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La revolución en la industria musical: por qué grandes artistas están vendiendo toda su discografía

  • David Guetta sigue la estela de Bob Dylan y Taylor Swift
Bob Dylan retratado en un graffiti | Foto: Dreamstime

La industria musical está viviendo una verdadera revolución. David Guetta es el último artista que se suma a la larga lista de músicos que venden los derechos de sus canciones a una gran empresa. Esta tendencia está protagonizada por nombres como Bob Dylan, Neil Young, David Bowie o Taylor Swift, entre muchos otros.

En concreto, el disc-jockey parisino ha vendido todo su catálogo de canciones a la multinacional discográfica Warner por 100 millones de dólares. Una cifra que nada tiene que ver con los 300 millones que se estima que se pagaron por la discografía de Dylan, desde Universal; o de Taylor Swift, desde el fondo de inversión Shamrock Holdings.

Una tendencia que no parece que vaya a cambiar si se atiende a que, tras el inicio de la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, un sinfín de artistas han seguido la misma estela: Imagine Dragons, Stevie Nicks o Shakira, entre otros nombres.

Ahora bien, tras esta irrupción de las grandes majors y de los fondos de inversión en un lugar de la industria que, hasta ahora, no era de su total pertenencia, surge una pregunta: ¿Por qué los artistas están vendiendo todo su catálogo de canciones?

¿Por qué los artistas venden su discografía?

La causa parece responder a la crisis que está viviendo el sector de la música a causa de la pandemia. No obstante, el coronavirus solo ha reforzado una tendencia que se venía dando desde la aparición de las plataformas de streaming.

Los conciertos se están convirtiendo paulatinamente en la mayor fuente de ingresos del artista. Una afirmación que un primer momento parecería obvia pero que esconde mucha información. En este sentido, un exhaustivo informe de la multinacional de servicios financieros Citybank despeja muchas dudas.

Según el análisis de la firma estadounidense, los conciertos habrían pasado de ser la tercera fuente de ingresos de los artistas en 1986, por detrás de las plataformas de música y los derechos de autor, a situarse en el primer puesto en 2017. De hecho, si en un primer momento la cuantía a recibir por cada uno de estos aspectos era razonablemente similar, en 2017 los shows en vivo pasaron a suponer 3.000 de los cerca de 5.000 millones de dólares que facturó el conjunto de artistas a nivel mundial.

Cabe recalcar que estas cifras representan el volumen de negocio del músico propiamente dicho y no de la industria. ¿Por qué es tan importante esta aclaración? Porque aquí aparecería uno de los primeros motivos por los que estos emblemas de la música están vendiendo los derechos de sus canciones.

El Covid-19 no ha permitido dar conciertos

Sin contar con esta nueva figura, cada vez más usada, que es el contrato 360, los conciertos serían la fuente de ingresos de los artistas en los que menos influencia tendría el resto de partes de la industria, como distribuidoras y discográficas. Tanto es así, que según un informe publicado por la revista americana The Root en 2010, por cada 1.000 dólares facturados por ventas de música, el artista solo recibiría 23,40 dólares. Es decir, del total de beneficios, tan solo un 13% repercute en el artista. Este problema se torna más preocupante cuando, en lugar de un solista, se trata de una banda; ya que este 13% se tendría que repartir entre cada uno de los integrantes.

Aquí es donde radica el verdadero problema. Si los conciertos se están convirtiendo en la principal fuente de facturación de los artistas y la pandemia mundial no permite que se den estos shows en vivo, el volumen de ingresos de estos profesionales se reduce notablemente. De hecho, desde el inicio de la crisis sanitaria, la música rock y pop en directo, que llevaba dos décadas creciendo ininterrumpida, ha visto cómo sus ingresos se hundían en un 64%, hasta quedar por debajo de los 6.000 millones de euros a nivel mundial, según la consultora PriceWaterhouseCoopers (PwC).

Cláusula de no regrabación

Atendiendo a esta primera premisa, la principal fuente de ingresos de los artistas son los conciertos, aparece un segundo problema relacionado con los derechos de la canción. Para entender esto, hay que tener presente que cada canción genera dos tipos de derechos distintos: los derechos de autor y los derechos del master.

En este sentido, hay que poner el foco en este segundo punto. El master sería ese vinilo a modo de molde del que se realizaban infinitas copias para su posterior venta, esta 'plantilla' sería propiedad de la productora, ya que es la que asume los riesgos de grabación y producción de la canción o el disco. Hoy en día ya no existen los vinilos, por lo que el master se convierte en un concepto y no en algo tangible, vendría a ser el archivo de audio que se distribuye a las radios, a las plataformas y a las empresas que quieren dar un uso comercial de la canción.

Es aquí donde aparece un nuevo concepto, que se popularizó recientemente después de que el rapero americano, Kanye West, publicase en Twitter su contrato con Universal: la cláusula de no regrabación. Las discográficas son conscientes de que si se realiza otra grabación de la canción, la que es de su propiedad perdería todo su valor. Por este motivo, estas productoras se guardan las espaldas añadiendo esta cláusula a los contratos que firman con los artistas.

Llegados a este punto, vuelve a entrar en juego los cambios que el coronavirus ha provocado en la industria. Al no poder dar conciertos, muchos artistas han recurrido a dar pequeños shows a través de las redes sociales o de plataformas como YouTube, intentando poder 'rascar' algo de los beneficios que se generan por la monetización de estos canales.

No obstante, estos profesionales estarían violando sus obligaciones contractuales al realizar esta práctica, ya que estos videos no dejan de ser una regrabación de la canción. En la mayoría de ocasiones, esta acción se habría realizado por desconocimiento, lo que no deja de suponer que el artista, como mínimo, habrá tenido que ceder todos los beneficios derivados de la nueva grabación a la productora. Todo esto, tomando como punto de partida que no ha existido un acuerdo entre ambas partes para llevar a cabo estos 'conciertos'.

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Otro punto a tener en cuenta, a la hora de entender la venta de los catálogos, es el interés de las discográficas y de los fondos de inversión que los compran. Teniendo presente que las majors musicales sustentan su negocio en el descubrimiento de nuevos talentos que poder lanzar al público masivo, hay que tener en cuenta que también existe un gran negocio en lo ya publicado.

Es decir, las multinacionales del sector se encontrarían ante dos opciones: arriesgar su inversión en un nuevo artista y en los nuevos trabajos de personajes ya consagrados o asegurarla comprando canciones que ya han triunfado y siguen generando beneficios. Esto se ve reflejado en la diferencia entre cuantías que invirtió Universal: por un lado, aparecen los 12 millones de dólares que invirtió en la producción del disco 'Yeezus' de uno de los artistas más rentables de las últimas décadas, Kanye West; mientras que, por otro lado, la discográfica invierte 300 millones de dólares, según estima el Financial Times, en comprar el catálogo de Bob Dylan. Tal y como se suele decir, "vales más por lo que has hecho que por lo que puedes hacer".

Para entender este aspecto, no hay más que fijarse en la interminable guerra por adquirir los derechos de las canciones de The Beatles. Unas obras que nunca fueron propiedad de la banda, que en cierto momento llegaron a las manos de Michael Jackson por 50 millones de dólares, por la pasividad de Yoko Ono y Paul McCartney, que pudieron adquirirlas por 20 millones; y que, desde el 2016, pertenece a Sony, tras el pago de 750 millones, convirtiéndose en la mayor operación de derechos musicales de la historia.

Auge de las plataformas de streaming y los beneficios ficales

El auge de estos canales de reproducción musical ha disparado el valor de estos catálogos, ya que pueden volver a viralizarse gracias a ellos. De hecho, según el Wall Street Journal los catálogos de música se están comercializando por entre 10 y 18 veces su valor anual.

Por último, entra en juego la fiscalidad de estas obras artísticas. Estos músicos deben abonar el 20% de las ganancias que obtienen por sus canciones. Además, a todos estos motivos se une la posible medida del Gobierno de Joe Biden de subir al 39,6% el impuesto a los ingresos de quienes ganen más de 400.000 dólares al año.

Todos estos aspectos entran en juego a la hora de entender porque tantos artistas están vendiendo su catálogo musical durante los últimos meses. No obstante, en gran parte de los casos queda por saber qué pasará con los derechos de sus futuros proyectos.

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