Televisión

Autodefensa: manual para esnifarse una serie entre ¿Qué fue de Jorge Sanz? y Euphoria sin depilar

No le faltan méritos a Autodefensa, la miniserie loca de Filmin que parece estar de moda pero que no es para todo el mundo. Sin duda la virtud más reseñable es que ha logrado que hablemos de ella. También hay que apuntar en el haber de esta Euphoria catalana sin depilar la duración de los capítulos, de apenas un cuarto de hora.

Pillarle el punto a esta irregular producción no es sencillo pero tal vez la manera sea asumir que esta especie de falso documental disfruta de patente de corso para moverse sin control entre la ficción y la realidad, como ocurría (salvando las distancias) con aquella gamberra genialidad de David Trueba titulada ¿Qué fue de Jorge Sanz?

En los momentos de rechazo y vergüenza ajena que provoca Autodefensa (como ciertas conversaciones en presencia de niñas) es mejor pensar que estamos simplemente ante una comedia hiperbólica o metafórica en la que las protagonistas se autoparodian para reírse no solo de sí mismas sino de una parte de la generación a la que pertenecen. (Spoiler).

Hasta el apuñalamiento gordofóbico del inicio de la segunda temporada puede haber quien entienda que estamos ante un pretencioso relato reivindicativo, contracultural o lo que sea. Lo mollar es que, salvo capítulos de bajón, que los hay, funciona: engancha, despierta la curiosidad suficiente al espectador. Tal vez no sea curiosidad tanto por saber qué nueva chorrada va a suceder sino por averiguar cuántas líneas rojas van a pisar las dos taradas que protagonizan y dirigen el invento. No importa que estemos ante veinteañeras adictas, que se creen especiales, carecen de valores, proyecto de vida o la más mínima coherencia, y cuya gama de vocabulario se reduce a random, turbio, oye tía y poco más. No vale la pena despreciarlas porque se supone que son personajes, no personas. 

O sea, el guión es eficaz, la ambientación suficiente, en la medida en que crean un submundo, una atmósfera, y las interpretaciones son tan convincentes como para que nos creamos que las drogas que se comen llegan de verdad a sus cerebros.

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