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Desde cuándo vamos los españoles a la playa (y por qué es culpa de la 'pre-influencer' Eugenia de Montijo)

  • Hasta mediados del siglo XIX, la gente no acudía nunca a la playa
  • Aquellos eran lugares solitarios, inquietantes e, incluso, peligrosos
  • Fue la aristócrata Eugenia de Montijo quien lo puso de moda
Así iban nuestros bisabuelos a la playa.
Madrid

Ahora que las vacaciones de verano ya asoman por el horizonte y que el corsé del estado de alarma comienza a relajar un poco la presión, los destinos de mar y playa se presentan como la opción preferida por los españoles para disfrutar de estos meses de estío.

Arena blanca, olas rompiendo en la orilla, tumbonas al sol y una cerveza en la mesa del chiringuito. ¿Puede alguien resistirse a algo así? Pues, aunque nos parezca increíble, nuestros antepasados no se sentían tan atraídos por las playas de nuestras costas, más bien todo lo contrario.

Eugenia de Montijo.

Cuentan las crónicas que fue la granaína Eugenia de Montijo (1826-1920), emperatriz de Francia, esposa de Napoleón III y pre-influencer de aquel tiempo (una especie de Carolina de Mónaco de la época), quien puso de moda entre las clases aristocráticas del Segundo Imperio el concepto moderno de veraneo (concretamente, tomando baños de mar en las frías aguas cantábricas de Hendaya y Biarritz).

Una costumbre un tanto estrambótica en la época que, sin embargo, pronto copiaron nobleza y alta burguesía española del siglo XIX, convirtiéndose así en una especie de trending topic de obligado cumplimiento para cualquier familia adinerada con pretensiones.

Aunque hoy en día nos resulte algo de lo más natural, lo de ir a la playa a pasarlo bien es un invento relativamente moderno.

De hecho durante siglos las playas fueron lugares bastante poco recomendables, siniestros e inquietantes; apenas frecuentados por almas solitarias con pájaros en la cabeza o atormentados poetas románticos vestidos de negro.

Aspecto de la playa de la La Concha de San Sebastián, en 1874 (pintura de James Webb)

El mar tenía -y aún tiene- esa molesta manía de devolver sus muertos a tierra ; así que paseando por aquellas orillas, uno sólo podía darse de bruces con cadáveres de marineros ahogados, restos de naufragios o -lo que era casi peor- peligrosos contrabandistas en plena faena.

En resumen, que las calitas escondidas de nuestras costas no eran por entonces el mejor sitio del mundo para extender la toalla y montarse una fiesta a lo anuncio de cerveza mediterránea.

Apenas siglo y medio después, aquella novedosa práctica de mojarse las pantorrillas entre la espuma de las olas y de disfrutar de las benéficas propiedades de la salobre brisa marina ha acabado por convertirse en norma cultural y -lo que es más curioso- en sinónimo absoluto de verano.

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