Motor clásico

Lincoln Indianapolis Boano: un tesoro muy valioso... excepto para Errol Flynn

Hay cosas que no pueden salir mal. Estamos en una de las décadas más prolíficas de la historia del automóvil. A mediados de los años 50, se conjuntaron los grandes avances tecnológicos de la post-guerra con uno de los periodos más creativos en cuanto a diseño y nuevos conceptos.

El objetivo era presentar un prototipo espectacular en el Salón de Turín de 1955 para dar cumplida respuesta a los Chrysler vestidos a medida por Ghia. Para ello se partió de una base prestigiosa y reputada, como era el chasis del Lincoln 55 que fabricaba Ford para su berlina de lujo.

Acto seguido se acudió a las fuentes del mejor diseño de automóviles italiano, en la pujante ciudad de Turín. En ella tenía su estudio Claudio Boano que, mediante su propia empresa Carrozzeria Boano, se había independizado de Ghia después de trabajar allí un periodo de tiempo, convirtiéndose así en otro carrocero competidor.

Motor V8

Claudio Boano, con la ayuda de su propio hijo Gian Paolo, que aprendía el oficio familiar, se inspiró como muchos otros en aquella época en los aviones a reacción para su, aún hoy en día, espectacular diseño.

La mecánica utilizada era también algo excepcional, pues se recurrió a un potente motor Ford V8 con 225 CV, muchos para la época y suficientes para transmitir al conductor la sensación de poderío que todo buen coche americano debía poseer. Para bautizarlo con un nombre acorde con su categoría, se eligió el de la más famosa carrera del continente americano, Indianápolis, un circuito oval donde se había fraguado la más antigua y mejor historia del automovilismo deportivo made in USA.

Después de terminar su artesanal construcción y tras el éxito de su exhibición en la muestra turinesa, el Lincoln Indianápolis carrozado por los Boano viajó a Estados Unidos. Ford tenía pensado darle una salida comercial en forma de una pequeña serie de coches exclusivos con diseño italiano. Pero tras unas someras pruebas, el propio Henry Ford II lo descartó pues un fallo en la refrigeración del radiador irradiaba al habitáculo gran parte del calor liberado por el gran V8.

Del olvido a cotizar 2,5 millones

Visto que la deficiencia era de difícil solución, el señor Ford desistió de venderle el Indianápolis a ningún cliente. Pero se lo regaló personalmente al juerguista y carismático actor Errol Flynn, que se hallaba en pleno apogeo de su carrera, y a quien admiraba junto a una inmensa legión de "fans" de la época.

Lo mismo que le había pasado a Henry Ford tras su primera toma de contacto con el caluroso Indianápolis le ocurrió a Errol Flynn, que aceptó amablemente el presente pero que olvidó en su garaje para no volverlo a usar. Según comentó en su día el espadachín más famoso de la historia del cine, lo consideraba sólo apropiado para ser utilizado en "el norte de Alaska y en invierno". Gráfica manera de describir lo tórrido que se debía de hacer el habitáculo del Lincoln Indianápolis cuando el V8 alcanzaba su temperatura de funcionamiento.

A pesar de este gran inconveniente térmico, el prototipo ha pasado a la historia como uno de los más espectaculares y originales ejercicios de estilo en el mundo del automóvil. Aunque tras muchos años de avatares, ya que permaneció largo tiempo abandonado, olvidado e incluso fue dañado por un incendio.

Así llegó de pura casualidad hasta nuestros días, siendo minuciosamente restaurado durante dos años por el coleccionista Thomas Kerr que lo adquirió en 2001. Después sería subastado en 2006 durante la celebración del concurso de estilo de Peeble Beach por 1.375.000 dólares. Unos años más tarde, en 2013, volvió a salir a subasta en la galería Shoteby de Nueva York, alcanzando ya una valoración que llegó a los 2,5 millones de dólares.

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