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Las mejores películas sobre bolsa y finanzas para pasar un confinamiento más entretenido

  • A Hollywood siempre le han atraído las historias sobre el poder y el dinero
  • En esta primera entrega repasamos la relación entre cine y finanzas hasta 1988
  • En esta lista aparecen inolvidables banqueros, brókers, 'yuppies' o hombres de negocios
Michael Douglas, como Gordon-Gekko, en la película 'Wall Street' (1987).
Madrid

El mundo de las finanzas siempre ha funcionado muy bien en la gran pantalla, aunque hay que reconocer que la mayoría de las veces no ofrece un retrato demasiado agradable de sus protagonistas. A Frank Capra le debemos el retrato huraño y desagradable (ejemplarmente encarnado por el gran Lionel Barrymore) de inflexibles y avaros banqueros dispuestos a arruinar los sueños de los pequeños luchadores que simbolizaban el auténtico sueño americano (normalmente con el rostro de James Stewart o Gary Cooper).

Con el paso de los años y la relativización del bien y el mal en el cine, los protagonistas de las grandes películas alrededor de Wall Street ya no es que sean exactamente 'los malos', pero sí se les dibuja como personajes consumidos por la adicción a la contrarreloj diaria que viven en el parqué y los despachos; más tarde, en cuanto suena la campana, buscan en las emociones más fuertes un sustituto de esa placentera tensión que les va consumiendo.

Lo interesante de este tipo de películas es que el tema en sí resulta tan árido y a priori poco atractivo para el no versado en la materia financiera, que cuando Hollywood le ha prestado atención normalmente ha ido a caballo ganador. Es decir, si decidimos darnos un atracón de cine financiero, nos encontraremos con un alto porcentaje de películas notables o, cuanto menos, bastante correctas. Eso sí, tampoco vamos a necesitar dedicarle muchas semanas para repasarlas todas. Si escogemos lo mejor, da para sobrellevar el confinamiento durante una pandemia al uso.

'Qué bello es vivir', de Frank Capra (1946)

Aunque solo sea a título testimonial y para establecer orígenes, podemos remontarnos hasta 1915 para encontramos un primer largometraje (59 minutos, mudo) protagonizado por un bróker de Wall Street, cuyo título ya apuntaba el camino que habría de seguir el grueso de las cintas consagradas a este género: La estafa. Un joven Cecil B. DeMille dirigió esta historia sobre la 'despilfarradora' esposa del citado bróker, que llega a emplear el dinero de un fondo benéfico para invertir en bolsa por su cuenta, situación que empeora al acudir a un peligroso prestamista para intentar cubrir la deuda.

Poco se hablaría más de bancos y bolsas en Hollywood hasta que Frank Capra, como ya apuntábamos, decidía convertir a inversores, banqueros y grandes empresarios en los desalmados antagonistas de sus personajes principales. Sin embargo, antes de ¡Qué bello es vivir! (1946), Capra abordó desde dentro el panorama financiero con una película que, en 1932, abordaba el drama del reciente crack de 1929. La locura del dólar, presenta al leal y honrado presidente de un banco (Walter Huston, padre del director de El hombre que pudo reinar) que es destituido tras la crisis bursátil y como consecuencia de la traición de un compañero que ambiciona su puesto. Probar su inocencia para librarse de prisión y de la ruina será el objetivo del desdichado.

Eddie Murphy, descubriendo los secretos de la bolsa en 'Entre pillos anda el juego'.

Justamente el tema de la ambición en el mundo de los negocios es el leit motiv de varias de las cintas estrenadas en las siguientes décadas. Traición (Edgar g. Ulmer, 1948), La torre de los ambiciosos (Robert Wise, 1954), y El precio del triunfo (Fielder Cook, 1956) constituyen un curioso grupo de títulos -especialmente destacable el tercero- consagrados a reflejar la codicia y falta de escrúpulos de hombres y mujeres -no todos, claro; alguien tenía que ser 'el bueno'- que trabajan en compañías de diversos sectores (desde bancos a empresas de muebles) y que no dudan en entablar una guerra abierta contra familiares y amigos con tal de hacerse con el ansiado sillón presidencial de la firma de marras.

En esa línea se mueve también la española Los cuervos (título nada sutil, como puede apreciarse), dirigida en 1962 por uno de los directores fundamentales del noir patrio, José Luis Coll. Con un joven Arturo Fernández como cabeza de cartel -cuando era un más que efectivo galán de cine policiaco y décadas antes de 'la chatina' entrara en su vida-, la película cuenta la lucha de poder que se desencadena ante la inminente muerte de un poderoso magnate industrial. También en Europa, Francia e Italia acogen en estos años algunos títulos no centrados en el sector de los negocios pero sí en la vida privada de sus protagonistas. El apuesto Alain Delon, por ejemplo, daba vida a un arrogante corredor de bolsa en El eclipse (1962), de Michelangelo Antonioni, aunque en este caso su profesión solo es aprovechada en un plano metafórico, para subrayar el lado oscuro y desconsiderado del personaje.

Michael J. Fox en 'El secreto de mi éxito' (1987)

Dejando a un lado un puñado de cintas nacidas al calor de la crisis del petróleo de los setenta -del que quizás cabría destacar el thriller Una mujer de negocios (Alan J. Pakula, 1981), protagonizada por Jane Fonda y Kris Kristofferson)-, con la década de los ochenta llegó la eclosión del cine protagonizado por jóvenes y triunfadores ejecutivos y corredores de bolsas representados en un arquetipo demasiado atractivo para que el cine lo dejase pasar de largo: el yuppi. Este término empezó a emplearse en EE UU a comienzos de la citada década para definir a jóvenes de entre 20 y 40 años, universitarios, con ingresos medio-altos, siempre vistiendo a la última y habituales en los locales de moda, a la vanguardia tecnológica y que se desenvolvían con soltura con las inversiones en bolsa. Y así, la pantalla comenzó a llenarse de trajes de Armani, cabelleras engominadas y tacones de aguja rojo pasión, dando lugar incluso a comedias paródicas, como la muy entretenida Entre pillos anda el juego (John Landis, 1987), con Eddie Murphy y Dan Ayrkroyd intercambiando sus destinos socialmente antagónicos; o El secreto de mi éxito (Herbert Ross, 1987), una cinta bastante correcta para estar concebida -solo aparentemente- como vehículo de lucimiento para el ídolo de adolescentes Michael J. Fox, cuyo gran sueño, naturalmente, es convertirse en el trajeado rey de Wall Street.

Pero sin duda, la película más importante de aquella década para el tema que nos ocupa es la que sigue perdurando como quintaesencia del cine bursátil: Wall Street. Oliver Stone dirigió este título en 1987, cuando aún conseguía mantener el equilibrio perfecto entre las inquietudes artísticas y las políticas, y alumbraba así resultados tan interesantes -y también en parte algo ingenuos- como este terrible retrato del poder corrosivo del dinero y la falta de piedad y empatía de aquellos que acaban claudicando a su 'adicción'. El trabajo de Michael Douglas como el bróker Gordon Gekko –no en vano le valió el Oscar- perdura como modelo cinematográfico de ambicioso corredor de bolsa, padre directo del Jordan Belfort de Leonado DiCaprio del que hablaremos en breve. Charlie y Martin Sheen, Daryl Hannah, Terence Stamp o Hal Holbrook completaban el potente elenco principal. La película tuvo continuación 13 años después, también a cargo de Stone, en Wall Street: El dinero nunca duerme (2010), una pretenciosa e insustancial producción muy al gusto del público juvenil que llena las salas, y que solo logra tomar brío cada vez que Douglas aparece en pantalla (y el legendario Eli Wallach, poco antes de su muerte).

'Armas de mujer' (1988)

Hija indirecta del éxito de la primera Wall Street en clave feminista, centrándose en este caso en los altos despachos ejecutivos y no en el parqué, fue Armas de mujer (1988), dirigida por el siempre acertado Mike Nichols. La película, de genuino tono ochentero, bascula entre la comedia romántica y el reflejo de la nueva mujer de negocios, dejando de manifiesto que ellas podían ser tan ambiciosas y luchadoras como ellos. Una buena química ente tres nombres fundamentales de la década -Harrison Ford, Sigourney Weaver y Melanie Griffith- y una pegadiza canción de Carly Simon redondearon la propuesta.

Pero las risas no durarían mucho. De hecho, aunque se estrenó en 1988, Armas de mujer ya se había rodado cuando un incidente cambió la percepción que el gran público tenía del sofisticado mundo de la bolsa y quienes se dedicaban a ella. El 19 de octubre de 1987, lunes (negro), los mercados de valores de todo el mundo se desplomaron en un breve intervalo de tiempo. Aquel lunes negro y la recesión que le siguió hicieron que ser un yuppie triunfador, engominado y con tirantes perdiese su atractivo. Hollywood debía buscar la manera de reflejar esa nueva realidad. Pero eso, como escribió Kipling, es ya otra historia... (para la semana que viene).

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