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Los santos que miraban al cielo: Guido Reni, en el Museo el Prado

Foto: Dreamstime

La gran exposición de Guido Reni en el Museo del Prado -hasta el 9 de julio- es un triunfo del comisario David García Cueto, jefe del departamento de pintura italiana del museo, que ha sabido sacar oro de la infinita colección que atesora de la que solo una pequeña parte figura en la colección permanente. Una variante mas reducida de la exposición ya se presentó el pasado año en el Städel Museum de Fráncfort.

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El pintor barroco boloñés fue uno de los mas valorados en su tiempo tanto en su país natal como en España donde terminaron muchas de sus pinturas para las colecciones reales. En su taller, y con ayuda de sus discípulos, no solo produjo numerosas piezas, sino también incontables reproducciones de algunas de las mas conocidas. Este es el caso de las piezas más conocidas de las expuestas: los 'Hipomenes y Atalanta' del Prado -recién restaurado- y del Capodimonte napolitano casi idénticos y vecinos por primera vez. Sus grandes dimensiones: 206 x 297 centímetros dominan la sala principal de la exposición. Otras dos copias del propio Reni han desaparecido. En sus últimos años trabajaba incesantemente y vendía para hacer frente a las deudas de juego, el principal 'pecado' de un hombre religioso, incluso supersticioso y misógino -se cree que murió virgen- que no aceptaba compañía femenina ni entre los discípulos ni en el servicio.

Ese carácter iluminado, ascético e introvertido queda reflejado en el retrato firmado por Simone Cantarino, expuesto en la Pinacoteca Nacional de Bolonia que podemos admirar en el magnífico catálogo.

Al Rubens italiano la fama le duró un par de siglos, hasta que, con el Romanticismo, las que habían sido virtudes estéticas se convirtieron en lastre sentimentaloide. No volvió a un primer plano, aunque nunca con el brillo original, hasta la magna exposición de 1954 en Bolonia que consiguió que las pinacotecas poseedoras de sus obras las ascendieran de posición, pero siempre por debajo de los grandes maestros.

Uno ha podido pasar por delante de dos obras de tamaño reducido San Pedro y San Pablo, cuando estuvieran expuestas, sin dedicarlas una ojeada, ocultas tras la inmensa oferta, pero en esta ocasión llaman inmediatamente la atención dos hombres viejos mirando al cielo extasiados, pintados con un impactante realismo doloroso por un pintor que estaba a punto de alcanzar la entonces avanzada edad de 60 años. Es 'El Divino' en su más pura expresión, a pesar de que se encontraba ya decadencia

Ahí está el secreto de la exposición cuya base son las propias colecciones con algunos añadidos importantes como el impresionante 'El triunfo de Job', de mas de 4 metros de altura procedente de Notre Dame y prestado por el Ministerio francés de cultura tras su restauración. No son necesarias tantas obras maestras para transmitir 'el relato' ni tantas originales, ni siquiera la mitad de la 96 expuestas, pues se incluyen piezas de sus maestros: Denys Calvaert, Annibale Carrazi y su hermano Agostino, de sus contemporáneos Zurbarán, Ribera y Murillo y de su Némesis artística, Caravaggio, a quien primero admiró y con el que luego quiso competir. Lo que mas los separa no es el arte, sino la biografía.

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Da la impresión de que el arte religioso es el predominante en su creación -quizás por su propia religiosidad- de un magnífico San Sebastián recién restaurado y una cuanta virgen también mirando al cielo, como La Anunciación pintada en 1620 para la corona española expuesta al lado de la más humana Inmaculada de El Escorial de Murillo pintada 45 años después y que mira de frente. Otras parejas.

Pero no solo hay religión en su pintura sino también mitología, por supuesto la griega a través de Ovidio. La pieza más representativa es la que recoge la historia de 'Hipomenes y Atalanta', la ágil cazadora que no quería casarse pero que, frente a las presiones, aceptó que el pretendiente que la ganara en una carrera a pie la podría desposar, pero el que perdiera también perdería la vida. El astuto Hipomenes pide ayuda a Afrodita, que le da tres manzanas de oro que debería arrojar una a una al suelo para parar el ritmo de Atalanta, momento que refleja la pintura. La pareja se esposa, pero pierden el favor de Cibeles cuando su pasión los lleva a fornicar en un templo. La diosa les convierte en leones que son los que tiran de su carro en la famosa fuente neoclásica de la vecina plaza que lleva su nombre.

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