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220º aniversario de una de las mayores complicaciones relojeras de todos los tiempos: el Tourbillon

  • Entre los compradores figuran varios soberanos y aristócratas rusos
  • El Tourbillon pertenecía a la relojería de uso científico, no a la relojería de uso civil
  • El invento del Sr Breguet reapareció en los años 80 en la reducida caja de los relojes de pulsera
Breguet 1176, reloj Tourbillon, vendido en 1809 al conde Potocki
Madrid

En 2021 se celebra el 220º aniversario de una de las mayores complicaciones relojeras de todos los tiempos: el Tourbillon. La invención de este ingenioso mecanismo, de una complejidad sin igual, fue el centro de una verdadera aventura humana que aún hoy contribuye en gran medida a la notoriedad de su creador, Abraham-Louis Breguet, y de su Maison.

Los inventos técnicos son la expresión de una época y rara vez sobreviven al paso del tiempo, pues acaban siendo arrastrados por las olas de un progreso continuo en el que una innovación anula a la otra. Pero hay algunas excepciones…

Desarrollado hace 220 años por Abraham-Louis Breguet (1747-1823) y considerado una de las mayores complicaciones de todos los tiempos, el Tourbillon nunca había estado tan vivo en la Alta Relojería como hoy. No solo sigue desarrollándose en la Maison, su depositaria, sino que ha sido adoptado por muchas marcas relojeras, pues Breguet lo patentó en 1801… ¡y solo por diez años! También inspiró a otros investigadores a lo largo del siglo XIX, como a Bahne Bonniksen, quien a partir del mismo principio creó el Carrusel.

La fascinación por el invento de Breguet se origina en la propia génesis de esta proeza: el Tourbillon no es un objeto de arte mecánico, sino el resultado de observaciones físicas precisas; una verdadera aventura humana y una epopeya industrial en sí. En este 2021 tan especial, la Maison Breguet rendirá tributo al ingenio de su fundador y a la aventura del Tourbillon con distintas iniciativas y con la celebración de una novedad el 26 de junio. Ese día se conmemora el aniversario de la obtención de la patente. Fue el 26 de junio de 1801, o 7 de mesidor del año IX, como fijaba el calendario en aquel entonces en una Francia que acababa de asistir a una revolución memorable.

Los orígenes del Tourbillon

El Tourbillon emana del espíritu brillante de un hombre con una rica experiencia. Abraham-Louis Breguet nació en Neuchâtel, Suiza, en 1747. Allí inició su aprendizaje como relojero, que continuó en Versalles y París, donde llegó a los 15 años. En la capital francesa, resplandeciente faro para el mundo entero, el joven Breguet siguió una formación teórica en el Collège Mazarin que lo convirtió en un hombre con una cultura científica muy sólida, en particular en matemáticas y física. Un ingeniero adelantado a su tiempo. Cuando Breguet presentó su idea y solicitó una patente a las autoridades, ya tenía una larga carrera a sus espaldas, pues había instalado su propio negocio en la Ile de la Cité en 1775. Sus relojes automáticos, llamados «perpétuelles», sedujeron al rey Luis XVI y a la reina María Antonieta, y posteriormente a toda la corte de Versalles. Sus numerosas innovaciones técnicas, su sentido del diseño, sobrio y minimalista, lo convirtieron en un innovador de prestigio internacional. Su nombre fue haciéndose cada vez más conocido en las principales capitales y todos empezaron a imitarlo.

La búsqueda de la precisión

Obligado a regresar a su país natal en 1793 para protegerse de los excesos de la Revolución Francesa, Breguet vivió dos años en Suiza, concretamente en Ginebra, Neuchâtel y Le Locle. Fue un retiro saludable, un período de intenso trabajo intelectual y de intercambio con los relojeros suizos, tanto los de Ginebra como los del Jura de Neuchâtel. A su regreso, sus reflexiones contribuyeron a dar un segundo impulso, realmente deslumbrante, a su carrera.

En los cinco años posteriores a su regreso a París, que tuvo lugar en la primavera de 1795, la Maison presentó a su clientela, ya internacional y cosmopolita, productos innovadores como el reloj de tacto (que permite leer la hora mediante el tacto), el péndulo simpático (en el que un péndulo pone en hora y regula un reloj colocado en la parte superior), el reloj de suscripción (asombrosamente minimalista), un nuevo escape denominado «de fuerza constante» y un nuevo dispositivo llamado «regulador de Tourbillon».

Desafiando las leyes de la física

A fuerza de reflexión y de observación, Breguet adquirió una perfecta comprensión de los elementos que pueden perturbar la precisión de los relojes, especialmente en el interior del escape. Era el único de su profesión que, por su recorrido profesional, había asimilado y sintetizado los logros de las tres naciones relojeras de aquella época (Suiza, Francia e Inglaterra, que visitó varias veces y donde frecuentó en particular a John Arnold), pero también era consciente de que por sí solo no podía resolver todos los problemas de dilatación de los metales y de estabilidad de los aceites, así que sorteó el problema para tratarlo mejor «compensando» los efectos de las leyes físicas que producen las deformaciones de los órganos vitales del reloj y alteran la regularidad de la marcha. Dicho de otra forma: como no podía cambiar las leyes de la gravedad terrestre, optó por «dominar» sus efectos.

El significado de una palabra

¿Quién más que Breguet podía proponer un proyecto como ese, científicamente sólido y al mismo tiempo un poco optimista? Toda esa coyuntura fue necesaria para que naciera el proyecto bautizado por su inventor como Tourbillon, una palabra cuyo significado es con frecuencia mal interpretado, ya que se refería a la astronomía en un sentido hoy ya olvidado. Como se recoge en los grandes diccionarios del siglo XIX, que evocaban tanto a Descartes como a la Enciclopedia, la palabra servía para designar tanto un sistema planetario y su rotación sobre un eje único como la energía que hacía girar los planetas en torno al Sol. Lejos del significado actual de «rotación violenta» o de «tormenta incontrolable», la palabra elegida por Breguet es la de un hombre de los tiempos de la Ilustración que observaba el mundo antes de imitarlo, haciéndose eco de los filósofos del siglo XVIII que veían en la relojería una representación miniaturizada del cosmos. Y, en efecto, cómo no ver un pequeño mundo bien ordenado en este mecanismo que reúne el órgano regulador (volante espiral) y el órgano de distribución (rueda de escape y áncora) en una jaula móvil que gira con la regularidad de los planetas…

Un camino tan largo

Si consideramos que el Tourbillon maduró en el espíritu de Breguet entre 1793 y 1795 (durante su estancia en Suiza), pasaron seis años entre su regreso a París y la obtención de la patente, el 26 de junio de 1801. Transcurrieron otros seis años entre la obtención de la patente y las primeras ventas, que empezaron muy lentamente. Se comprende entonces que probablemente Breguet subestimó las dificultades de puesta a punto de este nuevo tipo de regulador –otro efecto de su habitual optimismo– y que los «gastos considerables» y los «sacrificios» que mencionó en su carta al ministro del Interior no cesaron en 1801… Abraham-Louis Breguet necesitó más de diez años para desarrollar y fiabilizar este invento extremadamente complejo. El maestro hablaba de su invento cada vez que podía y aprovechaba las exposiciones nacionales de Productos de la Industria que se llevaban a cabo en París en 1802, 1806 y 1819 para elogiar este mecanismo gracias al cual los gardetemps «conservaban la misma precisión de marcha, sea cual sea la posición, vertical o inclinada, del reloj». Seguro de la pertinencia de su invento, que se podía incorporar en varios tipos de relojes, Breguet y sus colaboradores realizaron 40 Tourbillons entre 1796 y 1829, a los que se añadieron otras 9 piezas que nunca fueron terminadas y que figuran en los libros como pasadas a pérdidas y ganancias, desechadas o perdidas…

Un patrimonio venerado e inspirador

Precioso testimonio de un pasado fecundo, los Tourbillons de la época del inventor fascinan desde siempre a los coleccionistas, los historiadores y los grandes actores de la relojería, desde Jorge IV de Inglaterra hasta Sir David Salomons, desde George Daniels hasta Nicolas G. Hayek. Una docena de piezas se conservan en museos: tres forman parte de las colecciones del Museo Breguet, cinco se conservan en el British Museum y en otros museos de Inglaterra, otros en Italia, Jerusalén y Nueva York. Otros quince están en manos de coleccionistas privados. Recientemente se han vendido dos piezas en subastas. En total, casi 30 de las 40 piezas han sobrevivido, una proporción que dice mucho de la fascinación que suscita el Tourbillon.

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