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¿Se merece un señor con corbata el 'MVP' de la Liga?

  • El liderazgo de Zidane podría inspirar a los directivos en tiempos difíciles
  • La gestión de los intangibles merece un capítulo en los manuales de las escuelas de negocios
Zinedine Zidane, entrenador del Real Madrid.
Madrid

Las escuelas de negocio tienen motivos para fijarse en ese señor con corbata que anoche durmió con la satisfacción del objetivo cumplido. Podrían tomar apuntes sobre liderazgo, manejo del grupo, espíritu de equipo y capacidad para motivar en entornos esquivos. También de estrategia, planificación, ejecución, gestión de talentos, adaptación al entorno y debilidad de los rivales. Es Zinedine Zidane, posiblemente el hombre más valioso de la ya sentenciada Liga Santander. El MVP que dicen. En un campeonato dislocado por el Covid, resultó que el tipo más desequilibrante ni metió un gol ni tampoco lo salvó.

Con ídolos que se quitan la mascarilla para jugar en estadios vacíos, con público virtual en las gradas, los pequeños gestos se presumen superlativos. Eso sucedió, por ejemplo, hace casi un mes, cuando el francés susurró a Marco Asensio que metería un gol en su primera jugada, segundos antes de volver al césped tras diez meses de lesión. El chaval le miró con mirada pícara, olvidó los nervios y cumplió a pie juntillas la instrucción del jefe. Sin pretenderlo, en ese instante ajeno a las cámaras, desfilaron intangibles como confianza, complicidad y espíritu ganador. Ninguna otra arenga hubiera sido más eficaz. Ese episodio, entre bambalinas, no aparece en los resúmenes de los partidos, ni mucho menos en las estadísticas, pero son decisiones que cambian el curso de los acontecimientos.

En las empresas ocurre algo parecido, con momentos estelares que quedan en la intimidad de la sala de reuniones. Movimientos que cotizan en silencio, cuando la credibilidad del patrón se presupone como el valor al soldado. En el caso de Zidane, ninguno de sus pupilos puede empatarle en éxitos, carisma y dominio de la situación. Y así parece fácil hacerse escuchar. A principio de curso señaló el torneo doméstico como la prioridad de la temporada y los suyos asintieron en corro. El plan era ambicioso, pero asequible. La ejecución resultó impecable. La instrucción se reduce a diez palabras: "Faltan once partidos, once finales y podemos sumar 33 puntos". Dicho y hecho, le sobró un partido y cinco puntos, con 19 goles a favor y cuatro en contra. Con flor o sin ella, con penalties o videoarbitraje, el mejor empleado del club volvió a ser el que movió los peones, torres y alfiles. El entrenador lució galones al rotar la plantilla y administró los recursos humanos como lo haría cualquier estudiante a directivo: dirigir a cada activo de la forma más productiva. Es verdad que el fútbol se trata de un juego, que la suerte acompaña a los campeones y que la recta final siempre es la decisiva. Pero la metáfora de este final de la Liga del Coronavirus quizá podría inspirar a todos los directivos, veteranos y noveles, para a manejarse en tiempos difíciles.

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