Televisión

Óscar Cornejo echa la culpa a la política del final de Sálvame: "¡Es el dinero, estúpido!"

La nueva parada de la gira de despedida del productor de Sálvame por los periódicos coincide con la publicación de un nuevo código ético que Mediaset promulga para blanquear los realities que tanto dinero reportan a la familia Berlusconi. Despídanse de los abusos, el sexo en directo, los insultos, la violencia, las borracheras y demás recordados momentos.

¿Será porque peligraba la publicidad? A cambio de entretenernos con la sabrosa telebasura que esquilma nuestro cerebro, tan fácil de comer pero tan insana como una pizza barata, las televisiones generalistas vacían las arcas de sus anunciantes, locos por poner en el descomunal escaparate del duopolio sus productos para tentar a los millones de glotones que enterramos nuestros culos en el sofá, los que nos tragamos las colonias y los colchones viscolelásticos envueltos en tetas, broncas, cuernos, cotilleo, alegrías y sufrimientos de personajes que en realidad nos importan una eme pero a los que dedicamos horas de nuestra limitada existencia. Ese es el negocio de la televisión que bordó con envidiable eficacia, contante y sonante, Paolo Vasile durante un cuarto de siglo y que ahora quieren disfrazar de ética y ejemplar porque creen que el modelo está agotado y van a ganar más dinero cambiándolo.

Fue el mismísimo Felipe González quien se plantó en Italia para darle a Berlusconi la tajada española de este negocio, cediéndole, a cambio de algo, por supuesto, un pedazo de nuestro espacio radioeléctrico, o sea, una de las licencias para atontar al pueblo, el del pan y toros de toda la vida. Berlusconi, como Godó y otros imperios mediáticos beneficiados en el reparto, aceptó fingir que pasaba por debajo del futbolín (Felipe González quería el control político de la información) a cambio del trozo de pastel que se repartieron Telecinco y Antena 3 en abierto y el Canal Plus de pago de Polanco, el de "no hay cojones para negarme a mi una televisión".

Godó puso al socialista Juan Tapia en La Vanguardia para que el progresismo creciera en la Cataluña burguesa y nacionalista. Como él, todos doblaron sus principios editoriales por dinero. Solo 7 años antes, en 1982, Felipe González había jurado en arameo que si el PSOE gobernaba no permitiría la televisión privada. Como lo de la OTAN, más o menos. Después, González gobernó España hasta que muchos años después, el 4 de mayo de 1996, Aznar se instaló en la Moncloa.

Han pasado 35 años y han cambiado casi todos los grupos que controlaban los grandes canales pero Berlusconi, sin sus socios iniciáticos, sigue ahí, con unos cuantos miles de millones más, que es lo que le importaba entonces y lo que le importa ahora de su filial en España, que cotiza hace días en Holanda, como Ferrovial: ganar dinero.

Massimo Musolino, el que hoy controla i soldi, ya estaba en Fuencarral hace 30 años, más o menos cuando el judío rumano Valerio Lazarov le pasó las Mammachichos y toda la teleteta a Maurizio Carlotti. El mandato del mercader veneciano que luego controlaría Antena 3 era ganar dinero. Lo mismo hizo su sucesor, Paolo Vasile. Y lo mismo defiende a cambio de su salario Alessandro Salem. Y la política les importa menos que las monedas, como ya le han explicado a Borja Prado, que patalea pero comprende que es lo que hay.

Por eso resulta ingenuo que en medio de esta nueva transición, blanqueo, cambio de código ético y de dirección fiscal, el productor de Sálvame vuelva con su alegato, ahora desde El Mundo, para echar la culpa a Ayuso (es un decir) del fin de Sálvame y Deluxe, perdiendo no sé si la esencia de la libertad pero desde luego más de la mitad de su facturación anual. O sea, el dinero.

Oscar Cornejo quiere contarnos una vez más que su magnífica telebasura es el Don Quijote de la televisión, que sus guiñoles tarados van a ser quemados en la hoguera como víctimas del sistema, y que su amigo Jorge Javier Vázquez es Jesucristo, María Patiño es Marie Curie, que las hermanas Campos son Clara Campoamor y Coco Chanel, y Kiko Hernández es el Alfred Hitchcock del suspense en el plató. Pero los de Sálvame, como su programa, son efímeros a pesar de sus tres lustros en antena, y el caballero de Cervantes o el director de Psicosis no.

¡Es el dinero, estúpido!

El sistema ese al que alude Cornejo en su artículo de El Mundo, ese que, según él, "no es un monstruo sin cara, sino señoros que han construido una coraza de acero alrededor de su miedo", es exactamente el mismo que reconoció sus propias virtudes cuando hizo el Tomate y se lo quitó para entregarle después el poder y la productora que le ha hecho millonario. Porque daban dinero, no porque fueran los descubridores de la penicilina ni la libertad guiando al pueblo, aunque ellos también entendieran el inmenso poder de una teta en pantalla.

Jorge Javier Vázquez no es "el martillo que golpea nuestras conciencias", es un bufón inteligente, a veces genial, eficaz y rápido, pero es engreído, caprichoso, pagado de sí mismo, en ocasiones incontrolable, y además está tan forrado que puede mandar al guano a sus jefes si se harta, o estarse de baja lo que quiera diciendo que tiene apnea mientras se va de copas con su amiga Rociito, la misma que han vetado en su empresa por pesada y llorona, y por dividir a su audiencia.

Sálvame es un programa que ha dado tanto dinero como para hacerles una estatua a la entrada de Fuencarral. Pero eso de que "va sobre la vida, las relaciones humanas, las conductas a las que nos lleva nuestro tiempo y nuestra sociedad", es tan cierto como afirmar que el objetivo principal de la cadena de los Doce meses y las doce causas es hacer el bien y educar a la población.

Para disculpar los errores cometidos recurre Cornejo a la obviedad de que todo el mundo mete la pata. "Somos imperfectos, feos, malas personas en ocasiones, somos clasistas, egoístas, mezquinos, chulos y gilipollas". Tomamos nota.

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