Opinión

¿Empobrece tu moneda o empobrécete a ti mismo?



    No hay en el mundo ningún grupo significativo de países que busque apreciar su moneda.

    No son muchos los países que hoy día buscan un tipo de cambio elevado; unos pocos, incluidos los sistémicamente importantes, están debilitando activamente sus monedas. Sin embargo, como el tipo de cambio es un precio relativo, todas las monedas no pueden debilitarse simultáneamente. La forma en que el mundo resuelva esta inconsistencia básica durante los próximos años tendrá un importante impacto sobre las perspectivas de crecimiento, empleo, distribución del ingreso y funcionamiento de la economía mundial.

    Japón es el último país en decir basta. Después de que su moneda se apreciase en gran medida durante los últimos años, el nuevo Gobierno del primer ministro Shinzo Abe está tomando medidas para modificar la dinámica del tipo de cambio del país, y lo está logrando. En tan sólo dos meses, el yen se ha debilitado más del 10 por ciento respecto del dólar y casi el 20 por ciento respecto del euro.

    Los líderes europeos ya han expresado sus reservas sobre las acciones japonesas. La industria del automóvil estadounidense se alzó en armas. Y, hace unos pocos días, Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, advirtió públicamente de que el mundo afronta una perjudicial y, en última instancia, fútil ronda de depreciaciones competitivas del tipo de cambio o, más brutalmente, una guerra de divisas (término utilizado previamente por Brasil para expresar preocupaciones similares).

    Por supuesto, Japón no es el primer país en seguir este camino. Varias economías avanzadas y emergentes lo precedieron, y sospecho que muchas lo seguirán. Hace apenas más de un año Suiza sorprendió a muchos cuando anunció, e implementó estrictamente, un umbral a partir del cual no permitiría que su moneda se revaluara frente al euro. Y, recuerden, el modelo de funcionamiento de ese país durante siglos ha sido el de proporcionar un puerto seguro al capital extranjero.

    No es necesario ser economista para darse cuenta de que, si bien todas las monedas pueden despreciarse (y lo hacen) respecto de otra cosa (como el oro, la tierra y otros activos reales), por definición no pueden debilitarse todas respecto de las demás. Para que algunas monedas se devalúen, otras deben apreciarse. Aquí es donde la cosa se pone interesante, compleja y potencialmente peligrosa.

    No hay en el mundo ningún grupo significativo de países que busque apreciar su moneda. Algunos resisten activa y abiertamente la apreciación y otros lo hacen de manera menos visible. Sólo la zona del euro parece aceptar ser blanco de las acciones de otros países.

    Nada de esto carece de antecedentes, y mucha erudición demuestra por qué estos enfoques de empobrecer al vecino tienen resultados colectivos nocivos. De hecho, existen acuerdos multilaterales para minimizar este riesgo, incluidos aquéllos del Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio.

    Sin embargo, cuando la situación lo exige, un país tras otro se ve arrastrado a secundar un resultado potencialmente dañino para la economía mundial en su conjunto. Aún peor, este proceso todavía no se ha registrado seriamente en la agenda multilateral de políticas.

    Los motivos son varios, desde la situación bastante debilitada de la gobernabilidad multilateral hasta la urgencia de las cuestiones locales que actualmente requieren la atención de los responsables nacionales de políticas. Pero hay algo más: las causas del aprieto actual son difíciles de comprender y contrarrestar eficazmente.

    A diferencia del pasado, la amenaza de las guerras de divisas no está directamente relacionada con desequilibrios comerciales y crisis del balance de pagos. Más bien, un motivo significativo es la búsqueda de medidas experimentales por parte de los bancos centrales más importantes para compensar las inadecuadas políticas y las disfunciones del sistema político en otras partes.

    Si el mundo desea evitar graves daños es importante entender las dinámicas en funcionamiento. La siguiente es una descripción simplificada: frente a un escaso crecimiento y elevado desempleo, y con los restantes responsables de políticas empantanados al margen, un banco central como la Reserva Federal estadounidense siente que no tiene más opción que adoptar una política monetaria muy acomodaticia. Como las tasas de interés de intervención han encontrado su suelo en cero, se ve obligado a adentrarse aún más en el desconocido reino de las políticas no convencionales.

    El objetivo, según volvió a afirmar en diciembre Ben Bernanke, presidente de la Fed, es "empujar" a los inversores a tomar más riesgos. Específicamente, se espera que un repentino aumento artificial de los precios de los activos haga que la gente se crea más rica y sea más optimista, disparando así efectos riqueza e instintos animales que estimulen el consumo y la inversión, promuevan la creación de empleos y, en ese proceso, validen los precios artificiales de los activos.

    En la práctica, la estrategia no ha resultado tan sencilla. Además, parte de la liquidez que la Fed inyecta se desplaza a los mercados financieros de otros países. Observen el aumento de los flujos de capital a los mercados emergentes como resultado de la búsqueda de mayores rendimientos financieros por parte de los inversores. Para complicar aún más las cosas, estas entradas de fondos están cada vez menos conectadas con los fundamentos económicos y financieros de los países receptores.

    Muchos inversores también sienten la necesidad de equilibrar inversiones cada vez más especulativas (posicionamientos satélite) con inversiones mucho más seguras (posicionamientos centrales). Para cumplir este último objetivo recurren a países administrados con prudencia, presionando al alza también a sus monedas -y, nuevamente, más allá de lo justificado por sus fundamentos locales-.

    No sorprende que cada vez más Gobiernos estén preocupados por la apreciación de sus tipos de cambio. Además de los dolores de cabeza por las políticas de corto plazo, la apreciación de las monedas conlleva costes potencialmente significativos en términos del vaciamiento de los sectores industriales y de servicios. Entonces, después de una combinación variada de tolerancia y respuestas heterodoxas, los funcionarios se ven obligados a relajar su propia política monetaria para debilitar las monedas de sus países o, como mínimo, limitar su velocidad de apreciación.

    Este período de crecientes inconsistencias en la política podría resultar temporal y reversible si los bancos centrales tienen éxito en alejar rápidamente a las economías de sus malestares y si los países reconocen que es necesaria, y urgente, una mayor coordinación de políticas transfronterizas.

    El riesgo es que el fenómeno conduce a trastornos generalizados, ya que los desafíos cada vez más difíciles a las políticas nacionales avivan las tensiones regionales y el sistema multilateral resulta incapaz de reconciliar los desequilibrios de manera segura. Si los responsables de políticas no son cuidadosos -y afortunados- la magnitud de este riesgo aumentará significativamente en los próximos años.