Castilla y León

Garoña, lo que mal empieza mal acaba

Más largo y enrevesado que un serial sudamericano, el culebrón de Garoña puede pasar a la historia como arquetipo de sainete. La central nuclear burgalesa enfila hacia el corredor de la muerte entre el desconcierto general y el despropósito de una política energética que nadie entiende y pocos comparten.

Condenada a muerte por Zapatero primero, defendida a ultranza por Rajoy después, es ahora el ministro de Industria José Manuel Soria el que mortifica sin piedad al ya célebre reactor nuclear. Primero lo resucita, luego lo manda al pabellón de los desahuciados y, por último, la deja en estado catatónico. Así es como se encuentra la central emplazada en el Valle de Tobalina: muriendo sin morir y viviendo sin vivir.

Pero la historia de Garoña promete todavía brindarnos inolvidables faenas en el ruedo en el que Soria ha decidido pastorear a las eléctricas. El miércoles pasado anunciaba su cierre y a la vez daba alas a su mantenimiento. El canario se ha hecho un maestro en la cuadratura del círculo. Menos es nada porque nada más hay que brille en su gestión ministerial.

Yo me jugué una comida apostando por su cierre cuando comenzó el folletín pero cada vez que mis glándulas salivales empiezan a chorrear adivinando la proximidad del festín, mi compañero en liza me arruina el plan: pues va a ser que no.

Y con hambre de final me temo que me va tocar pasar todavía unos meses más no porque la cosa se alargue, sino porque no se clarifica. Ni las eléctricas tienen claro si quieren continuar con la central, ni el pomposo ministro, es capaz de determinar a qué carta jugar.

En el Valle de Tobalina ya nadie pone la mano en el fuego por nada. Pasan los días, corren los titulares y nada saben del futuro que les espera. La incertidumbre es un plato que Soria y los responsables de Nuclenor reparten en pequeñas dosis, pendientes de un tablero de ajedrez en el que cada movimiento anticipa un arriesgado salto mortal en el que ninguno pone en juego nada más que su propio orgullo.

RAFAEL DANIEL

Delegado de elEconomista en Castilla y León

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