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Cristóbal Balenciaga, Coco Chanel o Antoni Gaudí, embajadores del verano regio

  • A finales del XIX y comienzos del XX la realeza veraneaba en el norte
  • Hecho que permitió a los tres artistas comenzar sus carreras
  • Y, además, profundizar en el trabajo que les llevó a la fama
Coco Chanel, Cristóbal Balenciaga y Antoni Gaudí
Madrid

Hubo una época no muy lejana donde lo del moreno marbellí no estaba de moda, como tampoco las playas del famoso pueblo de pescadores. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la realeza española y europea huía del sol y de las altas temperaturas para disfrutar de la costa, pero de otra manera. Así, la corte de Madrid se esfumaba del abrasador calor madrileño -eso sigue sucediendo- para disfrutar de los 20 grados de la cornisa cantábrica. Una tendencia que no solo fue un motor económico para las localidades del norte, sino que les hizo testigo del nacimiento de tres grandes del arte del siglo pasado: los diseñadores Coco Chanel y Cristóbal Balenciaga o el arquitecto Antoni Gaudí.

Los primeros en poner de moda eso de viajar a otras partes del país durante el verano fue la releza francesa y la británica. En concreto, el matrimonio de Napoleón III y Eugenia de Montijo, emperador de Francia y consorte, impulsaron el turismo en la ciudad gala de Biarritz, al construirse su residencia estival en 1855. Aquí, en España, fue la reina Isabel II la primera en acudir a San Sebastián, en 1845, para tomar baños terapéuticos (estancias de verano que repitió en otras localidades vascas como Zarautz o Lekeitio).

Ya después, fue la reina María Cristina, quien comenzó a viajar a San Sebastián en busca de un mejor clima para la delicada salud de su hijo y rey, Alfonso XIII. Un tiempo de relax que la regente repitió casi todos los veranos hasta su muerte, en 1929.

De esta manera, entre el matrimonio emperador y la famosa regente posicionaron el entorno del golfo de Vizcaya como el destino veraniego obligado de aristócratas, políticos y burgueses. Una influencia noble que se extendió a toda la cornisa cantábrica. Un ejemplo claro es el municipio de Comillas, que vio como la realeza y los adinerados españoles que venían de las indias comenzaban a gastarse su fortuna en grandes mansiones o en vestidos de alta costura.

Fruto de ese éxodo estival regio vio la luz la esencia española de Balenciaga, que más tarde le hizo triunfar en París, las cómodas prendas de punto de Chanel, una de sus señas de identidad; o las bases del modernismo de Gaudí, que más tarde encontró su máxima expresión con la Sagrada Familia o la Casa Batlló, ambas en Barcelona.

Guetaria y lo español

El museo de Cristóbal Balenciaga en Guetaria

Cristóbal Balenciaga se exilió a París en el verano de 1937 y como Julio César, fue, vio y venció: conquistó al mundo con su primera colección de alta costura en agosto de ese año. Y lo hizo sin ayuda del azar: tenía 42 años, una vasta experiencia como modista y un bagaje artístico notable que mamó desde pequeño, gracias a esa aristocracia que eligió vacacionar en el norte. En concreto, el Balenciaga niño se crió rodeado de obras de algunos de los artistas más importantes de España, como Velázquez, Pantoja de la Cruz o Goya; porque su madre, Martina Eizaguirre, trabajaba como costurera en el palacio de verano Vista Ona de los marqueses de Casa Torres, en la ciudad vasca de Guetaria. Un edificio que hoy tiene anexo el museo del diseñador.

Esta relación con el marquesado y con la costura definió el futuro del artista y su posterior éxito internacional en el mundo de la moda. Miren Arzalluz, en su libro Cristóbal Balenciaga. La forja del Maestro (1895-1936), argumenta cómo la infancia y pubertad del diseñador fue determinante para lo que pasó más tarde en París. Porque, más allá de la relación laboral y posible mecenazgo de los marqueses, fue la estancia en Vista Ona la que permitió a Balenciaga entrar en contacto con el arte español. Un imaginario que aprendió casi por ósmosis durante su infancia y que supo aplicar con inteligencia en su primera época parisina, pues el arte español estaba de moda, a raíz del traslado de las obras del Museo del Prado a Ginebra o la presentación del Guernica de Picasso en la Exposición Internacional de París de 1937.

Además, a finales de la década de los treinta la tendencia que dominaba París era el historicismo. "Los vestidos de noche se presentan a varias influencias, entre las que prevalecen el estilo Renacimiento y el estilo de finales del siglo XIX", escribió la publicación especializada L'Officiel sobre las colecciones del invierno de 1938.

Biarritz y el punto

La localidad de Biarritz

La influencia del sur de Francia en Coco Chanel no fue tan definitoria, pero sí marca un comienzo en la carrera de la joven diseñadora en la alta costura. De hecho, se puede decir que es en Biarritz donde Chanel asienta el exitoso negocio que había comenzado en Deauville. Uno que entendió el punto, la moda deportiva y las siluetas relajadas como lo más adecuado para periodos de guerras.

Deauville, al igual que Biarritz, es una localidad costera de Francia donde acostumbraba a veranear la aristocracia parisina. Allí, montó una tienda en 1913, donde vendía sombreros y ropa deportiva para la burguesía. Así, huyó de los corsés y plumas de Poiret o la rectitud de Worth para apostar por unos atuendo sueltos y llenos de naturalidad. Unas prendas que además confeccionó con punto, un material denostado por entonces pero que la diseñadora dotó de elegancia a través de vestidos sencillos de color gris o azul. Esta novedad, cuenta Axel Madsen en su libro Coco Chanel, fue muy bien acogida antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, pero también durante la misma."(Coco) se dio cuenta de que la guerra exigía una moda hecha de restos, una moda de aprovechamiento, una moda a la vez sencilla y funcional", explica el libro.

Este mismo concepto de moda lo repitió en Biarritz, donde Chanel siguió experimentando con el punto y confeccionando vestidos camiseros, jerséis holgados o túnicas. Prendas cómodas que servían para trabajar, pero eran lo suficientemente sofisticadas para que interesaran a la aristocracia, incluida la española, que viajaba desde el País Vasco para adquirir las novedades de Coco. Así, en 1916, el personal de la firma asecendía a 300 personas, entre las tiendas de París, Deuville y Biarritz.

Comillas y el modernismo

El Capricho de Antoni Gaudí, en Comillas

Antonio López y López, primer marqués de Comillas, es el responsable de que este pueblo de pescadores se convirtiera en un destino más del exclusivo veraneo regio. Fue él, un acaudalado comerciante que hizo su fortuna gracias a un braguetazo y sus negocios en Cuba (entre ellos, dicen, la venta de esclavos), quien invitó a pasar un verano al Rey Alfonso XII, amigo personal y el que le nombró marqués por su ayuda en la guerra de Cuba.

Esta visita, cuenta el Ayuntamiento de Comillas, se produjo el 6 de agosto de 1881 y supuso un cambio radical para la localidad. Ya con solo ese primer contacto, el pueblo se convirtió en el primero de España con luz eléctrica en su calles y días después, el 5 de septiembre, se celebró un consejo de ministros. Sin embargo, esta estancia de Alfonso XII se prolongó a lo largo del tiempo hasta su muerte, en 1885, y que luego continuó su mujer, María Cristina, y su hijo Alfonso XIII, que fijó su residencia de verano en el Palacio de La Magdalena, en Santander. Este hecho ejerció de imán para burgueses enriquecidos, algunos venidos de las indias, y aristócratas en su afán de estar próximos de la realeza. Y posicionó a este pueblo hasta entonces desconocido en el lugar de ensayo del modernismo, y de los primeros trabajos de su maestro: Antoni Gaudí, que para la primera visita real diseñó un kiosko, hoy desaparecido.

Sin embargo, Antonio López no solo atrajo a la realeza a su pueblo natal, sino que se gastó parte de su fortuna en construir algunas de las edificaciones más nobles de Comillas con arquitectos de renombre. Para empezar, Joan Martorell (uno de los maestros de Gaudí ), realizó para el marqués la Capilla-Panteón (1878-1881), el Palacio de Sobrellano (1878-1889) y el Seminario de los jesuitas (1882-1892); y Oriol Mestres, que realizó La Portilla (1871), residencia de las infantas en Comillas.

Por su parte, Antoni Gaudí firma, además del kiosko, El Capricho (1883-1885) como villa propiedad de Màximo Díaz de Quijano, otro indiano y concuñado del marqués. Esta propiedad fue donde un Gaudí treinteañero empezó a ensayar algunas de las técnicas que utilizaría más tarde en sus proyectos más conocidos, como la Sagrada Familia, el Parque Güell o la Casa Batlló, todas en Barcelona. Así, es un edificio colorido, con adornos en cerámica vidriada y con una torre minarete como las que después repetiría.

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