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Vivir en un flotador

Parece una tortuga gigante con caparazón de paneles solares varada en mitad del océano. Pero en su interior se esconde el nuevo Solar Floating Resort, un complejo hotelero que explora las nuevas herramientas que brinda la tecnología para la industria arquitectónica, el turismo más exótico y el uso de energías renovables.

La energía solar está de moda, sobre todo en zonas cercanas a la costa que disfrutan de sol y buenas temperaturas gran parte del año, y es la principal fuente de alimento de la que se nutre este eco-hotel flotante, el último proyecto del diseñador italiano Michele Puzzolante. Este mestizo de yate y submarino contiene gracias a los paneles fotovoltaicos una batería que le autoabastece, generando la misma energía que consume y que no contamina. En él se unen las tendencias de los hoteles de primera línea de playa y los grandes resorts que ocupan el entorno natural de las islas paradisiacas.

La pieza clave de la estrcutura es su exoesqueleto de resina reforzada con fibra de vidrio y madera de balsa, que contará con un equipaje extra de paneles protectores destinados a evitar desperfectos de mayor gravedad en caso de lluvias o temporales. En la parte inferior -en la bodega o el estómago de la tortuga- encontramos una pareja de habitaciones individuales y otra de habitaciones dobles convenientemente equipadas con un baño individual. Disponen, además, de una cocina común, un comedor, un área de recreo y la habitación de pilotaje de hasta 110 metros cuadrados, todo decorado al más puro estilo de la Toscana. En cubierta, los clientes disponen de una gran terraza semicircular donde pueden relajarse y echarse una siesta en alguna de las hamacas. Pero más codiciadas que las vistas del cielo y el batir de las olas son aquellas que se pueden conseguir en la pequeña cabina circular de paredes acristaladas que sobresale de la base de la estructura y que se clava en el mar como un aguijón. En ella, a la cual se accede por una escalera de caracol, los clientes pueden disfrutar de unos preciosos momentos de silencio y soledad contemplando el fluir de la vida marina, sintiéndose como el muñequito del buceador que siempre encontramos al fondo de una pecera.

El principal punto negativo es el limita aforo que puede albergar, lo que -por encima del lujo y la sofisticación- pone la nota definitiva a su exclusividad: sólo acoge hasta un máximo de seis personas, seis afortunados que podrán disfrutar de dormir con total privacidad y tranquilidad en una cuna de agua y sumergirse para encontrarse cara a cara con los peces y el rico ecosistema marino bajo la superficie.

(imágenes: www.toppli.com)

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