Divisas

Análisis | La incertidumbre sobre la libra, vital en el "no" escocés

La incertidumbre sobre el uso de la libra esterlina por una Escocia independiente y el recelo del sector financiero han resultado claves en el rechazo del 55 % de los escoceses a la opción separatista.

El "no" a la unión llevaba también consigo un "no" a la circulación de la libra en calles y comercios escoceses y al Banco de Inglaterra como prestamista de último recurso, según insistieron de forma machacona durante los últimos meses el Gobierno y los políticos británicos opuestos a la independencia escocesa.

La unión monetaria de Escocia con el Reino Unido no parecía inviable hace casi dos años, cuando Londres y Edimburgo acordaron la celebración de esta inédita consulta, pero, conforme se acercaba la fecha del referéndum, los reguladores británicos decidieron cerrar por completo ese grifo.

Y, aunque el nacionalista Alex Salmond, ministro principal escocés, insistió en que al Reino Unido le interesaba que Escocia utilizase la divisa británica -y que en cualquier caso el nuevo país podría adoptar una "esterlinización" semejante a la dolarización de la economía panameña-, la incertidumbre pudo más.

A ello se unieron sin duda los aireados temores de muchas grandes empresas británicas y escocesas, que mayoritariamente expresaron su recelo a la opción independentista de Salmond y dieron pie al argumento de Westminster de que se perderían empleos y la economía sufriría en caso de una secesión.

De la petrolera BP al banco Royal Bank of Scotland, dispuesto a trasladar su sede desde Escocia a Londres, fueron poniendo su granito de arena para el "no" escocés, que finalmente se ha impuesto con un amplio margen de más de diez puntos de ventaja.

El punto de inflexión fue el lunes 8, diez días antes del referéndum, cuando la primera encuesta que dio ganador a los independentistas escoceses provocó la mayor caída en diez meses de la divisa británica, que hasta entonces había registrado subidas firmes.

El sondeo, divulgado en el "Sunday Times" de Rupert Murdoch, pareció despertar al mundillo político y financiero británicos que hasta entonces esperaban con tranquilidad el resultado de la consulta, dando por hecho que el "no" ganaría por goleada.

La campaña unionista fue siempre percibida como negativa en Escocia frente al optimismo y la alegría contagiosa de los partidarios del "sí", decididos a iniciar un nuevo Estado con pautas distintas a la austeridad impuesta por los "tories" desde Westminster.

Pero su insistencia en que Salmond no tenía "un plan B" si se le negaba la libra, y el consiguiente riesgo de un abismo de turbulencias financieras a corto plazo, acabaron calando en el electorado cuando la crisis económica no acaba de quedar atrás.

También lo hicieron las incertidumbres sobre el futuro de Escocia en organismos internacionales como la Unión Europea (UE) o la OTAN, pese a que los nacionalistas escoceses insistieron siempre en que un país con el PIB de Escocia estaría entre los 14 más ricos del mundo y no podría ser dejado fuera de las instituciones.

"Cualquiera que crea que un país con el 1 % de la población de la UE pero con un 20 % de la pesca, un 25 % de la energía renovable y un 60 % de las reservas de petróleo no va a ser bienvenido en la UE no entiende el proceso por el cual Europa acepta resultados democráticos", remachó convencido Salmond en la recta final de la campaña.

Lo cierto es que la mayoría del electorado escocés, que ha votado también en porcentaje récord de participación, ha apostado en el referéndum por seguir perteneciendo al Reino Unido, por lo que pueda pasar.

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