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Así son los Bombos de Tomelloso, una de las maravillas del turismo rural

  • Se construyeron en el siglo XIX como vivienda y refugio
  • Estas construcciones forman parte de la Ruta de Don Quijote
  • Los expertos han solicitado que los incluyan como Patrimonio de la Humanidad
Bombos de Tomelloso
Madrid

Pese a que el 80% de la población española vive en ciudades y se espera que alcance el 88% para 2050, hoy en día siguen existiendo joyas arquitectónicas que evidencian cómo era la vida en el interior de España y que sirven como reclamo para el turismo rural.

Un ejemplo son los bombos de Tomelloso, seña de identidad de la ciudad manchega que enriquecen su paisaje. Estas construcciones están integradas en tramos de la Ruta de Don Quijote, declarada Itinerario Cultural Europeo, que discurre por el territorio de la región de Castilla-La Mancha siguiendo las andanzas del caballero Don Quijote, protagonista de la universal obra de Don Miguel de Cervantes.

Pero... ¿qué son exactamente? El bombo es la vivienda típica del agricultor tomellosero, que servía de refugio ideal en las tareas del campo. Tiene su origen a partir de la segunda mitad del s. XIX, como consecuencia de la extensión del cultivo de la vid, utilizándose como morada durante las faenas agrarias. En esa época, los agricultores no podían ir y volver al pueblo en un mismo día, por lo que tuvieron que levantar este tipo de instalaciones para albergar a los labradores, dar cobijo a los animales y guardar sus herramientas durante las jornadas campestres.

Están fabricados de forma natural con la piedra del lugar (lajas o lanchas), desenterrada por el arado y amontonada en las lindes. La cimentación requiere una esmerada técnica, ya que se realiza piedra sobre piedra sin utilizar ningún tipo de argamasa para su unión.

Una construcción laboriosa

Con forma circular, su construcción no era sencilla. Tal y como explica Lorenzo Sánchez López en su libro El bombo tomellosero, espacio y tiempo en el paisaje, las piedras más grandes se colocaban en la parte más baja, se abría una zanja de unos 40 cm para poner los cimientos, se amontonaban formando dos muros en círculo verticales y paralelos, dejando en ocasiones hasta un espacio de un metro de anchura, que posteriormente se iba rellenando con piedra suelta de menor tamaño, dando la impresión de ser un solo muro.

A partir del 1,40 m de altura se iniciaba la vuelta cónica desde donde parte el arranque de la falsa cúpula, el constructor hacía volar ligeramente cada hilada circular y concéntrica, cada vez más pequeñas conforme se acercaban al eje del círculo. La hilada final acaba por formar un anillo de pocos centímetros de apertura, que se cubre con una piedra gruesa.

En su interior se puede encontrar, entre otros, la chimenea para el fuego, los poyos para el descanso, las hornacinas a modo de alacenas, las estacas clavadas en las paredes o ganchos donde principalmente se colgaban los aperos al terminar las faenas y la zona de la cuadra para los animales, los cuales proporcionaban calor durante la noche.

La singularidad de estas construcciones fue acogida con gran interés por los participantes del I Congreso de Arquitectura Rural en piedra seca y solicitaron a la UNESCO la declaración de los Bombos como Patrimonio de la Humanidad.

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