El presidente de Brasil fue reelegido anteayer, pese a los escándalos de corrupción de su partido"Esta victoria muestra que el piso de abajo llegó arriba", dijo un exultante Luiz Inácio Lula da Silva tras ser reelegido presidente de Brasil.No es un futbolista de éxito mundial hijo de la favela, pero nadie mejor que Lula simboliza el sueño de esos casi 60 millones de brasileños que viven en la pobreza (un tercio de la población). Entre ellos está el vivero de los más de 50 millones de votos que logró en 2002 y anteayer.Nació el 27 de octubre de 1945 en Vargem Grande, en Pernambuco, como séptimo de los ocho hijos de una de las parejas de campesinos con pocos recursos y analfabetos que hay a millones en Brasil. A los siete años, emigró con su familia al estado más rico del país, Sao Paulo, en busca de fortuna. Siendo aún un imberbe trabajaría de limpiabotas, tintorero..., hasta que, gracias a una beca, se formó como tornero mécanico. Años después se mudó a Sao Bernardo do Campo, donde, en 1969, en plena dictadura militar (1964-1985), Lula, apodo que Luiz Inácio agregó oficialmente a su nombre en 1982, fue elegido dirigente del sindicato metalúrgico. En 1975 asumió su presidencia y en 1980 fundó el Partido de los Trabajadores (PT), marxista y antisistema, por el que, restaurada la democracia, fue elegido diputado federal en 1986 con un récord de votos. Éste éxito le llevó a buscar, por primera vez, la jefatura de Estado en 1989.Acabó perdiendo, entre sospechas de pucherazo, frente a Fernando Collor de Melo. Dos años después, éste sería destituido por el Congreso acusado de corrupción. Lula volvió a intenar el asalto a la presidencia en las elecciones de 1994 y de 1998, y en ambas sería derrotado por el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso. Entonces, decidió cambiar su táctica y su imagen de "sapo barbudo" y diablo rojo que tenía entre empresarios e inversores extranjeros. Para ello, aprendió del camaleón: enterró la hoz y el martillo, se enfundó un traje de Armani, se recortó la barba, mejoró su inglés, posó y sonrió para la cámara en compañía de su esposa, se apropió del discurso económico ortodoxo de la oposición, pactó con el FMI e hizo de "Paz y amor" su eslogan de campaña. Para disipar las dudas de los industriales más suspicaces, convirtió en su candidato a vicepresidente al magnate textil José Alencar.La fórmula funcionó y, el 1 de enero de 2003, fue investido presidente y recibió como regalo una réplica de la espada de Simón Bolívar de manos de Hugo Chávez. Por fin podría acabar con la corrupción y hacer realidad la misión de su vida: "Que todos los brasileños puedan desayunar, almorzar y cenar cada día". Pero Lula nunca ha desenvainado esa espada; definitivamente ha abandonado la senda revolucionaria. Su misión se ha quedado en un lema más efectista que efectivo: "Hambre Cero". Y en cuando a la corrupción, ha embadurnado hasta las cejas a su PT y a su Gobierno. Ello le ha hecho perder el apoyo de no pocos viejos camaradas de armas que ya no le reconocen. A cambio, el "sapo" fue abrazado por los hombres de negocios y la comunidad internacional y se convirtió en Príncipe, de Asturias de la Concordia, nada menos, en octubre de 2003. Cuatro años después, la mayoría de los brasileños todavía se creen el cuento y tienen fe en que, con Lula, otro Brasil es posible.