Aliados del éxito de los que nadie quiere oír hablar: #2 Las lágrimas

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En muchas situaciones de nuestra vida profesional, la cruda realidad parece empeñada en demostrarnos, de manera insistente y rotunda, que las cosas son más difíciles de lo que preveíamos. Muchos proyectos se prolongan más de lo esperado, la tecnología que necesitamos siempre es más cara de lo que hemos calculado y, en cualquier mercado, siempre hay menos clientes de los que estimábamos. O bien tardan más en comprar. O bien quieren comprar en cuanto escuchan la propuesta de valor, pero a un precio menor del que pensábamos. Y ahí es donde suelen aparecer las lágrimas, que en algunos casos no son simplemente una metáfora.

El hecho de vivir en el contexto de nuestras propias interpretaciones nos proporciona una gran perfección y exactitud en nuestras estimaciones. Dentro de nuestra mente dos más dos siempre suman cuatro, la recta es la distancia más corta entre dos puntos y, por supuesto, de las causas se siguen inmediatamente los efectos. Sin embargo, esas asunciones se basan en los mapas con los que nos conducimos por la vida. Y, como alguien sabiamente dijo, una cosa es el mapa y otra es el territorio. Porque el mapa siempre es limpio y exacto, mientras que el territorio tiende al accidente y a la imperfección.

Decía Levinson que, cualesquiera que sean nuestros valores, no podemos vivirlos plenamente, y que hay que reconciliarse con los defectos y fallos que hay en nuestras vidas, cuyas fuentes están por todas partes: en nosotros mismos, en nuestros enemigos y personas queridas y, en general, en el mundo, que es de por sí imperfecto. Aunque él hablaba de valores, es una idea que se puede aplicar a cualquier iniciativa que queramos emprender, porque no estará exenta de esos fallos y defectos. Concluía Levinson que el hecho de ser conscientes de la imperfección del mundo en que vivimos no debe alejarnos de luchar por nuestras convicciones, aunque sí ayudarnos a hacerlo con más realismo y con una perspectiva más amplia.

La otra opción, empeñarse en que las cosas tienen que salir como las hemos pensado, es la que muchas veces conduce a las lágrimas. Porque demasiadas veces ocurre que la línea recta que hemos imaginado no es la distancia más corta entre dos puntos.

Aliados del éxito de los que nadie quiere oír hablar: #1 El sudor

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Una de las más turbadoras afirmaciones que la investigación ha demostrado últimamente en relación con el éxito es que la experiencia no hace maestros. Es decir, que los médicos no son mejores médicos solo por el hecho de ejercer muchos años la medicina, que los profesores no son mejores únicamente por haberlo sido durante mucho tiempo, y que ningún deportista mejora solamente por salir al terreno de juego.

Posiblemente la idea de que el éxito requiere un esfuerzo continuo y sostenido es una de las claves más elusivas del éxito, esas de las que nadie quiere oír hablar. Es verdad que, en frases bellamente contextualizadas en las redes sociales, y en muchas películas inspiradoras, se deja claro el mensaje de que no se puede tener todo sin hacer nada. Sin embargo, es difícil tener una conexión sentida con la idea de que todos los días, cada día, es necesario pedir más al cuerpo y a la mente que el día anterior. Sobre todo porque, en muchos casos, ese esfuerzo ha de llevarse a cabo durante años.

Muchas personas entrenarían, incluso duramente, durante un año, al igual que otras estarían dispuestas a estudiar con intensidad durante dos años, y que seguramente muchas otras se entregarían a intentar sacar adelante un negocio durante tres. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es qué pasa el primer día del segundo año del deportista, del tercero del estudiante y del cuarto año para ese emprendedor que, con tanta ilusión, comenzó un buen día su start-up con la clara idea de que su producto era revolucionario. Máxime cuando estar entre los mejores no significa aguantar el esfuerzo un día más, un mes más o un año más, sino hacer eso y, además, intentar una proeza nueva cada vez. 

En plena era digital, donde determinados autofabricados influencers parecen querer mostrar que se puede disfrutar de una vida de éxito con poco más que hacer fotografías, es igualmente necesario y urgente que reflexionemos con seriedad sobre cuáles son las claves que conducen al éxito. No solamente al éxito social sino, fundamentalmente, al éxito personal. Sobre todo, porque las generaciones más jóvenes tienen deseos y sueños, y es importante que la sociedad explique, sin rodeos, qué es lo que hay que hacer para lograrlos. Y, sin duda, sudar la camiseta es una de ellas. Cada día. Todos los días.

Cómo encontrar inspiración: 5# Pasar a la acción

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La inspiración es un momento sublime, una vivencia emocionante en la que determinadas ideas y emociones que operan más allá de los límites de la conciencia se alinean para construir un sentido de orden superior. Uno que engrana de manera significativa con la biografía previa de la persona, con su identidad y con lo que busca o espera de la vida. Sin embargo, pese a su complejo origen, el motivo por el cual funciona es tan sencillo de entender como aparentemente difícil de llevar a cabo.

Precisamente por su origen no-consciente, la inspiración tiende a visitarnos cuando menos lo esperamos: en la ducha, en el tren de camino al trabajo, o mientras nos ejercitamos corriendo una madrugada cualquiera. Y tan pronto como aparece, vuelve a sumergirse entre los pliegues de la conciencia para no volver a reaparecer nunca más. Decía Tchaikovski que, si el estado de inspiración se prolongara, ningún artista podría sobrevivir a él. En sus palabras, si eso ocurriera “las cuerdas se romperían y el instrumento se haría añicos”.

Y ambos hechos, su ocurrencia en lugares a veces inoportunos y su carácter efímero, hacen difícil capturar las ideas que nos transmite. Por ese motivo, y por simple que parezca, la mejor manera, a veces la única, de aprovechar los enormes beneficios que la inspiración nos brinda es ser capaces de capturar esos breves momentos de genialidad que todos tenemos, para no olvidarlos. A lo largo de la historia han sido innumerables los artistas, científicos y por supuesto profesionales de éxito que han ido siempre acompañados de una libreta en la que anotar sus ideas. Hoy día, que tantos dispositivos electrónicos tenemos, es aún más sencillo capturar nuestras ideas inspiradas en cualquiera de ellos.

El problema es que, por motivos desconocidos, muchas veces creemos que esa idea que nos ha visitado de manera fugaz volverá en otro momento, cuando tengamos el bolígrafo en la mano o el ordenador encendido. Pero eso nunca ocurre, porque la inspiración opera más allá de los límites de la conciencia y, por tanto, para que una buena idea regrese tendrían que alinearse de nuevo los pensamientos que le dieron origen. Y, a su vez, para producir ese alineamiento tendríamos que poder actuar fuera de nuestra conciencia. Y eso es, por definición, imposible.

Y de ahí esta certera reflexión, escrita en uno de los estudios más relevantes de todos los tiempos sobre este singular fenómeno: “Cuando tengas una idea que merezca la pena escribir, escríbela. Cuando tengas un reto que merezca la pena perseguir, persíguelo, antes de que su luz se apague.”*

*Thrash, Moldovan, Oleynick&Maruskin, 2014

Cómo encontrar inspiración: 4# Nuestro punto de vista es nuestra firma

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Es conocido el episodio que inspiró el cuadro central de Edvard Munch, porque él mismo lo relató: “Paseaba por un sendero con dos amigos – el sol se puso – de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio – sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad – mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad.”

Lo que generalmente se omite cuando se hace referencia a aquel suceso, es que había tres personas caminando por el sendero (de hecho, las otras dos también están en la pintura), pero solo una de ellas sintió el estremecimiento que dio lugar a uno de los cuadros más célebres de todos los tiempos. El motivo por el cual esto es así es tan simple como relevante, y es que la inspiración es un estado completamente subjetivo: no hay dos personas que se sientan inspiradas por el mismo fenómeno.

A su vez, esto se explica por el hecho de que la inspiración es una agregación de sentido y, lógicamente, no hay dos personas que encuentren o construyan sentido a partir de las mismas realidades. Lo que esto quiere decir es que una de las claves de la inspiración arranca de una mirada interior. De la escucha y fidelidad a uno mismo y al sentido que cada uno le da al mundo y a la existencia. Por eso decía Clement Greenberg que “la inspiración sigue siendo el único factor en la creación de una obra de arte exitosa que no puede ser copiado o imitado.” Porque cada persona ve sentido en unas cosas y no en otras y porque de ahí, de ese sentido íntimo, arrancan sus momentos de inspiración.

Aunque quizá trágica o dramática, Munch sintió una conexión de sentido que tuvo el poder de conmocionarle. A partir de ahí, trabajó incansablemente a través de distintos bocetos y versiones hasta crear un cuadro que ha sido alabado en todos los rincones del planeta, y que probablemente le contagiaba la vivencia primigenia que él experimentó. “El grito” expresa un sentir profundo, un latido que solo él sintió un atardecer, en aquel sendero que bordeaba el fiordo. Y su manera de vivirlo fue lo que plasmó en el cuadro. Esa es la genuina manera en la que la inspiración prende la chispa que puede transformar una sensación íntimamente sentida por una persona en una obra terminada. Sin ningún género de dudas, como decía Gompertz, “nuestro punto de vista es nuestra firma.”

Cómo encontrar inspiración: 3# Confiar en las musas

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Hoy ya sabemos que el cerebro muestra dos tipos de actividad. Una de ellas tiene que ver con prestar atención voluntariamente a un estímulo, con la concentración y con hacer esfuerzos por resolver una tarea. Y la otra, que llamamos el fenómeno de la mente errante, tiene que ver con esos momentos en los cuales aparentemente no estamos haciendo nada, y simplemente nuestros pensamientos vagan libremente aquí y allá.

El hecho de que las ideas, sobre todo las buenas, nunca aparezcan en estados de concentración es algo que todo el mundo ha experimentado. Da la impresión de que las musas, tan místicas como caprichosas, rehúyen la observación atenta y prefieren jugar al despiste entre los pliegues de nuestra conciencia, escondiéndose para aparecer cuando menos lo esperamos.

Por eso una de las claves de la inspiración consiste, precisamente, en reconocer que nuestro cerebro tiene dos formas de funcionar, y escoger deliberadamente una u otra según el caso. Y, además, si lo que queremos es alumbrar nuevas y buenas ideas, saber que la mejor opción casi nunca es sentarnos frente a la pantalla vacía o con el bolígrafo en la mano, esforzándonos consciente y voluntariamente para que se nos ocurra algo. Porque, procediendo de esta manera, nunca ninguna musa debutará en la pantalla o en la punta del bolígrafo. Lo que hay que hacer es más bien lo contrario: levantarse de la mesa y buscar deliberadamente ese estado en el que parece que no estamos haciendo nada. Pasear, correr, o simplemente darse una ducha prolongada y dejar que las ideas fluyan.

Las musas aparecen cuando no estamos mirando y nos sorprenden con su llegada. Este fenómeno lleva ocurriendo así siempre, o al menos desde los griegos. Por eso hay que confiar en que, si colocamos a nuestra mente en el estado adecuado, aparecerán. Confiemos en ello. Confiemos en las musas.

Cómo encontrar inspiración: 2# En la piel de los tiburones

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Las ideas nacen como recombinaciones o evoluciones de otras ideas: una idea completa, o un fragmento de ella, se combina con otra, o bien cambia ligeramente su silueta o entresijo para convertirse en una idea diferente. Esos procesos de evolución y recombinación suceden habitualmente en los límites de la conciencia, porque para que las ideas se muevan por su propio dinamismo es necesario que no estén bajo el control de nuestra voluntad.

Muchas personas encuentran que se les ocurren ideas mientras pasean, al igual que otros alumbran pensamientos nuevos mientras se duchan, conducen o corren. Esto es porque en todas esas situaciones la mente no está activamente concentrada en una tarea que sea cognitivamente demandante. Por ese motivo, las ideas son libres de cambiar de lugar, de mutar y de asociarse a otras ideas para generar una nueva. Ese proceso forma parte del singular fenómeno que llamamos inspiración.

No hay personas más inspiradas que otras, porque la inspiración no es un rasgo de la personalidad ni una competencia, sino más bien un estado. Lo que sí hay son personas que atienden y cuidan sus estados de inspiración, y que tienen una actitud positiva ante la capacidad de su mente de remezclar ideas en nuevas configuraciones. Disfrutan con ello y lo alientan, en lugar de frenarlo.

Solo así se puede entender que alguien pueda fabricar un bañador inspirándose, nunca mejor dicho, en la piel de los tiburones. O que alguien pueda diseñar el perfil de un tren basándose en el pico de las aves. O que se pueda utilizar en un edificio un sistema de ventilación similar al de las esponjas marinas. La biomimética, como la gastronomía molecular y muchas otras áreas del conocimiento, son ejemplos imprescindibles para explicar que una de las claves de la inspiración es encontrar ámbitos interseccionales, mundos donde confluyen ideas que provienen de universos diferentes.

Y por eso para encontrar la inspiración es necesario aventurarse en los cruces de caminos, en los espacios cuajados de ideas mestizas y en todos los lugares donde la diversidad habita. Y luego dejar que las nociones, los pensamientos y las intuiciones se desinhiban y bailen, hasta que surja el inequívoco y sublime resplandor de la inspiración.

Cómo encontrar inspiración: 1# Newton y su manzana

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No hay tantas ideas buenas. El pensamiento original, el que es verdaderamente fresco y diferente, es elusivo e infrecuente. Por eso una buena idea, una gran idea, es un tesoro. Da igual el terreno del que se hable: empresa, ciencia, arte. Una idea genial es una gema. El asunto está en que, precisamente, las buenas ideas son escasas porque es muy difícil generarlas. Porque nacen de la inspiración, y la inspiración es un fenómeno que no se puede causar.

Llama la atención que, a veces, se lleven a cabo obras o productos de los que se dice que están “inspirados” en otras obras o productos, cuando lo que se debería decir es que son simplemente variaciones de la misma idea. Es decir, cuando en realidad lo que se ha hecho es imitar el pensamiento original de un artista, de un científico o de un emprendedor.

Las ideas que nacen de la verdadera inspiración no continúan líneas trazadas anteriormente, sino que inician derroteros propios. Eso es lo que hace que despierten interés y admiración, lo que hace que encanten y seduzcan. Son fascinantes, y sin embargo es difícil alumbrarlas.

Mientras que la creatividad, un fenómeno relacionado, aunque bien diferente, está muy estudiado, y se conocen muchas de sus entrañas y resortes, la inspiración sigue recubierta del mismo halo místico que ha tenido desde los griegos. Sobre todo, hoy conjeturamos, porque el hábitat natural de las musas se sitúa en los límites de la conciencia. Y actuar sobre algo que no es consciente del todo, o que no es en absoluto consciente, no es tarea fácil.

Decía David Ogilvy que las grandes ideas vienen del inconsciente, pero añadía que ese inconsciente debe estar bien informado, o las ideas que de allí surjan no serán relevantes. Aun dándole la razón, no resulta fácil ni evidente por sí mismo cómo alimentar esa parte de nosotros que no es consciente, y sobre la que, por tanto, no tenemos control.

Es conocida la leyenda de Newton y su manzana. Sin embargo, pocas veces se ha reflexionado sobre cómo y por qué un hecho aparentemente tan nimio (el caer de un objeto al suelo) desencadenó una idea de tan vasta proporción. La respuesta, evidentemente, no está en el fruto, sino lo que había bullendo en la mente del genial científico, en su bien informado inconsciente. En lo que sabía sobre el mundo. Pero, quizá sobre todo, en lo que no sabía.

Solo quien tiene grandes preguntas, grandes inquietudes o grandes deseos puede tener grandes ideas. Porque la inspiración no habita lo obvio ni lo evidente. Y rehúye lo mundano como los gatos rehúyen el agua. Es verdad que el inconsciente tiene que estar bien informado, pero también tiene que ser un inconsciente inquieto y curioso. Uno que, embobado viendo cómo cae una manzana al suelo, sea capaz de acabar concluyendo que los cuerpos celestes se atraen entre sí con una fuerza que es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos.

5 claves de la formación: 5# Diversidad de estilos de aprendizaje

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La mayoría de las acciones de formación se realizan en grupo por una obvia cuestión de optimización de recursos y esfuerzos. Sin embargo, a menudo esa manera de proceder oculta un hecho tan importante como obvio, y es que cada ser humano aprende de una manera diferente.

Una persona puede perfectamente aprender algo escuchando o leyendo. Sin embargo, con toda seguridad, a su lado habrá otra que necesita relacionarse con la realidad de forma gráfica y que, por tanto, no acabará de comprender hasta que no vea un esquema o una ilustración. A su vez, junto a ella habrá otra persona que necesite practicar lo que está aprendiendo, puesto que hasta ese momento no tendrá la sensación de que realmente lo ha captado. Una persona más, en la misma aula, sentirá la necesidad de dialogar con sus compañeros sobre el objeto de aprendizaje, a fin de resolver sus dudas y preguntas.

Unos aprendemos más bien solos, y otros más bien en grupo, algunos somos de números, otros de letras y otros de imágenes. Hay quien es capaz de concentrarse durante largo tiempo en una misma tarea de aprendizaje, y también quien necesita cambiar constantemente de actividad. Hay personas que son capaces de resumir hasta el infinito, quedándose con una o dos ideas de toda una mañana de formación, mientras que otras son capaces de hablar durante toda una mañana a partir de dos simples ideas. Hay quien no comprende el aprendizaje sin diversión y juego, y también quien considera que la formación es el asunto más serio del universo. Y así hasta el infinito.

La consecuencia inmediata de este hecho es que en el diseño de procesos de formación ha de incorporarse la diversidad, como imperativo obvio del éxito. Si después de un tiempo determinado una persona siente que lo que está ocurriendo en un aula (real o virtual) no tiene nada que ver con su estilo de aprendizaje, lo más probable es que se desmotive, que no aprenda nada, o que no aprenda todo lo que podría haber aprendido.

Por ese motivo una clave ineludible de la formación es la creación de agendas ricas y variadas, en las que se pueda llegar a diferentes estilos de aprendizaje con actividades diversas: unas individuales, otras en grupo, algunas con letras o números, otras con imágenes y unas muy serias, pero otras muy divertidas. Solo así todos los participantes se sentirán integrados y, lo que es mucho más relevante en relación con el fin que se pretende, aprenderán de verdad

5 claves de la formación: 4# El factor decisivo es la voluntad

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Es sabido que la formación en las organizaciones es algo absolutamente crítico. Cualquier proceso de innovación tiene su origen en la estrategia y se concreta finalmente en procesos de formación, porque son los que hacen que verdaderamente los profesionales logren alterar el rumbo de la organización. Sin formación no hay cambio ni materialización de la estrategia.

Sin embargo, hace tiempo que sabemos que, salvo en aprendizajes que resultan puramente instrumentales o que pueden ser reducidos a una cadena de pasos que siempre ocurren de la misma manera, la formación no resulta sencilla. Sobre todo, porque implica adquirir una serie de competencias que, a su vez se componen de elementos del saber, del hacer y del ser.

Pero, además, porque el núcleo básico de conocimiento de un profesional, tanto más cuando más haya perseverado en un puesto de trabajo definido por un descriptivo invariante, suele estar rodeado por un cinturón protector. Una tendencia a la estabilidad que, metafóricamente, es como la atmósfera que rodea el globo terráqueo, y que dificulta la introducción de nuevas maneras de ver la realidad, al igual que la capa atmosférica protege contra los meteoritos. Si las nuevas ideas son demasiado diferentes o disruptivas, corren el riesgo de que choquen frontalmente con el cinturón protector y se destruyan en ese mismo instante. Si, por el contrario, son tan parecidas a lo que ya se sabe que resultan irrelevantes, rebotarán tangencialmente y serán olvidadas de manera inmediata.

Por tanto, pensar que las personas van a cambiar su comportamiento solo por el hecho de que la organización ha decidido incorporar cualesquiera cambios y, como resultado de ellos, ha resuelto confinar a un grupo de personas en un aula junto con un formador, es tan ingenuo como creer que va a llover porque la tierra necesita agua.

Por todos esos motivos el factor auténticamente decisivo en el éxito de cualquier programa de formación es la voluntad y el compromiso de autoaprendizaje. Los profesionales aprenden cuando realmente quieren aprender. Cuando comprenden el sentido del aprendizaje, cuando sienten que la formación tiene que ver con ellos y cuando se les ayuda, en primera persona, a relacionar lo que ya saben y viven con lo que han de incorporar a su repertorio de competencias.

5 claves de la formación: 3# El aprendizaje es transformación, no transmisión

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En algún momento de la historia apareció una confusión en el terreno de la formación que se ha perpetuado hasta nuestros días, y es el paralelismo que, entonces se pensaba, existe entre formación y comunicación. Posiblemente porque, en aquellos entonces, la única manera en la que, se creía, puede hacerse que una persona aprenda algo, es envolviéndolo en palabras y diciéndoselo. Hoy día, a pesar de que, a la mayoría, la ingenuidad de esta estrategia nos dibuja una sonrisa en la cara, sorprende que haya personas que siguen pensando que el conocimiento se transmite.

Hace ya muchos años que el gran Skinner (grande de verdad, pese a lo que digan) nos dejó esta memorable sentencia: “a pesar de evidencia desalentadora en contrario, sigue suponiéndose que si se dice algo al estudiante, éste ya lo sabe.” Y concluía: “para adquirir conducta, el estudiante debe dedicarse a desarrollar la conducta.” Visto así, el tema no admite lugar a dudas: no por decirle algo a alguien, este ya lo sabe. Si eso fuera así, todos seríamos seres morales porque los sermones, de cualquier tipo y condición, serían plenamente funcionales. Hoy día son muy pocos los aprendizajes que realmente se pueden adquirir escuchando o leyendo. Y casi todos caen en ese tipo de conocimiento que llamamos declarativo o proposicional, es decir, el que nos ayuda a recordar cuál es la capital de un país que jamás hemos visitado, un número de teléfono o los pasos para elaborar una receta.

El aprendizaje adulto en general, y la formación de profesionales en particular, casi nunca significa transmisión de conocimientos. Un curso no se “da” ni se “imparte”. No es posible que una persona, por mucho que sepa, pueda trasladar de una manera directa su conocimiento a otra. Entre otras cosas porque, cuando un adulto entra en un entorno de formación, viene de una vida en la que hay muchos conocimientos y destrezas. Y pensar que se puede simplemente añadir nuevo conocimiento a ese sistema, o peor, que se puede sustituir parte de ese conocimiento por otro, únicamente hablando, es francamente ingenuo. Pero, sobre todo, conduce a un fracaso seguro. Porque los adultos aprenden, fundamentalmente, por transformación de lo que ya saben. Y para que eso tenga lugar, es necesario que, como decía Skinner, se dediquen a desarrollar la competencia que se quiere que desarrollen. Y para ello, afortunadamente, hoy tenemos muchos métodos a nuestra disposición que van más allá del simple hablar.

Pensemos que, cada vez que un formador habla en un aula, está perdiendo una oportunidad de que su intervención sea auténticamente transformadora.