la empresa y echar a los gestores para así impulsar la cotización en bolsa. ¿Pero qué hace el Estado? Dificulta las adquisiciones, por ejemplo, con la regulación de que los inversores tengan que hacer públicas las participaciones superiores al 10 por ciento en una empresa, lo cual hace imposible a menudo comprar mayorías.

P La competencia no cura todas las enfermedades.

R Ciertamente hay problemas, pero no siempre son irresolubles. Por ejemplo, la programación televisiva -la que se recibe a través de la antena- es un bien público. El mercado encuentra la solución ideal de financiarla a través de la publicidad. Por otro lado, el mercado político fracasa con más frecuencia. ¿Qué elector se informa a fondo sobre el programa? La ignorancia de los electores es racional, ya que el tiempo a sacrificar es muy grande y el aprovechamiento personal pequeño.

P ¿Cuál sería la solución?

R Una sociedad sin ninguna clase de gobierno. Ya sé que no se puede conseguir de la noche a la mañana, y que yo no llegaré a verlo, pero éste sería mi anhelo.

P Tampoco su padre tenía una buena opinión del Estado, pero lo veía indispensable porque produce bienes públicos como la seguridad.

R Cierto, su posición no era tan extrema. La seguridad es una cosa difícil; un diagnóstico errado tendría consecuencias catastróficas. Pero a pesar de todo: ¿por qué no habría de bastar un pequeño ejército de mercenarios pagado por los ciudadanos para protegernos? Nuestros vecinos, México y Canadá, son muy pacíficos, y una invasión por parte de Cuba no es algo que debamos temer durante mucho tiempo.

P Uno de los mayores problemas de seguridad es el terrorismo. ¿Cómo se podría luchar contra los fenómenos mundiales como Al Qaeda sin servicios secretos?

R Muchas empresas demuestran en los hechos que pueden manejarse en todo el mundo mejor que nadie. Por ejemplo, durante la revolución iraní de finales de los años setenta, los consorcios norteamericanos evacuaron a su personal mucho más deprisa que el gobierno estadounidense. La política exterior preventiva de los EEUU en la actualidad no ha obtenido mucho éxito que digamos. Fue un error invadir Irak. Hacer algo mal es peor que no hacer nada; sólo sirve para crearse enemigos en el futuro.

P Otro problema mundial: los gases de efecto invernadero. ¿Tampoco se necesitan gobiernos?

R Realmente, para ello no hay solución dentro de la economía de mercado; pero tampoco existe en absoluto una solución política. Cuando por ejemplo Suiza reduce las emisiones de dióxido de carbono, todos los ciudadanos del mundo ganan algo con ello, pero los gastos corren solo a cuenta de los suizos; y por eso no funciona el protocolo de Kioto. Recientemente, Canadá aplazaba por muchos años la consecución de sus objetivos. El problema: que no hay sanciones.

P ¿La solución sería por tanto un gobierno mundial?

R Sin duda lo sería, pero sería peor el remedio que la enfermedad. Y además, ni siquiera se ha constatado todavía que exista en realidad un problema. Cuando algunos investigadores hacen previsiones a un siglo vista, no me preocupa lo que digan. Es como cuando los expertos del siglo XIX advertían de que en 100 años las calles estarían atascadas de bostas de caballo.

P Las consecuencias de ambas profecías son bien distintas, ya que el cambio climático puede provocar una recesión mundial.

R Eso es cierto, pero lo que los dos avisos tienen en común en que ambos parten de que el resto de las cosas no cambien en nada; pero los cambios tecnológicos se suceden a gran velocidad. Según las peores predicciones el nivel del mar no subirá más de un metro. Pues bien, los holandeses hace siglos que le vienen ganando terreno al océano. Si lo consiguieron con una tecnología medieval, imagine ahora.

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