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Vida y obra de Elmyr de Hory, el príncipe de los falsificadores de arte

  • En los años sesenta se instaló en Ibiza, isla que amó y donde se quitaría la vida
  • La leyenda afirma que le 'coló' un Picasso falso al propio Picasso
  • Podía replicar a la perfección obras de Matisse, Gauguin, Modigliano o Renoir
Elmyr de Hory, junto a alguna de sus indistinguibles falsificaciones (Getty).
Madrid

Pocas películas contienen tantas preguntas como Fraude, el documental firmado en 1973 por Orson Welles, ese singular estafador y manipulador que consiguió crear el pánico en Estados Unidos con su retransmisión de un ataque extraterrestre a la Tierra en los días de oro de la radio. Un falsificador contando la historia de otro.

Así describe el periodista y escritor -acusado también de estafador- Clifford Irving la llegada de Elmyr de Hory a la isla de Ibiza, en el verano de 1961, dispuesto a vivir su década de gran esplendor:

"Llevaba un monóculo pendiente de una cadena de oro, sus jerséis siempre eran de Cachemira (...). Lucía reloj de pulsera de Cartier, y se sentaba al volante de un descapotable Corvette Sting Ray de color rojo. Era, así lo hizo saber, 'un coleccionista de obras de arte".

Picasso, Modigliani, Matisse, Renoir, Toulouse-Lautrec, Gauguin, Chagall... Elmyr era capaz de reproducir el estilo de cualquier artista y en cualquier de sus etapas, un talento que, por otro lado, provenía de su profundo amor por el arte.

Nacido en 1905 en Budapest, hijo de dos ricos aristócratas de origen judío, Elmyr se trasladó a París decidido a convertirse en pintor, y allí llegó a conocer a Matisse, Derain y Picasso. Aquella etapa, sin embargo, se truncaría con el estallido de la II Guerra Mundial, cuando llegó a sufrir la mayo de hierro de la Gestapo.

Durante un interrogatorio en Berlín, le rompieron una pierna y le enviaron a un hospital. Allí, un día, sin más, vio abierta la puerta de entrada, sin vigilancia alguna, y con su gracioso modo de andar se lanzó a cruzarla para escapar de allí, logrando ponerse a salvo en Budapest.

Concluida la guerra, Elmyr volvió a París y trató de ganarse la vida como pintor, aunque sin demasiado éxito. Practicaba imitando las obras de sus grandes maestros, o creando piezas originales con el estilo de uno u otro.

Un día, una amiga noble y multimillonaria, lady Campbell, se fijó en un Picasso que Elmyr había pintado como mero pasatiempo; quiso comprarlo, tomándolo por auténtico. Comenzaba así una de las carreras más polémicas y singulares del mundo del arte.

La colección de colecciones

Se presentaba como coleccionista o marchante. En ocasiones hablaba directamente con compradores potenciales (tanto privados como museos e instituciones)y otras recurría a intermediarios que en ningún caso sabían que él era el verdadero autor de las piezas.

Durante un tiempo se mantuvo fiel a Picasso, que siempre era una venta segura y cuantiosa, pero pronto comenzó a probar suerte con otros estilos, y las obras se vendían por igual.

Pasó de las penalidades de París a alojarse en los mejores hoteles de Europa, donde sus gustos refinados encontraban todo tipo de propuestas estilísticas para desarrollar un exclusivo estilo de vida.

También se dejó caer por Estados Unidos, donde se codeó con la flor y nata de la sociedad de la época y a todos les 'colocaba' sus falsificaciones, incluyendo a René d'Harnoncourt, por aquel entonces director del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

En Estados Unidos encontró una clientela especialmente interesante en los grandes magnates del petróleo de Texas. Ansiosos por resultar sofisticados y dispuestos a pagar verdaderas fortunas por pinturas de grandes maestros, todos quedaban encantados con las obras que, en realidad, pintaba Elmyr.

A mediados de los cincuenta su colección personal incluía dibujos, acuarelas y pequeños óleos falsos de Matisse, Picasso, Derain, Bonnard, Degas, Modigliani o Renoir, entre otros.

Convertido ya en un coleccionista de arte destacado, aseguraba que no había museo de arte moderno o galería que no tuviese alguna de sus obras expuesta, la mayoría vendidas por correo por el propio Emyr.

Esas instituciones solían someter las obras durante varias semanas a un estudio detallado por parte de expertos, pero el resultado siempre era el mismo: las pinturas eran consideradas auténticas. En todo ese tiempo, sólo un par de dibujos fueron puestos en duda.

El falsificador más prolífico

A finales de los cincuenta Elmyr vivía en Florida, con una posición desahogada pero algo aburrido por el anodino ambiente local. El FBI pronto le 'animaría' a cambiar de aires.

Un coleccionista al que había vendido varias obras prestó sus dibujos para una exposición que tuvo que ser cancelada porque se descubrió que dos de ellos (el resto pasó la criba) no eran originales.

Aquel episodio puso fin a trece años de estancia de Elmyr en Estados Unidos, donde se había convertido en el falsificador más prolífico y de más éxito del siglo. Sus obras colgaban en las paredes de museos e instituciones, y había empleado tantos alias, moviéndose continuamente de un lado para otro, que nadie estaba en condiciones de asegurar la magnitud de su gran estafa artística.

Su primer destino tras dejar Florida fue México, pero no tardaría en cruzar el océano rumbo a una isla donde, le habían contado, se movía lo más exquisito de la jet set europea. Así fue como Elmyr de Hory descubrió Ibiza.

Y su llegada allí coincidió con el encuentro del falsificador con dos jóvenes, Legros y Lessard, que se convertirían rápidamente en sus socios. Elmyr estaba cansado de tratar con unos y otros, de vender su arte, y quería dedicarse, simplemente, a pintar y disfrutar de la vida, dando rienda suelta, ahora sin barreras, a su labrado hedonismo.

Así que llegó a un acuerdo con Legros y Lessard por el que ellos se encargarían de mover su trabajo. Y así fue como las firmas apócrifas de Elmyr comenzaron a venderse de Chicago y Nueva York a Suiza y Francia, pasando más adelante a extender su negociado a Río de Janeiro, Buenos Aires, Ciudad del Cabo, Johanesburgo o Tokio.

El 'picasso' que engañó a Picasso

La increíble historia de Elmyr de Hory y su enorme colección de falsificaciones ha dado lugar a varias películas, libros y exposiciones.

Cuenta la leyenda que Legros llegó a enviar uno de los 'picasso' de Elmyr al propio artista malagueño para que certificara su autenticidad. Éste, seguro de su autoría a simple vista pero receloso ante la duda razonable, preguntó: "¿Cuánto pagó el marchante por él?". Le dieron una cifra fabulosa, 100.000 dólares, a lo que Picasso respondió: "Bueno, si han pagado tanto, debe de ser auténtico".

Sin embargo, a pesar de las numerosas ventas, los ingresos de Elmyr comenzaron a descender drásticamente, y apenas recibía unos cientos de dólares al mes.

Sus propios socios explicarían años después de su muerte que ellos mismos se encargaban de escamotearle su parte de los ingresos aprovechándose de su carácter apocado para obligarle a seguir pintando. Consciente de la estratagema, ese carácter débil del estafador le impidió sin embargo imponerse a los dos jóvenes.

Los días de felicidad en España no duraron demasiado, pues entrada ya la década de los setenta Legros y Lessard terminaron peleándose, al tiempo que el trabajo de Elmyr se volvía cada vez menos brillante.

Tantos escándalos alrededor de su nombre llevaron a uno de sus clientes habituales, un magnate de Texas, a pedir asesoramiento sobre las pinturas que había ido comprando a lo largo de los años: 44 de las obras de su colección, todas vendidas por Elmyr, eran falsas.

Ley de Vagos y Maleantes

Alertadas las autoridades españoles sobre el personaje, se abrió una investigación, pero no había delito ni pruebas que llevasen a condenar al personaje en el país. Parece que las presiones diplomáticas estadounidenses sí que llevaron a que se le aplicara la Ley de Vagos y Maleantes, llegando a ser condenado a dos meses de cárcel por homosexualidad, convivencia con delincuentes y carecer de medios demostrables de subsistencia.

Con todo, Elmyr de Hory pudo vivir los últimos años de su vida en Ibiza en relativa tranquilidad.

Cuando saltó la polémica de la falsa biografía de Howard Huges firmada por Clifford Irving, la revista Life escogió un retrato del periodista firmado por Elmyr para ilustrar su portada bajo el titular El convicto del año.

Además, llegó a ver en vida una exposición en Madrid llena de piezas realizadas 'al estilo de' pero firmadas por primera vez por 'Elmyr'. De hecho, el falsificador se había vuelto tan célebre que se dio el caso de artistas que falsificaban sus originales.

El 11 de diciembre de 1976, poco después de recibir la noticia de que iba a ser extraditado a Estados Unidos para ser juzgado por falsificación, Elmyr De Hory prefirió quitarse la vida. De este modo, el mayor falsificador de arte de la historia nunca abandonaría su adorada isla de Ibiza.

Tres años antes, Orson Welles alentaría la inmortalidad de Elmyr al rodar la película documental Falso, un divertido ejercicio cinematográfico en el que se ponen en duda todas las certezas, relativizando la importancia de lo real frente a lo fingido.

¿Es más real el original o la copia? No sería posible imaginar un mejor legado para Elmyr de Hory.

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