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Así se gestó el premio Nobel al poeta español Vicente Aleixandre, símbolo del posfranquismo

  • Con este premio se quería galardonar también a la reconciliación
  • Además, España necesitaba en esos momentos presencia mundial
  • La obra 'Sombra del Paraíso' había sido traducida al sueco
Madrid

Tradicionalmente el rey de Suecia entrega los premios el 10 de diciembre aniversario del fallecimiento de Alfred Nobel, en una ceremonia en el Auditorio de Estocolmo situado en la Plaza más céntrica de la ciudad, seguida de un banquete en la llamada Sala Azul del Ayuntamiento situado al borde del cercano lago Mälaren. Ambos edificios son una magnifica representación del modernismo nórdico. Aunque técnicamente se debería hablar del día del Nobel, la realidad es que en diciembre en la capital sueca el día es sustituido por unas breves horas de luz plúmbea lo que exige recurrir a la luz artificial; el resto es noche.

La mayor parte de los nativos se contentan con pasar un rato frente al televisor viendo a caballeros de frac y señoras con largos y difíciles vestidos, procedentes de todo el mundo. Los más importantes sueltan sus discursitos y el país se llena de orgullo a la espera de que tres días más tarde Santa Lucia llegue a tantos hogares, escuelas y otros centros comunitarios en forma de bellísimas jóvenes con coronas de velas- sustituidas en algunos sitios por bombillas estrechas- que cantan dulcemente a la alegría que van a recibir dentro de unos meses con el regreso de la luz.

Para acomodar a los mil trescientos invitados, el protocolo recurre a una gran mesa en forma de peine que permite que no haya pocas diferencias entre un sitio y otro. En cada lugar un elegante cartón de la Casa Real ofrece el menú, hasta entonces secreto, a base de especialidades locales. Es raro que falte el salmón salvaje, la perdiz de nieve o el helado de moras de Laponia.

En 1977 tuve la oportunidad de acudir a ambos festejos con mi esposa como Consejero de la Embajada española para acompañar al poeta Justo Jorge Padrón, que lo recogía en representación de Vicente Aleixandre. La verdad es que merecidamente, pues había trabajado más que nadie en la difícil labor de hacer digestible la obscura poesía del sevillano a los académicos que decidían, principalmente con la traducción al sueco de Sombra del Paraíso. Consiguió establecer una magnífica relación con Artur Lundkdvist, el más prestigioso de los académicos y responsable del área de cultura hispánica.

Pasado el verano del 77, Justo me pidió que organizara una cena en mi casa, él vivía en un modesto apartamento, y que invitáramos a Artur, a su mujer la prestigiosa poetisa danesa Maria Wine y a otros académicos. Sería el último empujón en la carrera hacia el premio. La cena debería ser temprano porque los Lundkvist se retiraban a las 21h. Esa noche la frialdad se rompió rápidamente gracias a la química que hubo entre mi esposa, sueca, y los Lundkvist y a los buenos vinos que se sirvieron.

Una vez sentados en la mesa, Artur empezó a prestar atención al escote de la joven y bella anfitriona y se desentendió de las aceradas miradas de María. Cuando se inició la conversación más privada, y ya con los licores Lundkvist preguntó si Aleixandre estaba en condiciones físicas de recoger el premio- la presencia del premiado es lo que mas realza la ceremonia- a lo que Padrón, mintiendo descaradamente, respondió que sin duda. No preguntó por Alberti, ni por ningún otro. La conversación derivó después hacia el nuevo orden político en España, inicios de la transición, y el cincuenta aniversario de la Generación del 27. Fuimos entendiendo que iba a ser cierto lo que intuíamos y que el elegido era Aleixandre, sin significación política destacada. Había pertenecido a lo que se llamaba entonces el 'exilio interior'. Con el premio a Aleixandre se quería premiar también a la reconciliación entre los españoles.

Pero no quise que los invitados se fueran sin ofrecerles una queimada y sus correspondientes conjuros-imprescindibles para el buen fin del ágape- que hice en gallego para aumentar el misterio. El reloj ya señalaba la una de la madrugada cuando entre su mujer y yo depositamos a Lundkvist en un taxi, con el sentido del deber cumplido por parte de todos.

A lo largo de septiembre fui recibiendo más información en ese sentido. Finalmente mi esposa me comentó que en la clase de literatura en la Universidad estaban traduciendo un texto del próximo Nobel y que estaba segura de que el texto era de Aleixandre. Por supuesto el profesor dijo que no se podía nombrar al autor. Efectivamente era de Aleixandre.

Llamé por teléfono al Ministro de Cultura Pío Cabanillas para decirle que tenía algo importante que comunicarle pero no por teléfono. Al día siguiente me presenté en su despacho y le conté lo del el premio. Me preguntó si estaba completamente seguro y que si me jugaba la cabeza- administrativa se supone- y le dije que afirmativo. Llamó al presidente Suarez por la línea de Gabinete y le comunicó la noticia tan gratificadora en aquellos tiempos de necesidad de reconocimiento internacional del posfranquismo. Pero ni una palabra de cómo había obtenido la información. A fin de cuentas la cabeza que estaba en juego era la mía.

Para mí fue un verdadero e inolvidable privilegio acudir al Auditorio y después al Ayuntamiento para disfrutar de un soberbio banquete con sus correspondientes brindis siguiendo el estricto protocolo local. Para otros fue simplemente el día más feliz de su vida.

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