Televisión

El éxito del tamarismo en Netflix resucita las peores prácticas televisivas de Javier Sardà

Javier Sardà

El éxito del tamarismo en Netflix ha resucitado las peores prácticas de Crónicas Marcianas. El mítico show presentado por Javier Sardà se convirtió en uno de los programas más representativos de la televisión española de finales de los noventa y principios de los 2000. Su estilo irreverente y directo, siempre en la frontera entre el entretenimiento y la humillación, no dejó indiferente a nadie. Hoy, con el auge de plataformas como Netflix, esas viejas prácticas televisivas regresan bajo una mirada crítica e irónica en producciones como Superestar, de Nacho Vigalondo, quien interpreta a Joaquín Sardana, un personaje que recuerda inevitablemente a una versión paródica del propio Sardà.

En Superestar, Vigalondo construye un personaje que homenajea, con sarcasmo, el estilo provocador y cruel de Sardà. La narrativa, como ocurría en Crónicas Marcianas, satiriza el universo mediático y las tensiones entre espectáculo y moralidad. El personaje de Joaquín Sardana se mueve en un espacio donde la burla, la parodia y la humillación son moneda corriente. A su lado, un elenco de colaboradores integrado por Aníbal Gómez, Paula Púa, Esty Quesada, Javier Gurruchaga y Francine Gálvez, entre otros, aporta un aire irreverente a este universo de televisores rotos y personajes caricaturescos. La imagen que proyecta Superestar remite directamente a aquella televisión de los noventa que, a través de la sátira y el humor ácido, ofrecía una mirada descarnada sobre la sociedad. En Tiempo de Marte (antes Crónicas Marcianas), los colaboradores lanzaban verduras a Paco Porras, jugaban con el peluquín de Leonardo Dantés o se reían de figuras como Yurena. No había límites en lo que se podía decir o hacer en nombre del espectáculo. La televisión se convertía en un circo en el que lo más bajo y lo más cruel se mostraba sin pudor. En Superestar, esa misma esencia se reformula como homenaje y, al mismo tiempo, como crítica. El programa también recuerda con nostalgia a Día a día, rebautizado en la ficción como El Reino de las Mañanas. En este caso, la alusión es directa a María Teresa Campos, interpretada por su hija Terelu, en una revisión que evoca aquella era dorada —y no tan dorada— de la televisión. Este tipo de espacios, en su momento, se alimentaban del sensacionalismo, los conflictos y las humillaciones. Tal vez por eso hoy Crónicas Marcianas se recuerda con un sentimiento agridulce.

Kiko Hernández, uno de los rostros más conocidos de la televisión actual, ha criticado abiertamente las prácticas de sus antiguos jefes y compañeros. En 2022 aseguró que jamás volvería a trabajar con Sardà, a quien acusó de fomentar un ambiente de conflicto permanente. "Es una persona que está a gusto en el conflicto mientras se despelleja a los demás. Aviva fuegos, no te frena. No le veo buena gente", afirmó, abriendo una ventana hacia el lado más oscuro de aquel formato. Ya en 2021, Hernández había declarado en Sálvame que todo lo que ocurría en Crónicas Marcianas estaba guionizado, lo que añadía otra capa de artificio: lo que se presentaba como espontáneo no era más que un libreto cuidadosamente diseñado. Las críticas no terminaron ahí. Otros colaboradores también alzaron la voz. Mila Ximénez, en una entrevista en Chester en 2018, confesó que su paso por el programa fue la experiencia más humillante de su vida. Aunque cobraba 9.000 euros semanales, lo describió como un "corral de cerdos", donde todo se reducía a insultos y crueldades. Admitió que le permitió salir de una etapa complicada, pero dejó claro que, de poder, borraría por completo esa experiencia. El impacto de Crónicas Marcianas también alcanzó el ámbito legal. En 2005, el Tribunal Constitucional amparó a un hombre con discapacidad entrevistado en el programa, al considerar que Telecinco había vulnerado su derecho al honor y a la propia imagen al utilizar su vulnerabilidad como objeto de burla. La cadena fue condenada a pagar 15.000 euros de indemnización. Sin embargo, en 2010 el Tribunal Supremo anuló la sentencia y absolvió a Sardà y a su equipo. A pesar de estas polémicas, tanto Sardà como colaboradores como Javier Cárdenas han defendido siempre la legitimidad del espectáculo como forma de entretenimiento. Sardà se presenta hoy como un defensor de la ética desde un prisma socialdemócrata, mientras que Cárdenas, desde un perfil ultraconservador, adopta un discurso similar. Ambos coinciden en una postura que contrasta con la permisividad de aquellos años, cuando prácticamente todo estaba permitido en nombre del show.

Es cierto que resulta ventajista juzgar la televisión con la distancia del tiempo. Sin embargo, producciones recientes como El caso Alcàsser, Superestar, Arny, historia de una infamia o la nueva Súper Sara (sobre la figura de Sara Montiel) nos recuerdan que no todo tiempo pasado fue mejor. Aun así, lo que en los 90 parecía transgresor hoy se percibe como un juego casi inocente frente al contenido extremo que circula en plataformas como Kick, donde se llegó a emitir en directo el suicidio del economista Simón Pérez.

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