Aliados del éxito de los que nadie quiere oír hablar: #4 el vacío

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En esta sociedad de lo instantáneo, cuando las respuestas a nuestras interacciones se producen casi de inmediato y los pedidos llegan en cuestión de horas, da la impresión de que la paciencia es una habilidad innecesaria, y en muchos casos olvidada. O no sabemos o no queremos esperar y, cuando algo se prolonga más allá de lo que juzgamos suficiente, ya sea un trámite, una respuesta o un evento importante, comenzamos rápidamente a inquietarnos.

Junto con pensar y ayunar, cuenta Herman Hesse que una de las habilidades de Siddhartha era esperar. Y, pese a que, tal vez, pueda ser hoy considerada una habilidad en desuso, es difícil pensar en un éxito verdaderamente relevante sin la virtud de la paciencia. Porque hay ocasiones en las que no es que las cosas cuesten esfuerzo, no funcionen o que sobrevenga la adversidad, sino que, simplemente, lo único que se puede hacer es esperar. A que ese trámite se resuelva, a que la respuesta se produzca o a que llegue por fin el evento relevante que estábamos esperando. A veces simplemente las cosas no pasan, no llegan. Y no por ningún motivo en particular. Simplemente, no llegan.

En una sociedad como la nuestra, en la que estamos acostumbrados a que las cosas ocurran con el pulsar de un icono, como la luz llega al accionar un interruptor, puede ser muy conveniente recuperar la anciana sabiduría del wu wei, que implica saber esperar, observar cómo los acontecimientos van tomando forma y tomar acción solo cuando realmente estemos convencidos de que se va a producir un resultado. Y el resto del tiempo, simplemente ejercitar la paciencia y esperar. Como Siddhartha.

 

Aliados del éxito de los que nadie quiere oír hablar: #3 morder el polvo

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Es una verdad tan evidente como en el fondo repudiada que el éxito, personal o profesional, es una tarea ardua y difícil. No solo porque cuesta sudor y lágrimas, sino porque los reveses de la vida hacen que a veces haya caídas inesperadas y dolorosas, de esas que hacen sangre. Ese tipo de derrumbes a los que nos referimos cuando decimos que alguien ha mordido el polvo.

Que la adversidad forma parte de nuestras vidas es algo no solo presentido, sino evidenciado por la ciencia. De hecho, un estudio ha mostrado que los seres humanos experimentamos, por media, unos ocho acontecimientos verdaderamente adversos a lo largo de la vida. Reveses que tienen que ver con pérdidas, enfermedades o complicaciones severas. Por tanto, la verdadera cuestión sobre la adversidad no está en intentar esquivarla, sino en cómo gestionarla.  

Lo que sabemos sobre la gestión de la adversidad nos dice que una persona que ha sufrido un infortunio puede, con su conducta, construir o bien puentes o bien muros hacia un futuro mejor. Y la diferencia entre ambas está, entre otras cosas, en una cuestión de actitud. Porque no solo es verdad que la resistencia a los impactos de la vida, eso que llamamos resiliencia, se puede aprender, sino que, más allá de ello, es posible salir fortalecido de casi cualquier circunstancia. Un fenómeno relacionado aunque no idéntico al que denominamos crecimiento postraumático.

“Si el triunfo y el desastre no te imponen su ley”, decía Kipling. Y “es preciso soportar con ánimo firme e igual, todos los eventos a que la fortuna condujere” había anticipado ya Boecio. Ser capaz de caer para luego levantarse, escupir el polvo del camino y seguir avanzando con la misma serenidad que, en otros momentos, se corona una cumbre, es un aliado imprescindible del éxito. Precisamente por lo incuestionable de la existencia del fracaso en nuestras vidas.

El éxito y el fracaso no son exactamente antónimos, porque no ocurren de la misma manera.  El éxito se gana con sudor y lágrimas, mientras que la adversidad es algo que simplemente ocurre, haciendo sangre. Por eso, en el camino hacia el éxito, hay que aprender a morder el polvo.

Aliados del éxito de los que nadie quiere oír hablar: #2 Las lágrimas

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En muchas situaciones de nuestra vida profesional, la cruda realidad parece empeñada en demostrarnos, de manera insistente y rotunda, que las cosas son más difíciles de lo que preveíamos. Muchos proyectos se prolongan más de lo esperado, la tecnología que necesitamos siempre es más cara de lo que hemos calculado y, en cualquier mercado, siempre hay menos clientes de los que estimábamos. O bien tardan más en comprar. O bien quieren comprar en cuanto escuchan la propuesta de valor, pero a un precio menor del que pensábamos. Y ahí es donde suelen aparecer las lágrimas, que en algunos casos no son simplemente una metáfora.

El hecho de vivir en el contexto de nuestras propias interpretaciones nos proporciona una gran perfección y exactitud en nuestras estimaciones. Dentro de nuestra mente dos más dos siempre suman cuatro, la recta es la distancia más corta entre dos puntos y, por supuesto, de las causas se siguen inmediatamente los efectos. Sin embargo, esas asunciones se basan en los mapas con los que nos conducimos por la vida. Y, como alguien sabiamente dijo, una cosa es el mapa y otra es el territorio. Porque el mapa siempre es limpio y exacto, mientras que el territorio tiende al accidente y a la imperfección.

Decía Levinson que, cualesquiera que sean nuestros valores, no podemos vivirlos plenamente, y que hay que reconciliarse con los defectos y fallos que hay en nuestras vidas, cuyas fuentes están por todas partes: en nosotros mismos, en nuestros enemigos y personas queridas y, en general, en el mundo, que es de por sí imperfecto. Aunque él hablaba de valores, es una idea que se puede aplicar a cualquier iniciativa que queramos emprender, porque no estará exenta de esos fallos y defectos. Concluía Levinson que el hecho de ser conscientes de la imperfección del mundo en que vivimos no debe alejarnos de luchar por nuestras convicciones, aunque sí ayudarnos a hacerlo con más realismo y con una perspectiva más amplia.

La otra opción, empeñarse en que las cosas tienen que salir como las hemos pensado, es la que muchas veces conduce a las lágrimas. Porque demasiadas veces ocurre que la línea recta que hemos imaginado no es la distancia más corta entre dos puntos.

Aliados del éxito de los que nadie quiere oír hablar: #1 El sudor

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Una de las más turbadoras afirmaciones que la investigación ha demostrado últimamente en relación con el éxito es que la experiencia no hace maestros. Es decir, que los médicos no son mejores médicos solo por el hecho de ejercer muchos años la medicina, que los profesores no son mejores únicamente por haberlo sido durante mucho tiempo, y que ningún deportista mejora solamente por salir al terreno de juego.

Posiblemente la idea de que el éxito requiere un esfuerzo continuo y sostenido es una de las claves más elusivas del éxito, esas de las que nadie quiere oír hablar. Es verdad que, en frases bellamente contextualizadas en las redes sociales, y en muchas películas inspiradoras, se deja claro el mensaje de que no se puede tener todo sin hacer nada. Sin embargo, es difícil tener una conexión sentida con la idea de que todos los días, cada día, es necesario pedir más al cuerpo y a la mente que el día anterior. Sobre todo porque, en muchos casos, ese esfuerzo ha de llevarse a cabo durante años.

Muchas personas entrenarían, incluso duramente, durante un año, al igual que otras estarían dispuestas a estudiar con intensidad durante dos años, y que seguramente muchas otras se entregarían a intentar sacar adelante un negocio durante tres. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es qué pasa el primer día del segundo año del deportista, del tercero del estudiante y del cuarto año para ese emprendedor que, con tanta ilusión, comenzó un buen día su start-up con la clara idea de que su producto era revolucionario. Máxime cuando estar entre los mejores no significa aguantar el esfuerzo un día más, un mes más o un año más, sino hacer eso y, además, intentar una proeza nueva cada vez. 

En plena era digital, donde determinados autofabricados influencers parecen querer mostrar que se puede disfrutar de una vida de éxito con poco más que hacer fotografías, es igualmente necesario y urgente que reflexionemos con seriedad sobre cuáles son las claves que conducen al éxito. No solamente al éxito social sino, fundamentalmente, al éxito personal. Sobre todo, porque las generaciones más jóvenes tienen deseos y sueños, y es importante que la sociedad explique, sin rodeos, qué es lo que hay que hacer para lograrlos. Y, sin duda, sudar la camiseta es una de ellas. Cada día. Todos los días.

Cómo encontrar inspiración: 5# Pasar a la acción

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La inspiración es un momento sublime, una vivencia emocionante en la que determinadas ideas y emociones que operan más allá de los límites de la conciencia se alinean para construir un sentido de orden superior. Uno que engrana de manera significativa con la biografía previa de la persona, con su identidad y con lo que busca o espera de la vida. Sin embargo, pese a su complejo origen, el motivo por el cual funciona es tan sencillo de entender como aparentemente difícil de llevar a cabo.

Precisamente por su origen no-consciente, la inspiración tiende a visitarnos cuando menos lo esperamos: en la ducha, en el tren de camino al trabajo, o mientras nos ejercitamos corriendo una madrugada cualquiera. Y tan pronto como aparece, vuelve a sumergirse entre los pliegues de la conciencia para no volver a reaparecer nunca más. Decía Tchaikovski que, si el estado de inspiración se prolongara, ningún artista podría sobrevivir a él. En sus palabras, si eso ocurriera “las cuerdas se romperían y el instrumento se haría añicos”.

Y ambos hechos, su ocurrencia en lugares a veces inoportunos y su carácter efímero, hacen difícil capturar las ideas que nos transmite. Por ese motivo, y por simple que parezca, la mejor manera, a veces la única, de aprovechar los enormes beneficios que la inspiración nos brinda es ser capaces de capturar esos breves momentos de genialidad que todos tenemos, para no olvidarlos. A lo largo de la historia han sido innumerables los artistas, científicos y por supuesto profesionales de éxito que han ido siempre acompañados de una libreta en la que anotar sus ideas. Hoy día, que tantos dispositivos electrónicos tenemos, es aún más sencillo capturar nuestras ideas inspiradas en cualquiera de ellos.

El problema es que, por motivos desconocidos, muchas veces creemos que esa idea que nos ha visitado de manera fugaz volverá en otro momento, cuando tengamos el bolígrafo en la mano o el ordenador encendido. Pero eso nunca ocurre, porque la inspiración opera más allá de los límites de la conciencia y, por tanto, para que una buena idea regrese tendrían que alinearse de nuevo los pensamientos que le dieron origen. Y, a su vez, para producir ese alineamiento tendríamos que poder actuar fuera de nuestra conciencia. Y eso es, por definición, imposible.

Y de ahí esta certera reflexión, escrita en uno de los estudios más relevantes de todos los tiempos sobre este singular fenómeno: “Cuando tengas una idea que merezca la pena escribir, escríbela. Cuando tengas un reto que merezca la pena perseguir, persíguelo, antes de que su luz se apague.”*

*Thrash, Moldovan, Oleynick&Maruskin, 2014

Cómo encontrar inspiración: 4# Nuestro punto de vista es nuestra firma

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Es conocido el episodio que inspiró el cuadro central de Edvard Munch, porque él mismo lo relató: “Paseaba por un sendero con dos amigos – el sol se puso – de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio – sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad – mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad.”

Lo que generalmente se omite cuando se hace referencia a aquel suceso, es que había tres personas caminando por el sendero (de hecho, las otras dos también están en la pintura), pero solo una de ellas sintió el estremecimiento que dio lugar a uno de los cuadros más célebres de todos los tiempos. El motivo por el cual esto es así es tan simple como relevante, y es que la inspiración es un estado completamente subjetivo: no hay dos personas que se sientan inspiradas por el mismo fenómeno.

A su vez, esto se explica por el hecho de que la inspiración es una agregación de sentido y, lógicamente, no hay dos personas que encuentren o construyan sentido a partir de las mismas realidades. Lo que esto quiere decir es que una de las claves de la inspiración arranca de una mirada interior. De la escucha y fidelidad a uno mismo y al sentido que cada uno le da al mundo y a la existencia. Por eso decía Clement Greenberg que “la inspiración sigue siendo el único factor en la creación de una obra de arte exitosa que no puede ser copiado o imitado.” Porque cada persona ve sentido en unas cosas y no en otras y porque de ahí, de ese sentido íntimo, arrancan sus momentos de inspiración.

Aunque quizá trágica o dramática, Munch sintió una conexión de sentido que tuvo el poder de conmocionarle. A partir de ahí, trabajó incansablemente a través de distintos bocetos y versiones hasta crear un cuadro que ha sido alabado en todos los rincones del planeta, y que probablemente le contagiaba la vivencia primigenia que él experimentó. “El grito” expresa un sentir profundo, un latido que solo él sintió un atardecer, en aquel sendero que bordeaba el fiordo. Y su manera de vivirlo fue lo que plasmó en el cuadro. Esa es la genuina manera en la que la inspiración prende la chispa que puede transformar una sensación íntimamente sentida por una persona en una obra terminada. Sin ningún género de dudas, como decía Gompertz, “nuestro punto de vista es nuestra firma.”

Cómo encontrar inspiración: 3# Confiar en las musas

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Hoy ya sabemos que el cerebro muestra dos tipos de actividad. Una de ellas tiene que ver con prestar atención voluntariamente a un estímulo, con la concentración y con hacer esfuerzos por resolver una tarea. Y la otra, que llamamos el fenómeno de la mente errante, tiene que ver con esos momentos en los cuales aparentemente no estamos haciendo nada, y simplemente nuestros pensamientos vagan libremente aquí y allá.

El hecho de que las ideas, sobre todo las buenas, nunca aparezcan en estados de concentración es algo que todo el mundo ha experimentado. Da la impresión de que las musas, tan místicas como caprichosas, rehúyen la observación atenta y prefieren jugar al despiste entre los pliegues de nuestra conciencia, escondiéndose para aparecer cuando menos lo esperamos.

Por eso una de las claves de la inspiración consiste, precisamente, en reconocer que nuestro cerebro tiene dos formas de funcionar, y escoger deliberadamente una u otra según el caso. Y, además, si lo que queremos es alumbrar nuevas y buenas ideas, saber que la mejor opción casi nunca es sentarnos frente a la pantalla vacía o con el bolígrafo en la mano, esforzándonos consciente y voluntariamente para que se nos ocurra algo. Porque, procediendo de esta manera, nunca ninguna musa debutará en la pantalla o en la punta del bolígrafo. Lo que hay que hacer es más bien lo contrario: levantarse de la mesa y buscar deliberadamente ese estado en el que parece que no estamos haciendo nada. Pasear, correr, o simplemente darse una ducha prolongada y dejar que las ideas fluyan.

Las musas aparecen cuando no estamos mirando y nos sorprenden con su llegada. Este fenómeno lleva ocurriendo así siempre, o al menos desde los griegos. Por eso hay que confiar en que, si colocamos a nuestra mente en el estado adecuado, aparecerán. Confiemos en ello. Confiemos en las musas.

Cómo encontrar inspiración: 2# En la piel de los tiburones

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Las ideas nacen como recombinaciones o evoluciones de otras ideas: una idea completa, o un fragmento de ella, se combina con otra, o bien cambia ligeramente su silueta o entresijo para convertirse en una idea diferente. Esos procesos de evolución y recombinación suceden habitualmente en los límites de la conciencia, porque para que las ideas se muevan por su propio dinamismo es necesario que no estén bajo el control de nuestra voluntad.

Muchas personas encuentran que se les ocurren ideas mientras pasean, al igual que otros alumbran pensamientos nuevos mientras se duchan, conducen o corren. Esto es porque en todas esas situaciones la mente no está activamente concentrada en una tarea que sea cognitivamente demandante. Por ese motivo, las ideas son libres de cambiar de lugar, de mutar y de asociarse a otras ideas para generar una nueva. Ese proceso forma parte del singular fenómeno que llamamos inspiración.

No hay personas más inspiradas que otras, porque la inspiración no es un rasgo de la personalidad ni una competencia, sino más bien un estado. Lo que sí hay son personas que atienden y cuidan sus estados de inspiración, y que tienen una actitud positiva ante la capacidad de su mente de remezclar ideas en nuevas configuraciones. Disfrutan con ello y lo alientan, en lugar de frenarlo.

Solo así se puede entender que alguien pueda fabricar un bañador inspirándose, nunca mejor dicho, en la piel de los tiburones. O que alguien pueda diseñar el perfil de un tren basándose en el pico de las aves. O que se pueda utilizar en un edificio un sistema de ventilación similar al de las esponjas marinas. La biomimética, como la gastronomía molecular y muchas otras áreas del conocimiento, son ejemplos imprescindibles para explicar que una de las claves de la inspiración es encontrar ámbitos interseccionales, mundos donde confluyen ideas que provienen de universos diferentes.

Y por eso para encontrar la inspiración es necesario aventurarse en los cruces de caminos, en los espacios cuajados de ideas mestizas y en todos los lugares donde la diversidad habita. Y luego dejar que las nociones, los pensamientos y las intuiciones se desinhiban y bailen, hasta que surja el inequívoco y sublime resplandor de la inspiración.

Cómo encontrar inspiración: 1# Newton y su manzana

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No hay tantas ideas buenas. El pensamiento original, el que es verdaderamente fresco y diferente, es elusivo e infrecuente. Por eso una buena idea, una gran idea, es un tesoro. Da igual el terreno del que se hable: empresa, ciencia, arte. Una idea genial es una gema. El asunto está en que, precisamente, las buenas ideas son escasas porque es muy difícil generarlas. Porque nacen de la inspiración, y la inspiración es un fenómeno que no se puede causar.

Llama la atención que, a veces, se lleven a cabo obras o productos de los que se dice que están “inspirados” en otras obras o productos, cuando lo que se debería decir es que son simplemente variaciones de la misma idea. Es decir, cuando en realidad lo que se ha hecho es imitar el pensamiento original de un artista, de un científico o de un emprendedor.

Las ideas que nacen de la verdadera inspiración no continúan líneas trazadas anteriormente, sino que inician derroteros propios. Eso es lo que hace que despierten interés y admiración, lo que hace que encanten y seduzcan. Son fascinantes, y sin embargo es difícil alumbrarlas.

Mientras que la creatividad, un fenómeno relacionado, aunque bien diferente, está muy estudiado, y se conocen muchas de sus entrañas y resortes, la inspiración sigue recubierta del mismo halo místico que ha tenido desde los griegos. Sobre todo, hoy conjeturamos, porque el hábitat natural de las musas se sitúa en los límites de la conciencia. Y actuar sobre algo que no es consciente del todo, o que no es en absoluto consciente, no es tarea fácil.

Decía David Ogilvy que las grandes ideas vienen del inconsciente, pero añadía que ese inconsciente debe estar bien informado, o las ideas que de allí surjan no serán relevantes. Aun dándole la razón, no resulta fácil ni evidente por sí mismo cómo alimentar esa parte de nosotros que no es consciente, y sobre la que, por tanto, no tenemos control.

Es conocida la leyenda de Newton y su manzana. Sin embargo, pocas veces se ha reflexionado sobre cómo y por qué un hecho aparentemente tan nimio (el caer de un objeto al suelo) desencadenó una idea de tan vasta proporción. La respuesta, evidentemente, no está en el fruto, sino lo que había bullendo en la mente del genial científico, en su bien informado inconsciente. En lo que sabía sobre el mundo. Pero, quizá sobre todo, en lo que no sabía.

Solo quien tiene grandes preguntas, grandes inquietudes o grandes deseos puede tener grandes ideas. Porque la inspiración no habita lo obvio ni lo evidente. Y rehúye lo mundano como los gatos rehúyen el agua. Es verdad que el inconsciente tiene que estar bien informado, pero también tiene que ser un inconsciente inquieto y curioso. Uno que, embobado viendo cómo cae una manzana al suelo, sea capaz de acabar concluyendo que los cuerpos celestes se atraen entre sí con una fuerza que es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellos.

5 claves de la formación: 5# Diversidad de estilos de aprendizaje

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La mayoría de las acciones de formación se realizan en grupo por una obvia cuestión de optimización de recursos y esfuerzos. Sin embargo, a menudo esa manera de proceder oculta un hecho tan importante como obvio, y es que cada ser humano aprende de una manera diferente.

Una persona puede perfectamente aprender algo escuchando o leyendo. Sin embargo, con toda seguridad, a su lado habrá otra que necesita relacionarse con la realidad de forma gráfica y que, por tanto, no acabará de comprender hasta que no vea un esquema o una ilustración. A su vez, junto a ella habrá otra persona que necesite practicar lo que está aprendiendo, puesto que hasta ese momento no tendrá la sensación de que realmente lo ha captado. Una persona más, en la misma aula, sentirá la necesidad de dialogar con sus compañeros sobre el objeto de aprendizaje, a fin de resolver sus dudas y preguntas.

Unos aprendemos más bien solos, y otros más bien en grupo, algunos somos de números, otros de letras y otros de imágenes. Hay quien es capaz de concentrarse durante largo tiempo en una misma tarea de aprendizaje, y también quien necesita cambiar constantemente de actividad. Hay personas que son capaces de resumir hasta el infinito, quedándose con una o dos ideas de toda una mañana de formación, mientras que otras son capaces de hablar durante toda una mañana a partir de dos simples ideas. Hay quien no comprende el aprendizaje sin diversión y juego, y también quien considera que la formación es el asunto más serio del universo. Y así hasta el infinito.

La consecuencia inmediata de este hecho es que en el diseño de procesos de formación ha de incorporarse la diversidad, como imperativo obvio del éxito. Si después de un tiempo determinado una persona siente que lo que está ocurriendo en un aula (real o virtual) no tiene nada que ver con su estilo de aprendizaje, lo más probable es que se desmotive, que no aprenda nada, o que no aprenda todo lo que podría haber aprendido.

Por ese motivo una clave ineludible de la formación es la creación de agendas ricas y variadas, en las que se pueda llegar a diferentes estilos de aprendizaje con actividades diversas: unas individuales, otras en grupo, algunas con letras o números, otras con imágenes y unas muy serias, pero otras muy divertidas. Solo así todos los participantes se sentirán integrados y, lo que es mucho más relevante en relación con el fin que se pretende, aprenderán de verdad