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La amenaza de la guerra entre Rusia y Ucrania para la biosfera

Madrid

El peligro nuclear, las emisiones de la industria armamentística y los elevados riesgos de contaminación del agua y del suelo son posibles consecuencias de la tensión bélica entre Ucrania y Rusia.

Las consecuencias de una guerra son indiscriminadas: escalada de violencia, pérdidas de vidas humanas, animales, destrucción de infraestructuras, efectos económicos adversos, etc. Sin embargo, a esta lista se le añaden las secuelas medioambientales, que muchas veces no son tenidas en cuenta en este tipo de conflictos.

Según datos de la ONU el 40% de todos los conflictos del mundo se vinculan a la explotación de los recursos naturales y tanto es así que existe un Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la guerra y los Conflictos Armados.

Aún es pronto para cuantificar qué efectos tendrá el conflicto entre Ucrania y Rusia en la sostenibilidad ambiental, pero es de prever que las acciones que se lleven a cabo en el campo de batalla pondrán el peligro la biodiversidad de la zona y sus ecosistemas, así como los del resto del mundo.

Ucrania es un estado especialmente sensible debido a que está formada por ciudades fuertemente industrializadas y cuenta con cuatro centrales nucleares. Ya en los primeros momentos de la invasión rusa, se alertó de que se había producido un ataque cerca de la mayor central nuclear de Europa, la de Zaporiyia, en el sureste de Ucrania. Como consecuencia, se originó un incendio que, además de causar la lógica destrucción de la zona, amenazó la seguridad de la planta y sus trabajadores fueron retenidos por los soldados rusos durante cuatro días. Según explicó el presidente de Ucrania, Volodímir Oleksándrovich Zelenski, una explosión que se hubiera producido en dicha central hubiera sido seis veces más peligrosa que la de Chernobyl. Esta planta nuclear también había sido ocupada por el ejército ruso poco antes del ataque a Zaporiyia. Por suerte, en ninguna de ellas se produjo ninguna fuga radioactiva, pero mientras se mantengan los ataques seguirá el riesgo a una catástrofe nuclear que afectaría a todo el territorio europeo.

Pero no es el único foco de contaminación que puede surgir a causa del conflicto. Durante los enfrentamientos entre países es habitual que se vean afectados el aire, el suelo y el agua a causa de la combustión provocada por las bombas y de municiones en los enfrentamientos, así como por las inundaciones de las plantas industriales.

Según informó la UNEP, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en 2018, el medioambiente del país ucraniano ya se había visto muy afectado por el conflicto civil armado que comenzó en 2014 en la región del Dombás, puesto que se destruyeron 479 hectáreas de bosque.

Esta zona cuenta con mucha biodiversidad, es rica en carbón y está surcada por numerosos túneles que se están inundando. Esta agua puede arrastrar residuos y sustancias químicas nocivas surgidas de la combustión de materiales tóxicos a causa de las explosiones y de las municiones, creando un problema de contaminación biológica y química de los recursos hídricos de consumo, circunstancia que se ve agravada ante los daños a instalaciones de suministro y potabilización de este recurso.

Según la UNEP, los bombardeos de en las redes de agua podrían arriesgar el suministro de más de 3,9 millones de personas, lo que supone un grave peligro para la salud tanto por la deshidratación como por las enfermedades que se podrían transmitir.

Emisiones a la atmósfera

Se habla continuamente de la contaminación que provoca el sector automovilístico y de su contribución al cambio climático y al efecto invernadero, pero lo cierto es que por exigencias de la Unión Europea desde 2020 un coche recién fabricado no puede emitir más de 95 gramos de CO2 por kilómetro. Sin embargo, un avión caza MiG-29 emite, de acuerdo con Científicos para la Responsabilidad Global (SGR), como mínimo 8.000 gramos de CO2 por kilómetro y esta cifra crece en cuando entran en combate. Asimismo, en el caso de los tanques T-72, el dato es de un mínimo de 7.000 g CO2/km, lo que aumenta al viajar campo a través.

Pero los vehículos utilizados durante los combates no son la única fuente de emisiones dañinas a la atmósfera. La producción de armas y equipos y la cadena de suministro de la industria militar también supone la utilización de energía, por lo general no renovable, y de materias primas. Y la provisión armamentística no se limita a los dos países implicados, sino que el resto de los territorios están asegurando su arsenal armamentístico. Al comienzo del conflicto, Alemania invirtió 100.000 millones de euros en defensa y Polonia un 3% de su PIB. España, por su parte, es uno de los seis países de la Unión Europea con más gasto en este sector.

Es mencionable, además, el hecho de que la dependencia del gas ruso ha provocado una crisis energética que deberá paliarse invirtiendo en fuentes renovables.

Por último, será necesario realizar programas de reconstrucción de Ucrania tras el final de la guerra, los cuales no estarán exentos de causar impacto medioambiental.

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