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La historia del Harry Cipriani de Nueva York, el restaurante italiano de visita obligada

  • Se encuentra en el número 59 de la Quinta Avenida de Nueva York
  • Se inauguró en el año 1985 y pronto se llenó de famosos y empresarios
  • Es heredero del Harrys Bar de Venecia, donde nacieron los Bellinis
Madrid

Durante los años que viví en Nueva York, entre 1995 y 2000, tuve la fortuna (desgracia para otros) de encontrarme con un mercado inmobiliario hundido y con el dólar barato frente a la peseta lo que nos permitió a mi esposa y a mi alquilar un piso en una de las calles más emblemáticas de la ciudad: Central Park South, que es el nombre que recibe la calle 59 entre la Quinta Avenida y Columbus Circle y que como su nombre indica corresponde al lado sur del parque. Desde nuestro piso en la planta 14 se podía degustar el maravilloso paso de las estaciones con el cambio de color de los árboles, algo que en resto de la ciudad es imposible.

Estábamos a un paso del Lincoln Center, quizás la mayor concentración de entidades musicales de alto nivel del mundo, al lado del famoso Hotel Plaza y de la Quinta Avenida que permite el paseo más fascinante del mundo. Pero el lugar que más me atraía de la vecindad era el Restaurante Harry Cipriani, en el número 59 de la Quinta Avenida y vecino de puerta del lujoso y reservado Hotel Pierre. Es el nieto del Harrys Bar de Venecia, fundado en 1931, en el que tomaban copas los Hemingway y Bogarts de la época. De allí proceden los Bellinis y los Carpaccios, bautizados con nombres de pintores venecianos de comienzos de Renacimiento.

La familia se fue haciendo internacional y, como no, escogió Nueva York para instalar alguno de sus restaurantes. Entre éxitos y fracasos, los nietos Arrigo y Giuseppe tuvieron sus dificultades con la justicia por motivos fiscales. Todo esto no se sabía a finales del siglo, pero más de uno olía un tufillo peliculero que lo hacía aún más atractivo.

El local no destacaba por nada: ni demasiado elegante ni espacioso y ni siquiera ofrecía una de las mejores cocinas italianas de la ciudad. Pero tenía, y tiene, algo que le hace imbatible: la clientela. Todos los que pintan algo en el Upper East Side lo frecuentan, así como los vecinos de Washington de paso por la Gran Manzana o los extranjeros del mundo de la farándula que necesitan ser vistos.

A la primera hora del almuerzo aparecen las parejas de provincias que se tienen que contentar con cruzarse con alguien que es alguien al marcharse, puesto que esa era la única hora disponible. Después llegan las señoras del barrio, agotadas tras una mañana de peluquería y compras, como acreditan ostentosamente las bolsas  de Tiffanys, a unas pocas manzanas, o las de Bergdorf Goodman, justo enfrente, el gran almacén de la nobleza económica local. Los maîtres conocen a casi todas y las tratan con el respeto que un caballero italiano sabe utilizar tan bien. Se beben sus Bellinis, hacen como que no miran alrededor, comen ligero y se van a descansar.

Coinciden con abogados, empresarios y algún ejecutivo de paso. Todo es discreto y casi no hay saludos entre mesas. En alguna ocasión aparecía Tom Wollfe de punta en blanco y nunca mejor dicho. Le miraban y se dejaba mirar.

Por la tarde el turno de cena empieza temprano con más parejas de provincias que buscan desesperadamente caras famosas, que no encuentran y que prestan poca atención al camarero que les ha preguntado si quieren trufa blanca con la pasta, si por supuesto, y que no son lo suficientemente rápidos al decir basta con lo que la cuenta sube cien dólares más.

Cuando se marchan los de provincias aparecen los conoisseurs, la mayor parte del barrio, que quieren estar ya colocados para cuando empiece la función. Y la función empieza cuando la cena ya ha terminado en la mayoría de las casas de América. Llega Roger Moore, bien acompañado y de traje y corbata y se encuentra con Gerard Depardieu, descorbatado pero con Carole Bouquet al lado. Ahora si empiezan los saludos ante el interés desinteresado del resto de la clientela. En una mesa al fondo está Joaquín Cortés con Noemi Campbell, hablando con las manos. El camarero me asegura que Cortés habla en español y la Campbell en inglés pero ni el conoce el inglés ni ella el español, lo que no impide la proximidad física.

Otra noche aparecen por allí una banda de Kennedys , joviales, expansivos, ellos y ellas, guapos y no distantes. Se les ve disfrutar de la vida.

Pero quien más me impresiono fue Sigourney Weaber: desde que entró en el restaurante no se podía mirar a otra parte. Lo primero que llama la atención es su tamaño, alta y adecuadamente ancha, pero sin un gramo de más, todo elegancia, de una belleza original. Se notaba por su comportamiento que estaba en casa. Se dirigió directamente a una mesa, sin necesitar al maître , y sin perder la sonrisa se convirtió naturalmente en el centro del lugar. Se notaba que estaba acostumbrada. Sus primeros años los había pasado en el barrio como hija de un acaudalado productor de televisión, y ahora la teniente Ripley había vuelto.

Los últimos en llegar suelen ser caballeros maduros de origen italiano, gran anillo en uno de los dedos, bigote y una joven 'sobrina'. Solían ocupar las mesas del fondo, ni se les miraba ni se les prestaba especial atención. Cuando ya toda América llevaba un buen rato durmiendo pagaban, siempre en metálico y la sobrina se llevaba en una bolsa de Harry Cipriani los restos del risotto .

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