Blanc, Carme Ruscalleda toma las riendas en el hotel Mandarin Oriental

Por Iker Morán | 9:40 - 7/12/2017

Nombres como Jean Luc Figueras y hasta hace unos meses Ángel León con su Bistreau -embajada gastronómica de Aponiente en Barcelona- han pasado por el restaurante del hotel Mandarin Oriental. Una plaza complicada -los hoteles en general y un Gran Lujo en particular- a la que ahora se enfrenta Carme Ruscalleda. Aunque, en cierto modo, juega en casa: desde hace años ya dirige junto a su hijo Raül Balam, Moments, el restaurante gastronómico del hotel con dos Estrellas Michelin.

Pero desde primavera la chef catalana se ocupa de toda la gastronomía del hotel, empezando por Blanc. A este espacio le corresponde ser el restaurante más informal y polivalente del hotel. Tanto en una oferta gastronómica en la que tiene que haber cabida para unas tapas a cualquier hora (las croquetas que se sirven como aperitivo del menú son deliciosas, por cierto), como en unos precios más ajustados y muy correctos para el espacio en el que estamos y el exquisito servicio de sala. La apuesta es clara: una carta relativamente compacta que lleva la mirada hacia el interesante menú de temporada de cuatro platos y postre que por menos de 60 euros (bebidas aparte) permite asomarse a la cocina más popular y de mercado de la cocinera con más Estrellas Michelin del mundo.

Llegamos justo a tiempo para despedirnos del menú de otoño, aunque nos preguntamos si las fresas que acompañan a la coca de anguila ahumada con nabo, shiso y daikon son muy de temporada y aportan demasiado a un plato, por otro lado, muy sabroso. Nos topamos con algunos toques asiáticos en una cocina que trata de mirar principalmente al territorio y al mercado. Así lo demuestran platos como el salteado de setas y butifarra -no está siendo un buen año para las setas, pero el resultado es más que digno-y, lo mejor de la velada, una merluza de cocción perfecta, con migas, pil pil y unos tirabeques que dan un punto crocante. El emplatado es muy cuidado y las raciones son correctas para llegar bien a los cuatro pases y el postre, pero en algunos momentos se agradecería algo más de generosidad con, por ejemplo, esas estupendas migas que acompañan al pescado. El plato de carne se resuelve con una rica costilla de cerdo a baja temperatura que se anima con unos toques cítricos.

Vistoso, clásico y elegante el final con el carrito de postres que se acerca a la mesa para acabar el menú, y muy buena nota también para la extensa e interesante carta de vinos y la amplia oferta por copas, con precios entre 10 y 12 euros. Servicio de sala eficaz, discreto y muy atento, como cabe esperar del lugar.

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