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Windsor, moderna cocina catalana de confort en un piso altoburgués

Restaurante Windsor, en Barcelona Imagen: www.restaurantwindsor.com

Su propuesta gastronómica incluye carta de tapas y medias raciones y cócteles

Un paseo umbroso por la señorial calle Córcega, en ese discreto tramo que la lleva, de la distinguida Rambla de Catalunya hasta la voraz Balmes, nos descubrirá el Windsor, un elegante restaurante aposentado en los bajos de una noble casa del Eixample barcelonés. Un enorme piso que hace ya años cambió antiguos fastos altoburgueses por contemporáneas copas, risas y gastronomía. Aquí, cuando se llamó Bel Air, en los 80 del XX, Ferran Adrià se inició en los secretos de la asesoría culinaria?

Hoy, sin embargo, el Windsor, aunque manteniendo la misma grandeza estética, se ha lanzado con éxito al siglo XXI. Cierto que su cocina, generada por Carlos Alconchel, un chef de la casa, no se va mucho más allá de la cocina burguesa y confortable de inspiración catalana; pero sí se han abierto horizontes en determinadas armonías, en apuradas cocciones, en hechuras y diseños con gracia. Confort bien ejecutado, sin sorpresas y que nunca falla. No está nada mal en estos días?

Pero Joan Junyent, su propietario, no olvida que la gastronomía es un todo experiencial. Y de ahí el reciente "aggiornamento" del espacio, que por fin se ha liberado de paredes y se ha abierto a la fantástica terraza interior. El Windsor es otro. La entrada, ampliada; el bar, modernizado; el mobiliario, renovado? Aunque permanecen las grandes arañas, los sugestivos espejos, los cuadros, el lujo ambiental? Modernidad con ensoñaciones clásicas. Se puede comer tanto en los salones como en la terraza, cualquiera de sus cartas, bien la canónica, bien la de tapas y medias raciones. Se siente opulencia, pero bulle versatilidad, jovialidad, frescura.

Empiezan a salir los platos? Dado de atún marinado con soja, jengibre y puré de maíz. Toques? Interesante y de exacta factura la hamburguesa de vieira con dados de melón picante, judías verdes y diferentes mostazas. Sensaciones acordadamente yuxtapuestas, feeling bribón. Foie gras poelé con higos y avellanas: limpio, perfecto. Arroz de gambas con fondo cremoso de sus corales: impecable en la forma y elegante en el sabor sin renunciar, no obstante, a la potencia de las cabezas. Espaldita de cabrito a baja temperatura con espárragos y zanahoria. Nada que objetar. Impecable. Luego, de postre, un gin tonic deconstruido para bajar de las robusteces anteriores y todo un clásico catalán contemporáneo: la crema catalana en sifón con helado de toffee y limón. ¿Demasiado vigor? Entonces mejor la otra carta, en la que menudea el producto (caviar, ostras o salmón), ensaladas con guiño, cazuelitas de pescados y carnes cachondas.

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