Centrará sus esfuerzos en dirigir Gecina y en crear su nuevo negocio español con Bami madrid. Para Joaquín Rivero ayer no tuvo que ser un día fácil. El empresario jerezano tuvo que marcharse de uno de los territorios que forman parte de un reino que tardó en conquistar diez años. Para ello, Rivero bajó del trono de Metrovacesa para cedérselo a su rival Sanahuja. Un paso cargado de nostalgia si se mira hacia el pasado. Pero este no es el caso del ejecutivo andaluz, ya que le espera un futuro prometedor de la mano de la niña de sus ojos: la compañía francesa Gecina. Por la mañana, Rivero presentó su dimisión como presidente de Metrovacesa en el consejo de administración de la inmobiliaria. Un acto que no hizo sólo, pues sus fieles aliados también hicieron lo mismo. Así Victoria Soler y Manuel González salieron de Metrovacesa. Por su parte, José Gracia e Ignacio López del Hierro renunciaron a sus cargos en la comisión ejecutiva, aunque permanecerán como consejeros hasta el 21 de diciembre. Hasta la misma fecha estarán en el consejo Juan Ramón Ferreira y Emilio Zurutua. Ahora Joaquín y sus socios tienen varias tareas: por un lado, dirigir Gecina y, por otro lado, crear su imperio español con su nueva compañía llamada Bami. La primera de esas tareas no requerirá demasiados esfuerzos por parte de Rivero, ya que lleva desde hace dos años manejando las riendas de Gecina. En cambio, la segunda tarea supondrá más trabajo para el ejecutivo, pues deberá empezar desde cero en el negocio del ladrillo español. Un mundo que conoce al dedillo y que le ha proclamado el rey de las opas. Experiencia no le falta al empresario andaluz, que goza de prestigio por su manera de gestionar compañías. Sus inicios se remontan a 1997 cuando compró al Banco Central Hispano (BCH) su paquete accionarial de Bami. Una inmobiliaria que arrastraba unas pérdidas de tres millones de euros. A golpe de talonario se hizo con el control de la compañía y en un año le dio la vuelta a las cuentas. Su ambición empresarial se colmó un poco con la adquisición de Zabálburu en 2000. Con el apoyo de varias cajas y 300 millones de euros, se hizo con las riendas de la inmobiliaria de Ibercaja y Tabacalera. Una vez conseguido su trofeo, el ejecutivo fusionó las dos inmobiliarias. Sólo tardó dos años Rivero para volver a hincar el diente al mercado inmobiliario español. Su siguiente víctima fue Metrovacesa, al adquirir el 24 por ciento que tenía el BBVA de esta compañía. En un intento de asalto de los italianos Caltagirone y Marchini, el empresario consiguió aliados españoles para tomar el control de Metrovacesa. En 2005, no lo dudó y conquistó la joya francesa que se quedará: Gecina.